Sionismo cristiano: una herejía político-teológica
Álvaro Ramis.-
Las Iglesias de Tierra Santa -custodias vivas de la memoria apostólica- han debido recordar a Occidente una verdad elemental: ninguna realidad política puede ocupar el lugar salvífico que la fe cristiana atribuye a Cristo y a su Iglesia. Su denuncia del sionismo cristiano como ideología que “siembra confusión” puede formularse con mayor precisión doctrinal: se trata de una herejía político-teológica.
La cuestión no es el apoyo político al Estado de Israel -legítimo en el plano civil-, sino su sacralización. El sionismo cristiano afirma que la existencia o primacía de ese Estado pertenece al designio divino y al cumplimiento profético. Así, una entidad estatal intrahistórica se convierte en mediación necesaria de la historia de salvación. La escatología adopta forma de geopolítica.
La teología cristiana clásica sostiene lo contrario. Desde el Nuevo Testamento, la promesa a Israel se interpreta cristológicamente: en Cristo se cumple y se universaliza en la Iglesia, pueblo de Dios no definido por etnia ni territorio. Re-absolutizar la promesa territorial tras su cumplimiento en Cristo supone una regresión precristológica. Es decir, volver a situar la elección en la geografía y no en la comunión.
Aquí la crítica de Karl Barth resulta especialmente pertinente. Barth combatió toda “teología natural” que pretendiera identificar la revelación de Dios con realidades históricas o culturales particulares —nación, raza, Estado—, insistiendo en que Dios se da a conocer únicamente en Jesucristo. La revelación no es deducible de la historia política ni de ningún destino nacional. Sacralizar un Estado como portador necesario del plan divino equivale, en términos barthianos, a idolatría: absolutizar una realidad creada como si fuese signo directo de la gracia.
No es casual que Barth escribiera su teología bajo la sombra del nacionalismo sacralizado europeo. Su rechazo del “cristianismo alemán” -que identificaba misión divina y destino nacional- descansa en un principio central: ninguna nación puede reclamar elección teológica en sentido salvífico tras Cristo. La elección, para Barth, se concentra y cumple en Cristo mismo; solo en él se define el pueblo de Dios. Trasladarla a un sujeto político posterior es, por tanto, teológicamente ilegítimo.
El sionismo cristiano incurre exactamente en ese desplazamiento. Re-etniza la elección, re-territorializa la promesa y re-politiza la escatología. La fidelidad a Dios se mide por alineamiento con un Estado; la historia nacional se interpreta como historia de salvación; la geografía se vuelve sacramento. Barth habría reconocido aquí la misma estructura que denunció en los nacionalismos cristianizados de su tiempo: la confusión entre Reino de Dios y destino histórico de una comunidad política.
El problema es también eclesiológico. Las Iglesias de Jerusalén -mayoritariamente árabes- afirman que el sionismo cristiano habla en nombre del cristianismo al margen de la Iglesia concreta que vive en Tierra Santa. Pero en la teología barthiana la Iglesia es el lugar donde la revelación es escuchada en comunión, no sustituible por movimientos ideológicos transnacionales. Subordinar la Iglesia real a un proyecto estatal significa, de hecho, negar su catolicidad efectiva.
Desde esta perspectiva, la calificación de herejía no es retórica. El sionismo cristiano atribuye a una realidad política una función soteriológica que la fe cristiana reserva a Cristo. Introduce una mediación histórica necesaria allí donde la teología cristiana afirma la suficiencia de la revelación en Cristo. En términos barthianos: confunde la Palabra de Dios con un acontecimiento político.
Las Iglesias de Tierra Santa recuerdan así algo que Barth consideraba decisivo: el Reino de Dios no se identifica con ninguna civitas terrena, ni siquiera con la más cargada de simbolismo bíblico. El cristianismo nació en un territorio, pero no es territorial; reconoce una historia de Israel, pero no se identifica con ningún Estado; confiesa una promesa, pero no la absolutiza geográficamente tras su cumplimiento en Cristo.
Llamar al sionismo cristiano herejía político-teológica no es exageración. Es precisión: la doctrina que, al sacralizar un Estado moderno como sujeto necesario del plan divino, desplaza a Cristo del centro de la economía de la salvación. Cuando la escatología se vuelve cartografía y la fe se confunde con geopolítica, lo que se pierde no es una matización académica. Es la estructura misma del cristianismo.
Álvaro Ramis – Santiago de Chile