Enero 21, 2026

Ser o no ser de Izquierda; esa es la cuestión

 Ser o no ser de Izquierda; esa es la cuestión

-Sergio Aliaga Matus / PhD. Teoría del Conocimiento. Friedrich Schiller Universität. Alemania-

Documento para la discusión.

Fundamentación:

La discusión actual, que arrecia, con ribetes agresivos por parte de algunos sectores, sobre la izquierda y el progresismo en Chile surge porque la sociedad chilena fue impactada tras el estallido social, el fracaso del proceso constitucional y la derrota político-electoral del conglomerado gobernante, generando desconfianza y obligando a revisar prioridades. Hay tensiones y debates entre reformismo y cambios estructurales. Su relevancia es alta porque de esta diferenciación política depende la capacidad del conjunto de los sectores democráticos para recuperar apoyo mayoritario, enfrentar el avance de discursos ultraconservadores y ofrecer un proyecto político viable que vuelva a conectar con la ciudadanía y fortalezca la gobernabilidad democrática.

Responder a la pregunta recurrente ¿Qué significa ser de izquierda hoy? Es un dilema de diferenciación urgente para el Chile actual.

En el contexto político, marcado por el retroceso de sensibles reformas políticas al sistema político chileno, el avance de la ultraderecha, y la creciente frustración social, la pregunta qué significa ser de izquierda ha dejado de ser un debate teórico para transformarse en una necesidad político-social urgente. Esta discusión, ad portas de diversos encuentros de los “partidos de izquierda”, hoy denominados “progresistas”, no puede eludirse ni resolverse mediante definiciones ambiguas: ser de izquierda implica tomar posición frente a la estructura económica y social que organiza el poder en el país. En este escenario, la inventiva popular – que es infinita – hace surgir toda clase de expertos en ciencias sociales, provistos de agudísimos textos y teorías decimonónicas, que intentan dar respuesta a la pregunta que convoca este escrito.

Chile, a pesar de ciertos avances sociales parciales, la base del modelo permanece intacta: concentración de la riqueza, precarización del trabajo, mercantilización de derechos fundamentales y un Estado subordinado a los intereses del gran capital. En este contexto, ser de izquierda no puede significar simplemente “gestionar mejor” el modelo, sino cuestionar sus fundamentos. Para la izquierda transformadora la desigualdad y la exclusión no son anomalías, sino expresiones normales de un sistema basado en la explotación del trabajo y la acumulación privada.

El debate actual revela una fractura al interior, que para el análisis referiremos el nombre, del progresismo. Por un lado, están, sectores que han optado por la moderación, el pragmatismo institucional y la adaptación a los límites impuestos por el mercado y la correlación de fuerzas. Por otro, la izquierda transformadora que sostiene que sin cambio estructural no hay justicia social posible. Esta diferenciación no es nueva, pero hoy adquiere un carácter decisivo: la renuncia al conflicto de clases como motor de cambio del progresismo, ha debilitado a los sectores de izquierda alejándola de la capacidad transformadora de las mayorías sociales.

Ser de izquierda transformadora, sin eufemismo ni relaciones semánticas, significa poner en el centro la contradicción entre capital y trabajo. Significa reconocer que los problemas de pensiones, salud, vivienda y salarios no se resolverán sin afectar intereses económicos concretos. También implica asumir que la democracia política, sin democracia económica, se vuelve frágil y limitada. Por el solo hecho de llamarse de izquierda no puede limitarse a administrar el malestar social; debe ofrecer un proyecto que dispute poder real, incluyendo el control social de sectores estratégicos y la ampliación efectiva de los derechos laborales. Debe ser una izquierda transformadora del modelo político económico y socio cultural dominante.

Este escrito tiene un propósito central: Identificar ideológica, doctrinaria y políticamente quien es quien y así reconocer el horizonte político transformador. La ambigüedad ideológica, por acción u omisión, no solo confunde a la ciudadanía, sino que abre espacio y sirve al avance y futura consolidación de la ultraderecha que ha sabido capitalizar el descontento prometiendo orden, mientras profundiza soterradamente la desigualdad. Definir qué es ser de izquierda es, en este sentido, una tarea estratégica política para reconstruir confianza y legitimidad.

Asimismo, el debate permite identificar claramente entre el proyecto político transformador y su sujeto social del proyecto reformista del modelo explotador dominante. Sin una conexión real con el mundo del trabajo, con los sectores populares y con las luchas sociales concretas, el progresismo y la izquierda reformista se han convertido en una élite pseudo ilustrada sin base social. Para la izquierda transformadora, el desafío es claro: articular las demandas inmediatas con una estrategia de transformación político estructural que apunte a superar el modelo neoliberal.

Ser de izquierda implica asumir que la desigualdad no es un error del sistema, sino su resultado lógico. El modelo neoliberal que organiza la economía chilena sigue intacto: derechos sociales convertidos en mercancía, trabajo precarizado y un Estado que protege la acumulación privada antes que la vida digna. En ese marco, administrar mejor el modelo no es transformarlo, es legitimarlo.

El debate actual expone diferencias evidentes del modelo político social de sociedad que se quiere lograr. Mientras algunos sectores del progresismo reformista optan por la moderación y el realismo institucional, renunciando al conflicto social como motor de cambio, la izquierda transformadora sostiene que sin afectar intereses económicos concretos no hay justicia social posible. La renuncia al conflicto no ha traído estabilidad ni apoyo popular; ha producido desafección, desmovilización y desencanto.

Ser de izquierda, significa tener claridad y querer resolver el problema: la relación desigual entre capital y trabajo. Significa entender que pensiones, salud y vivienda no se resolverán sin disputar poder económico. También implica asumir que no hay democracia real sin democratización de la economía.

Esta discusión no es identitaria ni nostálgica. Es estratégica y política. El llamado progresismo reformista necesita definir si serán un gestor responsable de un modelo injusto o una fuerza capaz de disputar hegemonía, al decir de Gramsci – que es su Guru – y ofrecer un horizonte de transformación. En un país cansado de promesas vacías, la claridad política no es un lujo: es una condición de supervivencia.

Introducción

El debate político que se ha abierto en la izquierda-progresismo chileno, no es producto de la derrota político electoral del 2025, esta es una inquietud que se viene incubando hace un largo tiempo y hoy requiere una solución definitiva. Dirigentes, partidos y referentes intelectuales han oscilado entre asumirse como socialdemócratas, socialistas democráticos reformistas o simplemente “progresistas”, como si estas categorías fueran equivalentes o intercambiables. Sin embargo, esta indefinición, hoy ha dejado de ser una definición semántica: expresa una dificultad más profunda de la izquierda reformista para enfrentar históricamente al capitalismo neoliberal, al Estado y a la lucha de clases.

La confusión-identificación entre socialdemocracia y socialismo democrático reformista no remite solo a tradiciones teóricas distintas, sino a proyectos políticos que pretenden ser divergentes pero que id3ologia y doctrinariamente son semejantes. Mientras la socialdemocracia surge históricamente como una estrategia reformista y estabilización del capitalismo, el socialismo democrático —al menos en su formulación clásica— se propone como una vía para su superación, mediante la ampliación de la democracia y la transformación de las relaciones de producción. En Chile, sin embargo, estas diferencias-semejanzas tienden a diluirse en un lenguaje que privilegia la gobernabilidad, la moderación y la adaptación al orden existente.

Esta ambigüedad ideológica se sitúa en la derrota histórica del proyecto socialista de la Unidad Popular, la imposición violenta del neoliberalismo y la posterior integración de amplios sectores de la izquierda al Estado postdictatorial. Como resultado, una parte del socialismo ha sido progresivamente despojado de su contenido anticapitalista, mientras la socialdemocracia se practica sin asumirse plenamente como tal. Lo que emerge es una izquierda reformista que administra el presente sin una definición clara de su horizonte histórico.

Plantear hoy la pregunta por el “ser” de la izquierda —¿socialdemócrata, la izquierda reformista o la izquierda transformadora? — no es, por tanto, un ejercicio académico ni identitario. Es una interrogante política estratégica que remite a la relación entre democracia y clase, entre reforma y ruptura, entre gestión del capitalismo y su superación. En esa tensión se juega no solo el futuro de una parte de la izquierda chilena, sino también su capacidad de ofrecer un proyecto político que vuelva a articular igualdad, democracia y transformación social.

Este es un desafío que interpela a la sociedad chilena, que diversos “agudos” analistas, con su infinita inventiva, no han dejado pasar, desplegando sus brillantes peroratas, ya sea por acción u omisión, siempre ajustadas con precisión quirúrgica a sus propios idearios ideológicos… o, claro, amanuenses de sus jefaturas.

Lo más grave es el oportunismo, de todo tipo, de algunos sectores de la “izquierda”, que hoy han dejado caer sus máscaras y mostrar sus verdaderos rostros anticomunistas para reubicarse en la política futura y volver a aprovecharse de las necesidades del pueblo.

Debemos dejar de no saber quién soy, pero saber de lo que huyo. Por ello es absolutamente necesario aclarar, llamémosle, “confusión” ideología de estos referentes de las izquierdas reformistas. Este es el propósito y objetivo del presente escrito.

La confusión ideológica

La crisis de la izquierda chilena debe ser comprendida como algo más profundo que una sucesión de derrotas electorales o errores comunicacionales. Se trata de una crisis orgánica, entendida dialécticamente como un momento histórico en que “lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer”, y en el cual las clases subalternas carecen de una dirección política capaz de disputar efectivamente la hegemonía a la clase dominante.

En este marco, la persistente e interesada confusión entre socialismo transformador, socialismo democrático reformista y socialdemocracia no es un problema semántico ni académico. Es la expresión ideológica de una derrota histórica no suficientemente analizada con rigor científico, cuya raíz se encuentra en el quiebre del proyecto de la Unidad Popular, la violencia fundacional del neoliberalismo impuesto por la dictadura y la posterior integración subordinada de sectores llamados de izquierda al orden capitalista durante la transición.

La pregunta por el “ser” de izquierda no es moral ni estética, sino histórica y material. Debemos entenderla políticamente como expresión de las relaciones sociales de producción; por tanto, una izquierda que renuncia a nombrar el antagonismo capital–trabajo entra en una crisis de conciencia.

¿Hay más de una izquierda en Chile? Sí, y un ejemplo claro de esto es la fragmentación y disputa por el significado de “izquierda”.

Podemos reconocer y criticar a:

1. La izquierda institucional o administradora del modelo:

Incluye a sectores de la ex Concertación y parte del socialismo histórico que, tras la dictadura, optaron por una estrategia de continuidad con reformas limitadas.

Desde una crítica desde la izquierda transformadora esta:

• Aceptó la Constitución de 1980 como marco político.

• Consolidó el sistema de AFP, la educación de mercado y la privatización de recursos.

• Transformó la izquierda en una gestión “con rostro humano” del neoliberalismo.

Esta izquierda, aunque se opone retóricamente a la derecha, no cuestiona las bases materiales del poder económico, y por tanto actúa como una fuerza de contención del conflicto social.

2. La izquierda progresista y generacional

Emergente con fuerza desde el movimiento estudiantil de 2011 y llegada al gobierno con el Frente Amplio, esta izquierda plantea una crítica más dura al neoliberalismo, pero mantiene fuertes ambigüedades.

Desde una concepción de izquierda transformadora su contradicción central es:

• Denunciar el modelo, pero gobernar dentro de sus límites estructurales.

• Priorizar agendas simbólicas y de derechos sin alterar decisivamente la acumulación de capital.

• Subordinar la movilización popular a la lógica institucional y al “orden”.

El estallido social de 2019 mostró tanto su potencial como sus límites: cuando la protesta puso en cuestión el orden completo, el sistema político —incluida esta izquierda— optó por la normalización antes que por la ruptura.

3. La izquierda anticapitalista y popular

Menos visible institucionalmente, pero presente en sindicatos combativos, organizaciones territoriales, movimientos mapuches, feminismo popular y partidos extraparlamentarios.

Desde la izquierda transformador a esta corriente:

• Entiende el neoliberalismo chileno como un proyecto de clase irreformable.

• Ve el Estado como un terreno de disputa, no como un árbitro neutral.

• Concibe la organización popular y la movilización como condiciones necesarias de cualquier transformación real.

• Articula la lucha de clases con la crítica al colonialismo interno y al extractivismo.

Esta izquierda no mide su fuerza por cargos, sino por capacidad de organización, conciencia y conflicto, lo que la vuelve marginal en términos mediáticos, pero irrelevante políticamente.

4. La izquierda transformadora, identificada al Partido Comunista

Esta izquierda plantea que existe una crisis de legitimidad del modelo neoliberal, evidenciada en demandas por dignidad, pensiones, salud, educación y vivienda.

Considera que:

· Que el proceso constituyente (aunque con resultados frustrados) confirmó la necesidad de cambiar el Estado subsidiario.

· Hay que reforzar la lucha por cambios estructurales

· La lucha social por los cambios de manera institucional y democrática

· Debe existir alianzas amplias con sectores democráticos por la transformación social

· La movilización social es el motor del cambio

¿Quién es realmente de izquierda en Chile?

Desde una concepción de izquierda transformadora, no es de izquierda quien gobierna en nombre del pueblo, sino quien confronta el poder del capital, incluso cuando eso implica costos políticos.

Es realmente de izquierda quien:

• Cuestiona la propiedad privada de los recursos estratégicos, especialmente el cobre, el litio, el agua y las pensiones.

• No reduce la política a la gobernabilidad ni al equilibrio fiscal.

• Reconoce que el orden constitucional y económico chileno fue diseñado para neutralizar la soberanía popular.

• No criminaliza la protesta social ni la presenta como un problema de orden público.

• Asume que sin conflicto social no hay transformación histórica.

Este escrito sostiene que no toda fuerza que se nombra de izquierda lo es, y que en Chile la izquierda dominante ha tendido a convertirse en una izquierda de administración del orden, más que de superación de este.

Para ello, es interesante considerar un breve análisis a partir de Karl Marx, Antonio Gramsci, Tomás Moulian y Gabriel Salazar.

1. Marx, la política y la estructura material de la sociedad

Para Marx, la política no puede separarse de la estructura material de la sociedad. En El Manifiesto Comunista, plantea que “la historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”. Desde esta premisa, ser de izquierda no es una posición moral, sino una toma de partido objetiva en dicha lucha.

Aplicado a Chile, esto implica reconocer que:

• El neoliberalismo no es una política económica aislada, sino una forma histórica de dominación de clase.

• El Estado no es neutral, sino un “comité que administra los negocios comunes de la burguesía” (Marx).

• Las reformas que no alteran la propiedad privada de los medios de producción no superan el capitalismo, sino que lo estabilizan.

Desde Marx, una izquierda que gobierna sin cuestionar la estructura de acumulación —minería privada, sistema financiero concentrado, AFP, mercantilización de derechos— deja de ser una fuerza de ruptura para convertirse en una fuerza de gestión.

2. Gramsci: la hegemonía, consenso e izquierda integrada al orden

Antonio Gramsci permite profundizar este análisis al introducir el concepto de hegemonía. Para Gramsci, la dominación capitalista no se sostiene solo por coerción, sino por la producción de consenso, donde amplios sectores subalternos aceptan el orden existente como natural.

En este marco, una izquierda puede cumplir una función hegemónica para el bloque dominante, cuando:

• Canaliza el conflicto social hacia la institucionalidad.

• Presenta los límites del capitalismo como límites de lo posible.

• Transforma demandas populares en reformas compatibles con el sistema.

En Chile, gran parte de la izquierda postdictadura ha operado como lo que Gramsci denominaría una “intelectualidad orgánica del orden neoliberal”, legitimando el modelo bajo el lenguaje de la responsabilidad, el realismo o la gobernabilidad. La hegemonía neoliberal no se sostuvo solo por la derecha, sino también por una izquierda que renunció a disputar el sentido común económico y político.

3. Tomás Moulian: la izquierda como administradora del neoliberalismo

Tomás Moulian, en Chile actual: anatomía de un mito, ofrece una de las críticas más lúcidas a la izquierda chilena contemporánea. Su tesis central es que la transición no significó una ruptura con la dictadura, sino una reconfiguración consensuada del modelo neoliberal.

Moulian sostiene que:

• La Concertación no desmontó el neoliberalismo, sino que lo perfeccionó y legitimó.

• La política se redujo a la administración técnica del modelo.

• La izquierda abandonó el horizonte socialista y aceptó el capitalismo como destino.

Desde esta lectura, la izquierda chilena institucional no fue derrotada, sino transformada: dejó de ser una fuerza de antagonismo para convertirse en una izquierda sistémica, funcional a la reproducción del orden heredado de la dictadura.

4. Gabriel Salazar: la ruptura entre izquierda y pueblo

Gabriel Salazar complementa esta crítica desde la historia social. Para él, el problema central de la izquierda chilena es su desconexión estructural con el pueblo como sujeto histórico. En lugar de potenciar la autoorganización popular, la izquierda optó por la representación y la delegación.

Salazar critica que:

• El pueblo fue reducido a electorado, no a actor político.

• La soberanía popular fue subordinada al Estado y a los partidos.

• La izquierda temió más al desborde popular que a la continuidad del modelo.

Desde esta perspectiva, el estallido social de 2019 aparece como una ruptura histórica que expuso los límites de la izquierda institucional: cuando el pueblo irrumpió fuera de los marcos establecidos, gran parte de la izquierda optó por reconducir el conflicto, no por profundizarlo.

¿Quién es entonces realmente de izquierda en Chile?

A la luz de Marx, Gramsci, Moulian y Salazar, se puede sostener que en Chile es realmente de izquierda quien:

• Cuestiona materialmente el poder del capital, no solo sus excesos.

• No confunde acceso al gobierno con acceso al poder.

• Entiende la institucionalidad como un campo de disputa, no como un fin en sí mismo.

• Reconoce el conflicto social como motor de transformación histórica.

• Se vincula con el pueblo como sujeto activo, no como masa a representar.

Desde este enfoque, comprendemos que no toda izquierda institucional es necesariamente izquierda en sentido histórico, y no toda fuerza popular excluida del sistema carece de contenido político.

Posición de los partidos de izquierda transformadora, izquierda reformista y de la socialdemocracia

a) Partido Comunista: antagonismo estructural y estrategia gradual

El PC mantiene una lectura marxista clásica del conflicto social, entendiendo al Estado como espacio de lucha y no como árbitro neutral. Su política de alianzas, si bien considera una lógica de “guerra de posiciones” de Gramsci, tensiona su identidad cuando la acumulación de fuerzas se transforma en fin en sí mismo y no en medio para la superación del capitalismo.

b) Partido Socialista: de la revolución al reformismo

El PS representa el tránsito desde un marxismo revolucionario hacia una socialdemocracia integrada al orden capitalista. Este desplazamiento confirma la advertencia de Marx sobre la tendencia de ciertos sectores obreros a convertirse en “gestores del capital” cuando pierden su horizonte histórico. Allende, en contraste, concebía el socialismo como una ruptura democrática pero estructural con el capitalismo, no como su corrección ética.

c) PPD y PR: disolución del conflicto de clase

Estos partidos los identificamos como lo que Gramsci denomina una hegemonía sin antagonismo, donde la política se reduce a consensos técnicos y el conflicto social es desplazado del centro. Desde la izquierda, esta posición implica la negación del carácter clasista del Estado y la aceptación implícita del neoliberalismo como horizonte insuperable.

d) Frente Amplio: posmarxismo

El Frente Amplio incorpora demandas legítimas (feminismo, ecología, diversidades), pero desde una perspectiva de izquierda se observa el riesgo de fragmentación del sujeto histórico. Adherentes Laclau y Mouffe proponen reemplazar la centralidad de la clase por una articulación discursiva de demandas, lo que para la izquierda implica una desmaterialización del conflicto y una pérdida de anclaje en las relaciones de producción.

La contradicción emerge cuando este sector de la izquierda accede al Estado sin haber resuelto si su proyecto es anticapitalista o meramente un proyecto de modernización del neoliberalismo.

Desde esta perspectiva, doctrinas y partidos de izquierda con pensamiento transformador, deberían estar de acuerdo con:

• la superación de la propiedad privada de los medios de producción,

• la transformación radical del Estado, y el ejercicio del poder político por parte de los trabajadores y de la más amplia masa de los vulnerables del sistema neoliberal

Actualmente, sin embargo, un sector de la izquierda, que ya hemos identificado, ha ido progresivamente reduciendo a una ética de la igualdad compatible con la continuidad del capital. Se habla de justicia social, pero no de expropiación; de derechos sociales, pero no de control social de la producción; de dignidad, pero no de antagonismo de clase. Esta operación ideológica convierte a la izquierda, a su visión democrática en un significante vacío, desconectado de su contenido material y de su función histórica.

Como advertía Marx, cuando se elimina o se debilita el carácter antagónico de la lucha de los movimientos sociales y de trabajadores, contra sus explotadores, para decirlo de manera moderna, la izquierda progresista, democrática se transforma en una ideología conciliadora, funcional a la reproducción del orden existente.

Gramsci desde una nueva concepción marxista, comprendida erróneamente por alguno de sus seguidores, permite comprender por qué esta confusión ideológica no es accidental. Para él, la dominación burguesa no se sostiene únicamente por la coerción, sino por la hegemonía, es decir, la capacidad de una clase para presentar sus intereses particulares como intereses universales.

La izquierda postdictatorial, lejos de disputar esa hegemonía, terminó integrándose a ella, renunciando a construir lo que Gramsci denomina una voluntad colectiva nacional-popular. La adopción acrítica de la democracia liberal como horizonte final —y no como terreno de lucha— implicó abandonar la tarea de transformar el sentido común dominante.

La confusión entre socialdemocracia y el llamado socialismo democrático es, desde esta óptica, un síntoma de una crisis de dirección política e intelectual: esa izquierda ya no logra ofrecer una concepción del mundo alternativa, coherente y movilizadora para las clases subalternas.

Conclusión:

Un aparte de la izquierda chilena enfrenta una crisis que podríamos describir como un desfase entre condiciones objetivas y conciencia subjetiva. Sin una síntesis entre doctrina, estrategia y sujeto histórico, esa izquierda corre el riesgo de no ser, aun cuando gobierne.

La pregunta final no es electoral, sino histórica: ¿puede la izquierda chilena reconstruir un proyecto democrático transformador actualizado sus contenidos ideológicos, doctrinarios y políticos, que enfrente el capitalismo del siglo XXI sin renunciar a su identidad transformadora?

Una hipótesis permite afirmar que en Chile una parte de la izquierda atraviesa una crisis de contenido más que de liderazgo. La multiplicación de izquierdas no expresa riqueza política, sino una disolución del proyecto histórico de transformación social.

Mientras el Socialismo Democrático o la socialdemocracia, como lo hicieron en antaño, no recuperen una crítica radical al capitalismo, una disputa por la hegemonía y una relación orgánica con el pueblo organizado, el término “izquierda” corre el riesgo de convertirse en una etiqueta sin antagonismo, plenamente compatible con el orden neoliberal. No se trata de interpretar el mundo con un lenguaje progresista, sino de transformarlo.

Sergio Aliaga Matus / PhD. Teoría del Conocimiento. Friedrich Schiller Universität. Alemania

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