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‘¡Los inocentes pagan la guerra, los inocentes!’ 

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La del Papa Francisco parece ser la voz de quien clama en el desierto, seis meses después del inicio de la insensata y horrible agresión en Ucrania: destrucción, muerte y el espectro del conflicto nuclear. “Pienso –dijo el Pontífice al final de la audiencia general, recordando la responsabilidad de todos– en tanta crueldad con tantos inocentes que están pagando la locura, la locura de todos los partidos, porque la guerra es una locura y nadie en la guerra puede decir: ‘No, no estoy loco’”.

No podemos acostumbrarnos a lo que está sucediendo, después de meses de imágenes impactantes de la muerte y la destrucción causadas por el armamento moderno y el altísimo precio en términos de vidas humanas inocentes sacrificadas, familias aniquiladas, hogares y negocios destruidos, barrios arrasados. La voz de Pedro nunca ha dejado de expresar su solidaridad con los agraviados y con todos los que sufren las consecuencias de la guerra, pero también de instar a los dirigentes de las distintas naciones implicadas a buscar una solución negociada.

El balance de este conflicto de medio año entre dos naciones en el corazón de Europa es trágico. Las fosas comunes, los niños muertos y heridos, las madres ucranianas y rusas que lloran a sus hijos de corta edad muertos en el frente, los millones de desplazados, el riesgo de hambruna y la devastación del medioambiente dan fe de la impotencia de los jefes de Estado y de las organizaciones internacionales y de la incapacidad de aplicar -con valentía y creatividad- lo que el Papa llama el “esquema de la paz”. Muchos, demasiados, siguen de hecho razonando según el “esquema de la guerra” y consideran como única respuesta viable el fortalecimiento de las viejas alianzas militares y la loca carrera del rearme. El mundo, ya marcado por tantas guerras que componen los “pedazos” de esa Tercera Guerra Mundial de la que Francisco ha hablado tantas veces, se sumerge de nuevo en una nueva Guerra Fría. Por no hablar de las graves consecuencias, económicas y de abastecimiento energético, que se esperan a corto y medio plazo para muchos países.

¿Es posible discernir signos de esperanza en este panorama de devastación? Sí, es posible. Una semilla de esperanza es la generosidad con la que tantas personas han abierto sus puertas a los refugiados ucranianos, han llevado personalmente ayuda, se han implicado en iniciativas humanitarias sin dejarse vencer por la “globalización de la indiferencia”. Otra semilla de esperanza son las organizaciones, asociaciones y grupos que han emprendido acciones e iniciativas por la paz, por el diálogo, por la negociación, asumiendo riesgos personales al visitar la Ucrania devastada por la guerra. Semilla de esperanza es la creciente conciencia, extendida entre la población más que entre sus dirigentes y líderes políticos, de la urgente necesidad de detener la matanza mediante la tregua y la negociación. Porque si se sigue respondiendo a la aparición de nuevos conflictos sobre la base de viejos patrones en lugar de atreverse a intentar construir una nueva convivencia internacional, el destino de la humanidad corre el riesgo de quedar desgraciadamente sellado.

Finalmente, hay una semilla de esperanza que para el creyente es la primera y más importante. Los que creen saben que las guerras comienzan en el corazón del hombre, que Dios interviene en la historia y que la oración -sobre todo la de los humildes, los sencillos, los que sufren- puede influir y cambiar los destinos de la humanidad.

Andrea Tornielli / Ciudad del Vaticano

Editorial de Vatican News – Reflexión y Liberación

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