Abril 15, 2026

Kast: un gobierno anticatólico / Alvaro Ramis

 Kast: un gobierno anticatólico / Alvaro Ramis

La mayoría de los católicos chilenos no parecen haberse permitido reconocer la gravedad del conflicto que se está desarrollando en nuestro país. Se puede ir a misa los domingos, ver la bandera patria junto al altar, rezar por las autoridades y volver a casa con la impresión de que la cruz y el escudo nacional caminan de la mano. Pero no es así.

Visto a la luz de la doctrina social de la Iglesia, y sobre todo a la luz del Evangelio, el gobierno del presidente José Antonio Kast se ha convertido en una potencia hostil para la fe que dice honrar. Un gobierno envuelto en los ropajes de sus propios ídolos —el orden a cualquier precio, el mercado sin límites, la soberbia del que confunde su ideología con la verdad— que ha dejado de escuchar a los profetas que la Iglesia le ha enviado: desde el papa Francisco y León XIV hasta el obispo de una comunidad parroquial del sur que denuncia la explotación de la tierra.

Es normal que los gobiernos desatiendan en algún punto la enseñanza cristiana. Quizás no haya otro modo. Pero lo que ocurre hoy en Chile es de otro orden. En materia tras materia, el gobierno de Kast ha contradicho el magisterio reciente de la Iglesia —y no con sutileza, sino con gestos de ostensible oposición a la institución religiosa que congrega a más de la mitad de los chilenos.

1. La casa común saqueada

El cuidado de la creación ha sido una prioridad de los últimos pontífices. San Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco dedicaron encíclicas enteras a llamar a la responsabilidad frente al cambio climático. El papa León XIV ha continuado insistiendo ante los líderes mundiales: la tierra es un don de Dios que debe ser custodiado, no depredado.

Mientras tanto, el gobierno chileno ha dado vía libre a proyectos extractivos en zonas de alto valor ecológico, ha debilitado el Servicio de Evaluación Ambiental, ha puesto en pausa las metas de descarbonización y ha impulsado una narrativa que tacha de “ecologistas radicales” a quienes defienden los humedales o los glaciares. Los glaciares, precisamente, fueron excluidos de la protección legal que exigían científicos y comunidades. La política del gobierno en materia ambiental es una política de saqueo, disfrazada de “desarrollo”.

2. Migrantes: del derecho humano al espectáculo de la crueldad

Chile no ha tenido una política migratoria ejemplar en décadas, pero el gobierno actual ha elevado la indiferencia a sistema, y la crueldad a método. Los operativos militares en la frontera norte, las expulsiones colectivas sin debido proceso, la criminalización sistemática de la población migrante, el hacinamiento en centros de detención y la retórica que presenta al extranjero como una amenaza para la patria.

Jesús fue migrante. Huyó con su familia a Egipto. Y en su ministerio mostró respeto a los extranjeros que los suyos despreciaban. La Conferencia Episcopal ha recordado una y otra vez el deber de acoger, proteger y promover a los migrantes. Sus voces han sido ignoradas. No es extraño: en este gobierno, la caridad cristiana es sospechosa de “activismo político”.

3. La violencia normalizada y el culto al orden

La enseñanza católica ha insistido en estrechar cada vez más las condiciones para la guerra justa, hasta casi hacerla imposible. Francisco nos recordó que la guerra es siempre una derrota de la humanidad. Y Jesús nos mandó amar a los enemigos y no responder con violencia.

El gobierno de Kast ha hecho de la militarización del orden público su emblema. Las fuerzas armadas patrullan las calles como en tiempos de conflicto. Se ha aprobado el uso de armas de fuego en la persecución de delitos, con el riesgo evidente de que el miedo termine matando inocentes. Se habla de “enemigos internos”, de “guerra contra la delincuencia”. La doctrina de seguridad nacional, condenada por la Iglesia por su desprecio a los derechos humanos, ha vuelto a ser el manual de gobierno.

4. El lenguaje de la deshumanización

Uno de los legados más profundos del pontificado de Francisco ha sido insistir en la fraternidad, el diálogo, el encuentro. Nos llamó a construir puentes, no muros. A tratar al otro con respeto, aunque pensara distinto.

El gobierno de Kast, en cambio, ha hecho de la confrontación su estilo. Se habla de la “ideología de género” como si fuera un virus, no de personas. Se niega la identidad de quienes son distintos. Se ridiculiza a la oposición con términos que descalifican antes que debatir. Se fomenta una cultura política donde el adversario no es un conciudadano con quien discrepar, sino un enemigo a quien aplastar. Y esa lógica ha permeado desde La Moneda hasta las redes sociales de sus militantes.

Una hora que nos convoca a elegir

Por supuesto, ningún gobierno será plenamente cristiano hasta que llegue el Reino de Dios. Y sería injusto no reconocer que también anteriores administraciones han tenido puntos ciegos frente a la doctrina social de la Iglesia. Pero lo que hoy ocurre en Chile es de otro calibre. No se trata de tensiones inevitables, sino de un proyecto político que sistemáticamente se ha colocado contra lo que la Iglesia enseña.

Los católicos chilenos debemos tomar nota. Y hacernos oír.

No se trata de reclamar un Estado confesional, sino de exigir que se respete la dignidad humana que el Evangelio proclama. No se trata de poner la cruz en las oficinas públicas, sino de defender a los pobres, a los migrantes, a la tierra, a los débiles, allí donde este gobierno los está abandonando o persiguiendo.

A César lo que es de César —sí, que se quede con sus decretos y sus auditorías y sus patrullajes—, pero a Dios lo que es de Dios: una obediencia más profunda, que nos lleve a negarnos a bendecir lo que contradice el mandato del amor.

No podemos quedarnos en la complicidad del silencio. Este país, que se proclama tan católico, debería avergonzarse ante el Cordero de Dios por haber entregado su conciencia a un gobierno que no duda en hacerle la guerra a su propia fe.

Álvaro Ramis – Santiago de Chile

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