Marzo 2, 2024

‘Ser trabajadores de Paz’

 ‘Ser trabajadores de Paz’

Homilía del Cardenal Matteo Zuppi en la liturgia eucarística en ocasión del 55 aniversario de la Comunidad de Sant’Egidio

La eucaristía siempre es acción de gracias, la más completa, porque nos une con el Señor y entre nosotros, envuelve nuestras pobres personas con la luz del amor pleno de Dios, de su presencia en medio de la incertidumbre y de la confusión de la vida. Hoy todos sentimos, personalmente y como comunidad, la alegría de dar gracias por la amistad que nos une, por estos años de amor, un lazo gratuito y circular. Lo gozamos realmente todos, tanto los de la primera hora como los de la última anticipo de la casa de aquel padre que quiere que “todo lo que es mío es tuyo”. Un querido amigo de la Comunidad, Valdo Vinay, que compartió en los años de su vejez el camino de nuestro inicio, hizo suya la expresión de un joven: “Aquí la amistad nunca termina”. Lo decía también refiriéndose a él y creo que cada uno de nosotros puede decir lo mismo. No ha terminado; al contrario, se ha reforzado y siempre ha hecho frente a pandemias de pobreza y sufrimiento.

La Comunidad siempre ha acompañado las heridas que tienen las personas, los pobres. Empezó en las barracas del Canódromo, el primer servicio de la Comunidad, sin dejar de buscar jamás los numerosos y a menudo enormes canódromos de las ciudades de los hombres, en todas partes. ¡Cuánto sufrimiento, cuántas lágrimas! El grito de paz de pueblos enteros fue escuchado en esta arca de Noé, protección, compañía, casa, luz y calor. Nunca ha dejado de buscar una solución, lejos de complacientes y fáciles declaraciones y de emociones digitales y de espectáculo. Sant’Egidio, consciente de que la solución nunca depende solo de nuestra decisión y de nuestro esfuerzo, no ha dejado de buscarla con todo su ser. Los ojos brillan de luz porque secan las lágrimas de quien sufre, decía la Madre Teresa.

La Comunidad brilla de amor, porque ha llorado con quien llora, y también ha sentido el consuelo de innumerables sonrisas recuperadas, anticipo de la bienaventuranza de Jesús que no terminará. La medida nunca ha sido lo que se podía hacer, sino lo que hay que hacer. A veces sentimos con amargura que los retrasos son culpa de los hombres, de nuestra fragilidad y nuestros límites, pero sin renunciar a buscar las respuestas. Es lo que ha ocurrido con los corredores humanitarios, que han abierto el muro impenetrable del “no hay nada que hacer”, “solo cabe esperar”. Miles de personas que lo esperaban han tenido futuro. ¿Pocas? Quien salva a un hombre –un hombre–, salva al mundo entero, porque cada persona es un mundo, único e insustituible. Recordemos siempre y para todos que quien pierde a un hombre, pierde un mundo entero.

Estos años nos confirman que siempre se puede amar la vida, defenderla, cambiar este mundo para que la fraternidad sea real, que todos pueden hacerlo y hacerlo llena de felicidad, libra de la tristeza o de un amor reducido a adrenalina. La voz persuasiva del falso realismo repite continuamente que lo dejemos correr, que pensemos que no vale la pena, ahoga muchas energías y desperdicia medios y posibilidades. Muchos. Y esperamos que en este tiempo de planos para el futuro sepamos construir algo que permanece solo si va más allá de nosotros. Así pues, la belleza de esta celebración, que reúne no solo a todos los que estamos aquí sino también a todas las comunidades esparcidas por el mundo, desde los pequeños y remotos pueblos del norte de Mozambique o del Congo, que sufren por la violencia, hasta las numerosas comunidades de Ucrania y de Rusia que en la tormenta de la guerra no han dejado de ayudar a los más débiles, de tranquilizar y dar de comer a ancianos solos, a personas que viven en la calle o a los niños de las escuelas de la paz.

Oremos por todos nuestros hermanos y hermanas que viven situaciones difíciles, de riesgo o de minoría. Les damos las gracias por el ejemplo de humanidad que dan en las situaciones en las que viven mostrando la vida cristiana y el espíritu de la Comunidad. Sigamos todos encendiendo luces de esperanza y mostrando un mundo mejor cuando alrededor está la oscuridad de la violencia, de la guerra, y también el de la soledad y la insignificancia. Decidamos todos ser trabajadores de paz, conservar un corazón humano de cordero incluso cuando el mundo se convierte en un lobo, solo cree en las armas y ya no sabe hallar la humanidad.

Echemos semillas de un mundo distinto, para empezar ya hoy allí donde estamos el alto el fuego, desarmando las manos y las mentes y llenándolas de sentimientos y lazos de amor. La guerra apaga incluso los sueños y los impulsos. La Comunidad de Sant’Egidio los vuelve a encender, los defiende, brote de paz que sigue dando flor, anticipo de la paz que puede hacer que vuelva la vida. Todo Sant’Egidio es un pueblo de trabajadores de paz, porque acerca los corazones, se enfrena a las barreras, derriba los muros, construye lugares donde donde Fratelli tutti no es solo una visión grande sino la realidad de comportamientos y palabras.

Y doy las gracias de corazón por los esfuerzos inteligentes y pacientes para tejer la paz, como los de Sudán del Sur, a veces muy largos –interminables, podríamos decir, como las guerras. Tenía razón san Juan Pablo II cuando, hablando con la Comunidad, dijo: no os habéis puesto más límites que el de la caridad. Y la caridad es infatigable no porque no sienta el cansancio sino porque lo supera por el mismo amor. Y damos las gracias a Andrea que no deja de luchar con inquietud e inteligencia contra las tinieblas del mal. Sigue soñando en cambiar el mundo, porque escucha a Dios y su pasión por las mieses. Vio el jardín incluso cuando solo había desierto.

Gracias, Andrea. Cristo es paz porque ha derribado el verdadero muro de separación que divide y genera la guerra, es decir, la enemistad. Sant’Egidio se ha convertido en una familia universal, realmente sin fronteras, que como una madre, no olvida a nadie. Y doy las gracias de corazón a quien se afana para que esta madre muestre su maternidad en todas partes, empezando por Marco y por toda la presidencia de la Comunidad: recordemos siempre rezar por todas las comunidades y también por quien sirve a la Comunidad en la comunión y en la unidad. Sois un pueblo de pobres y de humildes, de viejos y de jóvenes, de hermanos más pequeños y de hermanos que se hacen pequeños, y así todos se hacen grandes. Sois trabajadores que siempre pueden –y es una gracia– trabajar para el Señor y, por tanto, para el prójimo.

El papa Benedicto, con gran delicadeza y profunda comprensión humana, dijo al finalizar la comida en el comedor de via Dandolo que en la Comunidad no se distingue a quien sirve de quien es servido, felicidad para uno y para el otro. Es un nosotros abierto y concreto al mismo tiempo, acogedor y nunca anónimo, porque el nosotros no solo no borra el yo, no lo limita sino que lo libra del egoísmo y de pensar que es él mismo porque es una isla, no lo deprime sino que lo exalta, porque hace que sea útil. (¡Somos útiles de verdad cuando somos gratuitos, sin consideración o méritos!) Estamos en la misma barca, con radicalidad, sin medias tintas, buscando siempre el bien posible pero sin olvidar creer en lo imposible, porque la mies es realmente grande y el sufrimiento que tiene es terrible, provoca sufrimiento. Cuando lo sentimos nos vemos impulsados a implicar a otros segadores, que si están ociosos es porque nadie los ha contratado, y no porque no quieran trabajar. Y la alegría es trabajar por amor.

La Palabra de Dios es la que sigue llamando y enviando, es la que ha protegido a la Comunidad, porque no deja de hacer que seamos sensibles a nuevos aspectos de pobreza y también a comprender de manera nueva y más profunda los viejos. La palabra es la que permite vivir cada encuentro como anticipo del encuentro pleno que encontraremos en el cielo.  La comunidad siempre es pequeña –siempre somos un pequeño rebaño– minoría que no deja de generar vida pero ya es un pueblo grande.

El paso del tiempo no ha hecho crecer el sutil escepticismo o mecanismos esclerotizados. Esta es la bendición y la oración de esta tarde, como la que durante mucho tiempo ha acompañado la oración de la tarde:  Señor, Dios nuestro, que en la confusión y en la soledad de este mundo no dejas de reunir con tu Palabra a un pueblo santo, de toda tierra, ciudad y país, para que en la caridad te rinda un culto agradecido, custodia el rebaño que has reunido, consérvalo en tu amor, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

San Juan de Letrán / Roma, 9 de febrero de 2023

 

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