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¿Enfermos de narcisismo? 

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Hace un par de días leí en un diario una nota en la que un psiquiatra norteamericano, Frank Yeomans, se refería al aumento de los rasgos narcisistas en la sociedad norteamericana, señalando que podría tratarse de una especie de pandemia psíquica estimulada por la falta de apoyo que experimentan muchas personas y por la presión constante en que viven al compararse con otros en las redes sociales.

Ante eso, es imposible no preguntarse qué estará pasando entre nosotros, pues vivimos en una cultura marcada por un excesivo individualismo, por el ansia de éxito, de imagen y de poder; pareciera que el bien común, la pasión por el “nosotros” y la solidaridad han sido arrolladas por una avalancha de arrogancia individualista.

Muchos recordarán el mito de Narciso, propio de la mitología griega, en el que un joven atractivo y arrogante rechaza el amor de las jóvenes que se enamoran de él; para castigar su engreimiento, la diosa Némesis hizo que se enamorara de su propia imagen reflejada en un estanque. Así, Narciso, incapaz de separarse de la contemplación admirada de su propia imagen, terminó por destruir su vida arrojándose al agua, y allí creció una flor: los hermosos narcisos que florecen muchos jardines.

El mito de Narciso es el arquetipo de lo que hoy se conoce como trastorno de personalidad narcisista, cuyos principales rasgos son vivir centrado en sí mismo, lleno de fantasías de éxito, poder y dominación, brillo y belleza que despierten admiración; con su actitud arrogante, el narcisista carece de empatía y de consideración por los demás, por sus sentimientos y necesidades. En una palabra, el Narciso del mito -y los narcisistas de todos los tiempos- es alguien socialmente destructivo, porque para él no existe el “nosotros”, vive fuera de la realidad y es incapaz de amar a alguien que no sea él mismo. 

Ciertamente, es muy distinto el amor a sí mismo de una personalidad sana que se acepta como es, reconociendo sus cualidades y talentos, y acogiendo sus propias limitaciones; al tiempo que, con empatía, se abre al “nosotros” de los diversos tipos de relaciones humanas. No cabe duda que siempre puede haber ciertos rasgos narcisistas en todas las personas sanas, y eso es algo a trabajar en el camino de maduración personal, y también siempre habrá quienes padecen de un trastorno de personalidad narcisista y que hacen padecer a los demás.

Al mirar nuestro país en este tiempo de decisiones acerca de la nueva constitución, me parece que es muy saludable y aun hermoso poder constatar que, en medio de todos los conflictos, aciertos y desaciertos, y las idas y venidas que ha tenido hasta ahora el proceso constitucional, éste ha sido un tiempo en que como país nos hemos puesto a pensar en el “nosotros”, en el modo en que queremos construir una sociedad que incluya a todos y en las reglas de un “buen vivir” para todos. El intento puede ser logrado o fallido, y sobre eso hay opiniones diversas y contrastantes; más todavía, ni siquiera el resultado del plebiscito nos dirá si el intento fue logrado o fallido, pues con el triunfo de cualquiera de las dos opciones el trabajo por una nueva constitución continuará a partir del 5 de septiembre.

También, es importante mirar que este valioso proceso que como país estamos viviendo, proceso de pensar en el “nosotros”, no ha estado libre de los rasgos que caracterizan al narcisismo. Ha habido de todo: arrogancia y falta de empatía, falta de escucha y desprecio por quienes piensan distinto, manipulación y vanidosa obsesión por ovaciones, hasta el exhibicionismo. Sin embargo, todos los límites, fallos y desaciertos, pueden ser vencidos en la medida que pensamos en el “nosotros” y buscamos el bien común.

Por cierto, no podemos vivir en un permanente proceso constitucional, por lo que se hace necesaria una permanente vigilancia sobre los rasgos narcisistas que están presente en cada uno y en la sociedad. Una vigilancia que no sólo significa crecer en la capacidad autocrítica, sino en valorar y acoger las críticas de otros, de los que piensan distinto y que nos hacen ver nuestros propios límites, fallos y desaciertos. Es una vigilancia que requiere mucha humildad y adecuados mecanismos democráticos que aseguren la crítica social.

Más allá del resultado del próximo plebiscito parece importante rescatar el valor del proceso que estamos viviendo como país, pues pensar en el “nosotros” es el más saludable antídoto al aumento de los rasgos narcisistas en la sociedad. Poner la búsqueda del bien común en primer lugar, por sobre los intereses personales o grupales, es la mejor terapia frente al narcisismo autodestructivo, y eso es algo que todos podemos hacer; sólo se requiere la convicción de que se trata de lo mejor para todos.

Marcos Buvinic

La Prensa Austral  –  Reflexión y Liberación

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