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Carta de Religiosa al Papa sin respuesta 

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“Quiero evitar que otras personas tengan que sufrir”

Beatísimo Padre Papa Francisco:
Mi nombre es (omissis, ed ), pertenezco a la Comunidad Loyola, una comunidad religiosa femenina de derecho diocesano nacida en Eslovenia. Actualmente la comunidad es un comisariado, confiado a petición de la Congregación para la Vida Religiosa al obispo Daniele Libanori. El motivo del encargo se debe a la situación de grave sufrimiento en la que se encuentran varias hermanas, constatada por el obispo de Ljubljana (Eslovenia) bajo cuya jurisdicción se encuentra. El principal problema que puso de manifiesto la visita canónica realizada en 2019 se refiere al abuso de poder y al estado de dependencia y sumisión respecto de la fundadora y superiora general Ivanka Hosta, en el que se reunían la mayoría de las hermanas.

El comisionado, que comenzó en diciembre pasado (2020, ed ), buscó introducir cambios necesarios en la vida de la comunidad y, sobre todo, un proceso de revisión profunda del carisma y las constituciones. Proceso sin embargo, al que se opone un número considerable de hermanas que, hasta el presente, consideran infundadas las denuncias, la acción emprendida antes por el arzobispo de Ljubljana, y por la Congregación y por el obispo Libanori en la actualidad, es persecutoria contra el fundador.

En esta ruptura y en esta negativa a escuchar tanto el sufrimiento de muchas hermanas como la voz de la Iglesia a través de los Pastores que piden una profunda refundación, personalmente sentí la necesidad de distanciarme y pedí la exclaustración ( omissis, ed .).

El motivo de mi llamado a usted, Santo Padre, no tiene tanto que ver con mi situación ni con las consecuencias que pueda sentir por haber vivido treinta años (omissis, ed . ) en un contexto de constante tensión, de enfrentamiento entre las hermanas, de progresiva despersonalización hasta el punto de no reconocer ningún sentido a la vida en comunidad, en modo alguno “religiosa” salvo en la extrema formalidad de los actos y ritmos, pero sin un verdadero fundamento comunitario, ni una mirada libre y amorosa de la realidad de la iglesia local en la que estamos insertos, ni en la vida de los demás.

En sus inicios, la comunidad también estuvo marcada por abusos de conciencia pero también por abusos emocionales y presuntamente sexuales por parte de P. Marko Rupnik. Como amigo del fundador y de varias de las primeras hermanas, tuvo una cercanía y una presencia constantes en la vida personal de todas las hermanas y de la comunidad en su conjunto. Cuando por el sufrimiento extremo de algunas hermanas, en 1993 se produce la separación definitiva de pe. Rupnik, sus responsabilidades nunca se han aclarado por completo; por el contrario, fueron prácticamente encubiertas y no denunciadas tanto por los directamente implicados, como por sor Ivanka, que las conocía.

Sin embargo, no es sólo para denunciar todo lo que escribo, sino por sentido de responsabilidad hacia otros jóvenes que pueden estar atrapados, por fragilidad o por un deseo sincero de una opción radical de vida. En los últimos años, en efecto, las pocas vocaciones de la Comunidad de Loyola han venido sobre todo de Brasil y de África. Son niñas frágiles por cultura y por historias personales muy complejas y dolorosas, que pueden quedar atrapadas más fácilmente en relaciones de dependencia y sumisión absoluta, según una forma malsana (tanto desde el punto de vista religioso como antropológico) de concebir el valor y la práctica del voto de obediencia y del propio carisma comunitario , entendido como “disponibilidad a los Pastores”.

Cada vez es más evidente que la “dependencia y maltrato psicológico” es muy difícil de probar y que por ello se configura como una forma de maltrato aún más grave. Un dolor silencioso, que hace a la víctima aún más frágil y expuesta porque no es creída, no reconocida; o porque se considera responsable de su condición. El llamamiento que os dirijo pues, a partir de la experiencia y dolorosa situación en la que se encuentra la Comunidad de Loyola, es que se utilicen todos los medios para dar voz, dignidad y libertad de conciencia a estos y a todos los demás, tantos víctimas de estos nuevos movimientos religiosos y nuevas comunidades. Al mismo tiempo se crean mecanismos efectivos para proteger a aquellos jóvenes que en su fragilidad y generosidad se cuestionan sobre el sentido de su propia vida; para que puedan elegir y comprender verdaderamente la voluntad del Señor, en completa libertad.

A lo largo de estos años varios miembros de la Comunidad de Loyola han oscurecido el sentido profético de la vida religiosa, haciendo de la comunidad un lugar de no comunión, no verdad, no vida, no creatividad y esterilidad.

Encomiendo nuestra vida a su custodia paterna y ruego al Espíritu que la sostenga con su fuerza y ​​sabiduría.

3 de agosto de 2021

Carta firmada

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