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‘Sin los laicos la Iglesia es tonta’ 

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El Concilio Vaticano II se presenta a menudo como una contraposición entre los malos del partido romano y los buenos del grupo progresista. Pero esto no corresponde a la realidad compleja de aquel momento histórico de la Iglesia y del mundo.

El ejemplo más claro es la figura del cardenal Alfredo Ottaviani. «Trasteverino», hijo de un panadero romano había logrado cubrir los más altos cargos de la Iglesia. El mundo lo llamaba «el carabinero de Dios» a causa de su intransigencia y espíritu conservador. Para los muchachos y para la gente común de Roma era simple y afectuosamente “don Alfredo”, el sacerdote que había querido, entre otras cosas, el oratorio de San Pedro, tributo a sus orígenes como «hijo del pueblo».

Su mundo estaba dentro de los muros vaticanos, y la Iglesia que defendía sinceramente era la única que había podido conocer y que pensaba era el estandarte de la verdad que había que defender del mundo. Era una cuestión de horizontes; el mundo le llegaba a través de los filtros institucionales: para él la Iglesia romana era la «luz de las gentes».

 Muy diferente era la experiencia del Papa Roncalli, también él «hijo del pueblo», pero giró per todo el mundo, mantuvo relaciones, en contacto con tantos pueblos diferentes, con las demás Iglesias cristianas, con los judíos, cercano al movimiento obrero, consciente de los cambios sociales y del valor de la paz. Convocó al Concilio Vaticano II. Los padres conciliares que llegaron a Roma llevaron a la humanidad real dentro de esos muros, con las diferencias, las necesidades, las preocupaciones y las esperanzas. Un duro golpe a los bastiones. Estaba claro que al mundo había que ofrecer «Cristo, luz de las gentes».

Nos llama la atención que la emergencia Covid-19 haya condensado una gran cantidad de acontecimientos relacionados entre sí, que, como cristianos, nos preparamos a vivir: el Sínodo de los obispos que se abrirá el 9-10 de octubre en Roma y continuará en todas las diócesis del mundo hasta la reunión de los obispos en Roma en octubre de 2023, para luego continuar en la fase de ejecución; la reunión de la Asamblea eclesial latinoamericana en todas las diócesis y en la Ciudad de México del 21 al 28 de noviembre de 2021; la asamblea del Consejo Ecuménico de las Iglesias del 31 de agosto al 8 de septiembre de 2022 en Karlsruhe, Alemania; el Encuentro Mundial de las Familias en todo el mundo y en Roma el 22-26 de junio de 2022; para los italianos la importante cita del sínodo de la Iglesia italiana a partir del próximo mes de octubre, recompuesto en las dinámicas del sínodo general de la Iglesia. Momentos proféticos que hay que aprovechar y que pueden germinar en los frutos del árbol bueno de la conversión sinodal.

Se reflexiona sobre el inminente inicio del Sínodo. Se repite el mismo cliché entre «buenos» y «malos» del Concilio Vaticano II. Se habla de alineaciones y acordes. Al binomio «tradicionalistas» y «progresistas» se añade el de «clericales» y «anticlericales».

Si al «partido romano del Concilio» se le podía conceder la «buena fe» y la recta intención, hoy ya no es posible. Los hombres de Iglesia desconectados del mundo hoy harían sonreír. No se puede pretender trabajar en defensa de la institución y de los privilegios y cerrar los ojos ante la humanidad que sufre y la necesidad de un cambio de paso en la búsqueda de la fraternidad y la paz. El cambio de época es real; para la Iglesia es la oportunidad de realizar «la actualización» para la comunión, la participación y la misión.

El Papa Francisco nos invita a acompañar con la oración el «camino sinodal» de la Iglesia consciente de que tiene la potencialidad de convertirse en un «acontecimiento fundante», un «movimiento de la historia» en la que Dios actúa y todos están llamados a hacer su parte mediante el discernimiento. Sin esta toma de conciencia por parte de todos, podría pasar en vano, sin generar ese dinamismo rico en sorpresas por parte del Espíritu Santo, capaz de aportar cambios significativos.

Con respecto a Italia, hay extremidades de clericalismo en los obispos, en el clero y en los consagrados, más que en otras naciones; se deben purificar para no bloquear el camino sinodal. Pero también entre los laicos italianos esta enfermedad está aún más difundida. Hemos hecho muchas veces experiencias también en el campo académico, de laicos que, si con palabras se declaran anticlericales, en los hechos, apenas se acercan a las «sagradas habitaciones», se vuelven más clericales que el clero. «Derriban los bastiones» hasta que están fuera, pero una vez dentro, se prodigan en fortalecerlos perpetuando el papel marginal de los laicos en la Iglesia y poniéndose a sí mismos como un diafragma, un filtro que impide a los pastores llegar y escuchar a su Rebaño. El problema es serio, concierne al «pueblo de Dios»

El clericalismo alimenta a la «iglesia tonta» de la que hablaba J. H. Newman (cf.: «Sobre la consulta de los fieles en materia de doctrina»): a los monseñores que le objetaban que las competencias de los laicos son «ir a cazar, disparar y divertirse», respondía: «la Iglesia parecería tonta sin ellos … Si se consulta a los fieles incluso en la preparación de una definición dogmática, como recientemente en la cuestión de la Inmaculada Concepción, es al menos natural esperar un gesto análogo de sensibilidad y de simpatía en el caso de grandes cuestiones prácticas».

Respecto a la vida concreta del pueblo de Dios, Italia debe comenzar casi desde cero en el camino sinodal. No tenemos una «teología del pueblo». No somos como América Latina, no tenemos la experiencia de la liberación que nos amalgama como pueblo y nos proyecta en la esperanza. Entre nosotros la teología, a pesar de tantas excelencias, la que nace del pueblo, no es expresada, no está bien definida a los ojos de la gente. Los italianos son un pueblo bueno, lleno de piedad, brillante y hermoso, por desgracia fragmentado y a menudo desconfiado.

Paolo Scarafoni y Filomena Rizzo / Profesores de teología en Italia 

Vatican Insider  –  Reflexión y Liberación

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