|Martes, Febrero 7, 2023
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Castigo para quien piensa 

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Nos piden una opinión crítica a la gestión como Prefecto de la Congregación de la Fe por parte del Cardenal Joseph Ratzinger (1982-2005). Nada más justo y pertinente que recordar esta sabia reflexión de Leonardo Boff y, otra en la misma línea crítica del recordado profesor Hans Küng. Más ahora que ya se comenta en Roma que el Papa Ratziner pronto será ‘Doctor de la Iglesia’. Nuestros lectores, en conciencia, saquen sus conclusiones. (Nota de la Redacción).-

 Me permito asumir el artículo del entrañable amigo Marcelo Barros, monje que une mística y política, celebración y apoyo al MST (Movimiento de los trabajadores Sin Tierra). Fino teólogo, es uno de los que mejor dialoga con las religiones afrobrasileñas, siendo él mismo uno de sus descendientes. Pero sobre todo es un hombre libre y amante de la verdad, que ha sufrido persecuciones por eso. Aquí sigue su artículo, con pequeños cortes para que quepa en mi columna.

La opinión pública mundial se conmueve con la fragilidad del papa que a causa de una fuerte gripe se vio obligado a permanecer varios días en el hospital. Mientras, anciano y enfermo, parece cargar en sus hombros el peso de la cristiandad, la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe, presidida por el cardenal Ratzinger, «el que silenció a Leonardo Boff» hace pública, en nombre del papa, una nueva condenación de teólogos. Se trata de la condenación de teólogos que hace el número 140 del actual pontificado. Esta vez es víctima el jesuita estadounidense Roger Haight, profesor de teología histórica y sistemática de la Weston Jesuit School of Theology (Cambridge, Massachusetts) y expresidente de la Sociedad Teológica Católica de América. El motivo de la condenación es su libro «Jesús, símbolo de Dios» (original en inglés de 1999).

En esta obra, a partir de los datos de la gran tradición y de los resultados más seguros de los estudios bíblicos actuales, el padre Haight desarrolla una teología sobre Jesucristo que orienta hacia la profundización de una Cristología ecuménica y en diálogo con otras religiones de este principio de siglo. No niega la tradición más profunda del cristianismo sobre Jesús, pero va más allá de las formulaciones de siempre. A mí este libro me ha parecido extremadamente equilibrado y cuidadoso. Por ser un libro de teología, destinado a un público más especializado, la condenación de la Congregación Romana alcanza a la misma búsqueda teológica. El resultado es que intimida a los teólogos y teólogas para que no digan claramente lo que están investigando, pues bajo el actual pontificado continúa estando prohibido pensar y expresar el propio pensamiento.

En la década de los 80, un obispo brasileño acusó a Fray Carlos Mesters, nuestro mejor biblista, de hacer una lectura bíblica que él juzgaba tendenciosa y carente de equilibrio. Como yo también hacía el mismo tipo de trabajo bíblico, me sentí en conciencia obligado a publicar un artículo titulado «Yo me acuso». Allí dejaba claro que todo lo que decían de Fray Carlos podían también decirlo de mí y que no me parecía honesto dejar que él sufriese solo las consecuencias de su compromiso de devolver la Biblia a las comunidades más pobres. Ahora me encuentro con la condenación de un libro que me ayudó mucho en el diálogo respetuoso con otros caminos espirituales y también me siento obligado a sentirme condenado con él.

Febrero es un mes provechoso en la historia de las condenaciones. El 17 de febrero de 1600, el papa Clemente VIII mandó quemar en la hoguera al fraile dominico y filósofo Giordano Bruno. Este fue un hombre libre que contestaba todo dogmatismo. Por eso le apresaron y durante seis años tuvo que responder como reo en un proceso en el que no faltaron las torturas. Con el cuerpo colgado cabeza abajo durante horas y bajo la amenaza de perforarle los ojos aceptó renunciar a algunas de sus doctrinas y retractarse oralmente y por escrito. Pero como no abjuró de todo su pensamiento y no se plegó a la prepotencia del tribunal fue quemado vivo. Antes de morir, Giordano Bruno declaró a sus jueces: «Tenéis más miedo vosotros de la sentencia que habéis proferido, que yo que por ella seré llevado al suplicio». El inquisidor jefe que condenó a Giordano Bruno fue el cardenal Roberto Belarmino, a quien el papa Pío XI proclamó santo y «doctor de la Iglesia».

Leonardo Boff / Petróplolis, febrero de 2005.

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