|Miércoles, Julio 6, 2022
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Sobre una entrevista a la teóloga Marcela Aranda 

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En un reportaje sobre la denuncia que pesa sobre el sacerdote Felipe Berríos, Chilevisión entrevistó a la teóloga Marcela Aranda, quien está realizando un estudio de doctorado en cómo las estructuras eclesiásticas han favorecido los abusos. Se presenta entonces, públicamente, como una voz experta en la materia. A diferencia de otras ocasiones, en este caso Marcela Aranda utiliza un medio de comunicación público para expresar sus ideas sobre las víctimas de abuso, por lo que considero legítimo y necesario comentar críticamente algunas de las afirmaciones que emite.

En primer lugar, Aranda toma la voz de la persona que denunció a Felipe Berríos. Este es un estilo no visto antes en entrevistas de este tipo. En algunos casos los canales de televisión han usado mecanismos de protección a las víctimas sin exponer su nombre, su voz o su rostro. Sin embargo, en este caso es directamente otra persona la que habla en representación de ella. Aranda incluso emite sus impresiones personales y subjetivas respecto de aquella víctima.

Es importante notar que en el reportaje no se dice si la víctima otorgó su consentimiento para que parte de su vida fuera expuesta en televisión. Puede que haya existido, de hecho me imagino que existe, pero la falta de advertencia al respecto da que pensar que ese consentimiento no tuviera mayor relevancia ni para el medio de comunicación, ni para la persona que lo emite. De este modo, la audiencia percibe una noción lesiva y distorsionada sobre el asunto, pues el consentimiento no es un asunto de menor escala en los casos de abuso sexual, sino más bien una cuestión fundamental. Esta omisión, por tanto, no debería considerarse permisible para expertos en abusos, como los entrevistados Juan Pablo Hermosilla (fundación para la Confianza) y la mencionada teóloga.

Hay otro asunto delicado en juego. Cuando se le pregunta a la entrevistada «¿qué hay en ese relato que a ud. le hace creer que es real la denuncia?», Marcela Aranda contesta: «en primer lugar no es solo el relato, sino que ella es una persona muy buena y muy seria» (minuto 1:58).

A mí me parece muy problemático lo que esta afirmación puede sugerir. Y puesto que, según una convicción antropológica humanista (e incluso cristiana), no existen tal cosa como las personas «malas» o «buenas», resulta problemático que se establezca una relación entre la credibilidad de un relato de denuncia y la «buena fama moral» de quien la realiza. ¿Eso significaría que la primera pericia que debería realizarse para aceptar o no una denuncia, sería la indagación en la cualidad moral de una denunciante? Eso es, por supuesto, inaceptable. Más aún proveniente de la afirmación de una persona experta en abusos.

Aquello es del todo contradictorio con el asunto tratado —y muy evidente en este caso—, pues muchos sacerdotes denunciados por abuso basan su defensa precisamente en su supuesto intachable comportamiento y en su fama como «buen» sacerdote. Sin ir más lejos, Renato Poblete era considerado por gran parte del país como «una buena persona». Por lo demás, la víctima de la cual se trata el reportaje lucha contra el mismo obstáculo: el prestigio moral de un sacerdote-poblador.

En el fondo, el argumento refuerza un estereotipo de género: las mujeres «buenas», es decir, las que responden a un parámetro de bondad socialmente legitimado, tienen más posibilidades de que su relato sea considerado creíble y, por tanto, de obtener justicia. De ahí que muchas estrategias de abuso por parte de sacerdotes usen contra sus víctimas la frase: «nadie te va a creer», cuando intentan liberarse de ellos por medio de una denuncia. Incluso es probable que esta sea una de las razones por la cual las mujeres no logren la misma justicia que los varones en este tipo de casos, pues muchas veces se las considera una «tentación» para los sacerdotes. Lo mismo aplica para todas las personas que no cuenten con un estatus social o un estilo de vida acorde a la bondad requerida por la moral católica. Sin embargo, luego de este reportaje es relevante reiterar una cláusula de la Declaración Universal de Derechos Humanos: «Todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protección», sea cual sea su condición moral. Por tanto, la justicia no puede depender de un juicio sobre la moralidad de la víctima y, menos aún, si esa moralidad es medida con los parámetros de una religión en particular.

Hay que hacer memoria, pues en Chile hemos visto estrategias que desacreditan a las víctimas de crímenes de Lesa Humanidad con similares argumentos: «no era una blanca paloma», se decía, y con ello se justificaba frente al público los peores tipos de abusos.

Aranda agrega que la denunciante de Berríos es una persona «seria». Se trata del mismo juego de argumentos que he presentado arriba. Hay que reiterar que la credibilidad de un relato no puede depender del «carácter» de una persona. ¿Acaso las «alocadas», las no creyentes, o las «díscolas» no merecen credibilidad? ¿O acaso por algo de como ellas son merecen el abuso al que han sido sometidas? Basta recordar el argumento del Colectivo Las Tesis: «El patriarcado es un juez que nos juzga por nacer y nuestro castigo es la violencia que no ves […] la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía». Los comportamientos previos de la víctima no son ni pertinentes ni relevantes para ponderar la credibilidad de su relato.

¿Cuánta injusticia se ha enraizado en nuestra historia por la aplicación de estereotipos a las personas y a los pueblos? Que flojos, bebedores, pampinos maleantes, violentos, zurdos y un largo etcétera. Bajo los pretextos que proporcionan esos estereotipos, un abusador se sentiría más fácilmente impune al abusar: «será mi palabra contra la tuya». En definitiva, el prestigio moral y el supuesto carácter de una persona no puede ser parte de la ponderación de la credibilidad de su relato. De hecho, así se defienden los acusados de abuso: su fama intachable, su prestigio profesional, su condición de «elegido de Dios», etc.

Más adelante en el reportaje, Aranda afirma que la víctima «ama a la Iglesia» y por eso que escogió la justicia canónica (y no la civil) para estampar su denuncia. Aranda también funda sobre ese amor a la institución católica la credibilidad del testimonio en cuestión. Me parece que hay un vicio argumentativo, a saber, basar la credibilidad de la víctima o valorar su testimonio en virtud de un fin específico de su denuncia. No se puede poner en duda que la motivación para la denuncia sea la búsqueda de la justicia para sí, la reparación e incluso el evitar que otras personas sean nuevas víctimas del denunciado. ¿Quién podría imaginar que a una persona que denuncia un crimen en tribunales civiles se le pregunte si lo hace porque «ama a la sociedad o al país»?

Hay algo más profundo que debe ser dicho en este punto. Lo cierto es que, si no todas, la gran mayoría de las víctimas de abuso en contexto eclesiástico deciden no permanecer en la iglesia que favoreció el abuso y protegió a sus victimarios. Porque ni siquiera Aranda ha referido al amor a Dios en su entrevista, sino el amor a la institución de la Iglesia. Afirmar que una denuncia es más noble porque está basada en el amor a la institución que posibilitó el abuso denunciado es una tesis, a mi juicio, totalmente extraña a una justa ponderación. Más aún, poner de requisito las creencias religiosas de las víctimas para hacer creíble su relato podría ser considerado en sí mismo otra forma de abuso de conciencia.

Esta última cuestión resulta todavía más perturbadora al apreciar dos elementos de la puesta en escena en la cual se realiza la entrevista. Primero, Marcela Aranda aparece flanqueada durante toda ella por el abogado de la Fundación para la Confianza, entidad que mantiene una alianza académica y comercial con una institución de la iglesia católica como es la Pontificia Universidad Católica de Chile. Segundo, sin que se explicite su razón, aparece en cinco momentos acompañada de un sacerdote católico: Rodrigo Polanco. No es la primera vez que Marcela acude con este sacerdote cuando da entrevistas sobre sacerdotes jesuitas. Esto último no parece casual, ya que ocurre precisamente cuando una nueva denuncia que implica a Rodrigo Polanco ha sido acogida a trámite por la Superintendencia de Educación Superior.

 Rodrigo Polanco ha sido denunciado por varias mujeres de acoso sexual en contexto universitario. Todas las denunciantes están relacionadas con la Facultad de Teología de la PUC, donde tanto Aranda y Polanco trabajan. ¿Qué les pasa, qué piensan y qué sienten estas víctimas al ver a su acosador siendo colocado por ella en una posición de privilegio y poder? ¿Qué mensaje no verbal se está enviando con esta puesta en escena del reportaje? ¿No es justamente contradictorio con lo que ella misma quiere, según sus propios dichos, erradicar los abusos de la iglesia?

 Dos cuestiones finales. En primer lugar, es del todo evidente que es necesario poner criterios éticos y límites claros respecto de la intervención de las instituciones de la iglesia católica en los procesos indagatorios que se dirigen para investigar a la propia iglesia, pues son condiciones del debido proceso la independencia e imparcialidad en este tipo de investigaciones. Dicho de otra manera, los clérigos y sus empleados dependientes no pueden ser presentados como garantes en medio de las investigaciones sobre abusos perpetrados por la misma iglesia «que aman». Tener esto en cuenta será clave para la configuración de la Comisión de Justicia, Verdad y Reparación que exigen los sobrevivientes de abuso sexual eclesial. En este criterio de independencia se podrá sostener el éxito de una Comisión de Justicia que aborde los casos de abuso en contexto eclesiástico.

En segundo lugar, pese a que la entrevistada en este reportaje aparece como una voz experta en los casos de abuso, lo cierto es que su argumentación difícilmente pasará los filtros de rigurosidad pertinentes. En todo caso, lo más preocupante, es que pese a declarar su interés por las víctimas, haya incurrido en acciones revictimizantes hacia otras de ellas, apareciendo junto a un sacerdote acusado múltiples veces de acoso sexual. Legítimamente, uno puede preguntarse ¿quién habla realmente por medio de la voz de Marcela Aranda?

Mike van Treek Nilsson / Teólogo

Red de Sobrevivientes Chile

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