Abril 15, 2026

Los Improperios / Paul Buchet

 Los Improperios / Paul Buchet

Diez años antes del Concilio Vaticano II, se celebraba la Semana Santa con una curiosa ceremonia llamada los ‘Improperios’ o ‘las Tinieblas’. En la oscuridad de la iglesia se mantenían 7 velas encendidas que se apagaban una tras la otra (como si se terminara el antiguo Testamento), la última vela encendida se iba a esconderla atrás del altar en silencio por la muerte de Cristo.

En esta ceremonia se cantaba una profecía de Miqueas. Dios le había encargado a este profeta decir de su parte al Pueblo de Israel: ¿Pueblo mío, ¿qué te hecho, en qué te he molestado? Respóndeme (Mi.6,3ss). El país estaba en ruinas, opresión extranjera, saqueos, corrupciones de jefes y falsos profetas. Lo insólito es que Yahvé no planteaba este desastre como culpable y merecido sino como profunda decepción de la alianza de Dios con su pueblo. Decía a continuación: “Te hice salir de la servidumbre de Egipto…, Te pedía tan solo practicar la equidad, amar la piedad y caminar humildemente con tu Dios” (6,8). Esta profecía que nos revela un Dios que se ‘lamenta’ nos lleva al misterio de Dios que se hizo hombre y murió por el pecado del mundo.

Nos emocionamos en el Vía Crucis: ¡Cristo muriendo en la cruz, ‘pagando’ por nuestros pecados y venciendo la muerte por su resurrección es nuestro salvador y, con esto, pensamos que todo fuera arreglado!! En la práctica, buscamos reconciliarnos individualmente con Dios por uno u otro pecado cometido y recibimos la absolución. Pero este individualismo nos hace perder la gravedad de nuestra colusión con los pecados del mundo. Desde que Jesús mandó evangelizar a todas naciones, es la construcción del Reino de Dios en la tierra por la que debemos responder delante de Él. Entonces veamos ¿Quiénes deben sentirse interpelados por la pregunta de Dios que nos dejó el profeta?

Los primeros a quien Dios dirige su reproche son todos los que creen en Él, el Dios único y creador. Son los israelitas, los islamistas y nosotros los cristianos, los monoteístas incapaces de frenar el progreso del ateísmo, el agnosticismo y el materialismo del mundo. Dios, el único Dios, lo hizo todo bien hecho: el universo el planeta, la naturaleza, en el tiempo, el ser humano con inteligencia, espiritualidad y futuro. A pesar de todo, el 60 % de la humanidad sigue sin reconocer el Dios único y creador. ¿No hay en esto una ofensa patente a Dios? Y por si fuera poco, son los mismos israelitas, musulmanes y cristianos que se matan entre sí en crueles guerras. Sus violencias injurian doblemente a Dios (el único) que dicen creer. Que la Cuaresma, el Ramadán, el Yom kipur ayuden cada religión a responder a Dios por esta contradicción.

Después, son los cristianos que dicen creer en el ‘verdadero’ Dios. Tuvieron una larga historia de divisiones y adversidades a pesar de creer en Jesucristo, el hijo de Dios que murió en la cruz y resucitó. Los varios talentos y sentires de fe de los ‘cristianos’ podrían haberse prestados para un enriquecimiento mutuo, pero fue todo lo contrario. En la historia de la humanidad, los cristianos fueron principales promotores del Progreso, pero también fueron inventores del capitalismo, sostuvieron la explotación (abusiva) de los recursos naturales y se incluyeron entre los responsables de la contaminación generalizada de la tierra. Lo peor de su desacato a Dios son sus divisiones y sus sectarismos que impiden levantar un frente unido para minimizar las hambrunas, las miserias, las drogas, el machismo… Jesús oró expresamente a su Padre por la unidad de sus discípulos. Es tiempo para que las comunidades cristianas de las distintas confesiones empiecen a evangelizar por intercambios y colaboraciones básicas y no cupulares. Rezamos: “Perdona nuestras ‘ofensas’ como nosotros perdonamos a quien nos ofendieron”

Nosotros los católicos nos damos por primogénitos en el Nuevo Pueblo de Dios. El mismo Concilio Vaticano II definió la Iglesia como “Pueblo de Dios” pero, a la vez, confirmó su estructura institucional piramidal. Podemos dar gracias a Dios por los dos milenios en que la Institución católica tuvo unas primacías estadísticas, organizacionales, teológicas, santificadoras, caritativas…sin embargo su decadencia actual ultraja Dios por una decadencia sorpresiva. No fueron vicios personales (que se pueden corregir) sino ha sido el resultado de una culpabilidad general del pueblo entero de Dios. Es esta que merece la queja divina profetizado por Miqueas. Somos pretenciosos, nuestra superioridad nos deja fuera del Consejo mundial de las religiones que ignoramos en la práctica. Hemos recibido más que otras iglesias el impacto de la secularización de la sociedad, la sociedad civil nos cuestiona el autoritarismo institucional, el clasismo, el machismo, el moralismo ciego…

Al interior de la Iglesia deberíamos preguntarnos si nuestra teología no quedó en un dogmatismo inexplicable, si el laicado no es capturado por los ministerios litúrgicos, si no existe un exceso de devociones secundarias… No se pueden callar los cuestionamientos de este tipo porque se trata de la honra de Dios. Son dolorosos pero necesarios sobre todo cuando nos sacudan de nuestra cómoda religiosidad personal. Si nuestra fe es la fe del Pueblo de Dios, sepamos recibir los reproches de Dios que merecemos. Somos convencidos que nuestro Dios, a pesar de todo, nos ama, es nuestro Salvador.

Más consciente, después de este Viernes Santo, celebraremos la Pascua, la Victoria de Cristo.

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