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Sí a la justicia climática en la COP27 

Costa-Rica-Cop27.

Una vez más, la cumbre del clima pone de manifiesto las flagrantes diferencias entre los responsables del cambio climático y sus víctimas.

La Cumbre climática COP27 2022, celebrada en la ciudad turística de Sharm El-Sheikh, ha vuelto a poner de manifiesto las grandes diferencias entre los responsables del cambio climático y sus víctimas. Casi un centenar de jefes de Estado se reunieron junto al Mar Rojo en Egipto, donde se volvió a pedir que se reduzcan las emisiones y se apoye financieramente a los países en desarrollo para que sean resistentes al cambio climático.

El Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, advirtió a la humanidad de un inminente “suicidio colectivo” en la batalla contra el calentamiento global, y lo cierto es que, a menos que la justicia climática prevalezca en la comunidad internacional, las generaciones podrían simplemente desaparecer.

Esta cumbre sirve de recordatorio para países como Estados Unidos, dado que sigue siendo uno de los mayores emisores de gases de efecto invernadero en 2022. También llega justo después de que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU elaborara dos importantes informes en febrero y abril de 2022.

El primer informe hablaba de los retos de adaptación para los países en desarrollo, entre ellos la capacidad de construir defensas resistentes a las inundaciones, promover infraestructuras resistentes al clima y crear fideicomisos de sostenibilidad para evitar la quiebra de las naciones más pobres. Estas medidas son fundamentales para hacer frente a la subida del nivel del mar, las sequías y la destrucción generalizada de los ecosistemas.

El segundo informe se centra en las propuestas de mitigación, como la transición energética hacia fuentes renovables y combustibles de combustión limpia, que no han sido suficientes en 2022.

El denominador común de ambos informes es la necesidad de una mayor equidad financiera y de reparaciones para los países en desarrollo que están soportando injustamente el peso de la despreocupación y la apatía de los principales contribuyentes, como Estados Unidos.

Desde 1850, Estados Unidos es el mayor contribuyente histórico a las emisiones de CO2, y desde entonces representa el 20 por ciento del total mundial. En 2022, es el segundo país más contaminante del mundo a pesar de ser el más industrializado. Esta ignominia y despreocupación han dañado continuamente la capa de ozono y han afectado indirectamente a las sociedades agrarias de países que van desde Pakistán en Asia hasta Yibuti en África.

Pakistán fue testigo de las peores inundaciones de su historia en 2022, ya que un tercio del país quedó sumergido y se produjo una destrucción generalizada de propiedades e infraestructuras críticas. Del mismo modo, países del Cuerno de África, como Yibuti, sufrieron una crisis humanitaria de grandes proporciones gracias a las debilitantes sequías de 2022. Sin embargo, ninguno de estos países es contribuyente neto a las emisiones de gases de efecto invernadero.

Lo cierto es que los Estados Unidos y los Estados de la UE se han tambaleado ante toda la propuesta de “pérdidas y daños”, que finalmente entró en la agenda de la COP27 gracias a los esfuerzos del bloque G77+China.

Según la Vicesecretaria General de la ONU, Amina J. Mohammad, sólo se ha canalizado una quinta parte de la financiación climática necesaria para los esfuerzos de adaptación y sólo se ha proporcionado una fracción de los 70 mil millones de dólares que necesitan los países en desarrollo para hacer frente al calentamiento global. Por el contrario, Estados Unidos, que es el país que más contamina, no ha hecho nada para subsanar estas deficiencias ni ha contribuido a los esfuerzos de adaptación.

Como ha señalado acertadamente el jefe de la ONU, António Guterres, la COP27 de Egipto debería desembocar en la conclusión de un pacto de solidaridad climática o en un pacto de suicidio colectivo.

La humanidad se enfrenta a la elección de cooperar para aliviar el dolor de las naciones en desarrollo o perecer colectivamente en el proceso. Está claro que la solución pasa por empujar a los países más ricos y contaminantes a ayudar a las naciones más pobres que no tienen ninguna responsabilidad en los gases que atrapan el calor. Duplicar las emisiones y cumplir con los objetivos fijados en el Acuerdo de París de 2015 de 1,5 grados centígrados también requiere un acuerdo que haga recaer únicamente en los emisores ricos la responsabilidad de compensar a las economías emergentes. Ningún otro marco funcionaría.

Hace una década que Estados Unidos y sus homólogos europeos se comprometieron a financiar la adaptación en el mundo en desarrollo y a reducir las emisiones de forma equitativa. Sin embargo, las cuotas siguen siendo abismalmente bajas y la ayuda a las naciones en desarrollo ha sido a través de préstamos, no de subvenciones. Estos datos tan preocupantes también se producen en un momento en que 125 de los 154 países en desarrollo han comenzado a trabajar en planes nacionales de adaptación, según la Jefa de la Oficina del Clima de la ONU, Patricia Espinosa. Sin embargo, la falta de prioridad sigue siendo evidente. La retórica de las promesas en la COP27 2022 simplemente no será suficiente.

Según el Secretario General de la ONU, António Guterres, se espera que las naciones industrializadas, con Estados Unidos a la cabeza, cumplan con un desembolso programado de 100 mil millones de dólares anuales para ayudar a promover la resiliencia de las naciones en desarrollo para hacer frente al cambio climático.

Sin embargo, estas promesas deberían haberse cumplido hace tiempo y la ayuda actual del mundo desarrollado es inferior en 17 mil millones de dólares a los objetivos previstos, según la OCDE. Por lo tanto, no es de extrañar que esta injusticia vaya seguida de protestas generalizadas contra la cumbre, y que destacados ecologistas, como Greta Thunberg, expresen su cinismo afirmando que se trata de un nuevo intento de los ricos y poderosos de lavar la cara y engañar a la población mundial.

La grave injusticia cometida contra el mundo en desarrollo debe tenerse en cuenta en 2022 para lograr un mundo más seguro. La devastación causada a las poblaciones que ya se enfrentan a la inseguridad alimentaria como resultado de la guerra de Ucrania y que se tambalean por las graves sequías, las inundaciones, las enfermedades transmitidas por el agua y la pérdida de los medios de subsistencia debe ser anulada para el mejoramiento de la humanidad.

Está claro que Estados Unidos es en gran medida responsable de la situación de los más afectados por el cambio climático, ya que el negacionismo climático y el incumplimiento de las promesas tienen un grave impacto en los medios de vida de millones de personas.

Esta injusticia no puede pasar desapercibida.

Hamzah Rifaat / La Red de Al Mayadeen

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