Febrero 8, 2026

Meditación fundamental / +Carlo María Martini

 Meditación fundamental / +Carlo María Martini

Hablar del Espíritu Santo es hablar de un hombre, es decir, de Jesús, sobre quien ha descendido en Espíritu Santo en plenitud; sobre él permanece, reside, reposa y se encuentra cómodamente, como en su propia casa.

El Espíritu se ha expresado inmejorablemente en la vida de Jesús, el Hijo del Padre. Jesús es el que posee la plenitud de los siete dones.

Pero el texto de Isaías alude también a todo el que vive en Jesús, a quién está en Jesús. En primer lugar María (‘El Espíritu Santo descenderá sobre ti’: Lucas 1,35), que es la ‘llena de gracia‘. Después, todo bautizado, todos los que, por el bautismo, hemos recibido estas características, estas cualidades.

Surge aquí, por tanto, una antropolgía de los dones del Espíritu Santo. Ambrosio es el primero que la bosqueja; después es desarrollada en los siglos posteriores, y podemos decir que alcanza su apogeo con santo Tomás de Aquino. Efectivamente, Tomás explica ampliamente que para ‘hacerse’ cristiano es necesario ese conjunto que llamamos fe, esperanza y caridad; sin embargo, estas no son suficientes para actuar de forme divina en medio de las contradicciones del mundo y de la historia y, por tanto, es necesario que el cristiano sea dócil a las mociones del Espíritu que actúan en la línea de la sabiduría, la inteligencia el consejo, la fortaleza, la ciencia, la piedad y el temor del Señor.

Ciertamente, es consoladora esta antroplogía cristiana de los dones: Todo cristiano vive de fe, esperanza y caridad; la fe es perfeccionada por el espíritu de inteligencia, ciencia y consejo; la esperanza, por el espíritu de temos de Dios y de fortaleza; la caridad se expresa plenamente cuando es perfeccionada por la piedad y la sabiduría.

El cristiano es, por consiguiente, una persona rica en virtudes y dones. A estos siete dones corresponden las bienaventuranzas: ‘Dchosos los pobres en el Espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos. Dichosos los que están tristes, porqque serán consolados. Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia. Dichosos los puros de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios’ (Mateo 5,3-9).

Y también los frutos del Espíritu que meciona el apóstol Pablo: ‘Los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo‘ (Gálatas 5,22).

Todo este conjunto -virtudes, dones, bienaventuranzas y frutos del Espíritu– es una forma de indicar la expcepcional riqueza y la inmensa vitalidad de la vida de gracia. Así somos nosotros, y debemos dar cuenta de ellos; el Espíritu nos colma de dones para llevarnos a la plenitud del seno de Dios, a la plenitud eterna.

A menudo, los cristianos somos tímidos, temerosos, no suficientemente osados, porque carecemos de la conciencia de estos dones. Sin embargo, cuando tomamos conciencia de ellos, la vida cristiana pueda desarrollarse en nosotros como un arroyo, un torrente, un río. Que bello sería que, incluso mediante la exhortación de mi Carta Pastoral ‘Tres relatos del Espíritu‘ nuestras comunidades descubriesen los dones que están presente en ella y que todo cristiano pudiera exclamar: ‘¡Qué maravillas realiza en mí el Espíritu Santo!’

+Carlo María Martini / Meditación fundamental – Milán

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