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Jesús y la riqueza / Rafael Aguirre, SJ 

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Para Jesús, la ríqueza no es en absoluto un signo de bendición divina. El Reino ac Dios es una buena noticia para los pobres, porque su misma desgracia hace de ellos los primeros destinatarios del amor de un Dios que es Padre de todos.

La riqueza es, por el contrario, el gran obstáculo para entrar en el Reino de Dios (Mc 10,23), porque lo sofoca con sus preocupaciones (Lc 8,14), porque se convierten en algo idolátricamente querido que impide el reconocimiento del Unico Señor (Mt 6,24; Lc 16,15), porque provocan la superficialidad y la autosuficiencia (Lc 12,13-21), porque cierran el corazón al prójimo necesitado (Lc 16,19-31) y porque normalmente son producto de la injusticia (Lc 16,11; 11, 39-41). El tesoro en la tierra tiene que ser sustituido por el tesoro en el cielo, que se consigue cuando se entregan a los pobres los bienes que se poseen (Mt 6,19-21; 19,21; Lc 12,33­-34).

Como el poseer tiene que ser sustituido por el compartir. También el afán de dominar y de poder debe ser reemplazado por la actitud de servicio. Pocas cosas hay que Jesús inculque con más fuerza y no sólo con palabras, sino con el ejemplo de toda su vida. Las palabras más antiguas bien pudieran ser éstas: “Los reyes de las naciones gobiernan como señores absolutos, y los que ejercen la autoridad sobre ellos se hacen llamar bienhechores, pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el menor y el que manda como el que sirve. Porque ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22,25-27). El evangelio de Marcos presenta una versión un poco más teologizada, que termina con una feliz expresión cristológica: “el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y entregar su vida como rescate por muchos” (10,45). El Jesús de Juan, un evangelio aún más tardío, después de lavar los pies de sus discípulos, dice: “Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” (13,14-15).

Un texto, además de bellísimo, sorprendente para nuestra mentalidad y también para la mentalidad rígidamente patriarcal y jerárquica del momento en que nació, es el que presenta Lc 12,35-40. Es una invitación a estar siempre preparados para recibir, cuando llegue, a un Señor extraño y paradójico que se convierte en servidor de quien le abre su casa: “les aseguro que se ceñirá, les hará ponerse a la mesa (a quienes encuentro despiertos) y, yendo de uno a otro, les servirá”.

Rafael Aguirre / Extracto del libro ‘Del movimiento de Jesús a la Iglesia cristiana’.

Editorial Verbo Divino / Navarra España

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