Trump y el conservadurismo religioso / Alvaro Ramis
Se ha escrito mucho sobre la “paradoja” de que el conservadurismo religioso respalde a Donald Trump y líderes similares. Se nos dice que no es hipocresía, sino una “arquitectura de racionalización elaborada”. Permítanme disentir: es exactamente hipocresía, y cuanto más la disfrazamos de teología sofisticada, más ofendemos la inteligencia de los creyentes y la coherencia del Evangelio.
Sobre el “instrumento imperfecto de Dios”
El argumento del rey Ciro es el favorito de los apologetas trumpistas. Y es, teológicamente hablando, un disparate de proporciones bíblicas.
Cierto: Dios usó a Ciro, un rey pagano, para liberar a Israel del exilio. Pero lo que los Franklin Graham y Paula White de este mundo omiten convenientemente es *cómo* la Escritura presenta a Ciro: como alguien que *cumple la voluntad divina sin saberlo*, no como un modelo a imitar ni como un ungido al que hay que aplaudir en todo. Más importante aún: el mismo Dios que usa instrumentos imperfectos también los juzga. Amós 3:2 es claro: “A vosotros solamente os he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras iniquidades”.
La doctrina del instrumento imperfecto se convierte así en una coartada: se invoca para excusar lo inexcusable. Si Trump mintió, si Trump aduló, si Trump violó mandamientos elementales —no dar falso testimonio, no cometer adulterio, amar al prójimo—, nada de eso importa porque “Dios lo usa”. Pero esa lógica, llevada a su extremo, justificaría cualquier abuso. ¿Hasta dónde llega la imperfección admisible? ¿Dónde está el límite? Para el trumpismo religioso, parece que no hay límite. Y eso no es teología; es servilismo.
Sobre la política de causas únicas
El argumento del aborto como prioridad absoluta suena contundente: Trump dio jueces que tumbaron Roe v. Wade. Misión cumplida. Todo lo demás es secundario.
Pero este cálculo es éticamente miope y pastoralmente devastador. Porque la misma lógica que prioriza el aborto como “la causa” termina sacrificando todo el resto del tejido moral cristiano: la defensa del migrante, la opción preferencial por los pobres, el cuidado de la creación, la misericordia con el encarcelado, la verdad como valor público.
Jesús fue bastante explícito en Mateo 25: “Tuve hambre y me disteis de comer, estuve enfermo y me visitasteis, fui forastero y me acogisteis”. No dijo: “Priorizad un solo tema moral y desentendeos del resto”. La doctrina social de la Iglesia —tanto católica como evangélica— es integral o no es. Reducir la fe a un único ítem de agenda política es, en el mejor de los casos, una simplificación burda; en el peor, una idolatría de causas por encima del Dios vivo.
Además, el argumento es tácticamente miope: Trump cumplió en los jueces, cierto. Pero ¿y después? El movimiento provida necesita más que sentencias judiciales; necesita políticas de apoyo a la maternidad, reducción de embarazos no deseados, fortalecimiento de redes de acogida. En esas áreas, el trumpismo ha sido, como mínimo, desatento. Pero eso no importa, porque la “causa única” ya se cumplió. Y una vez cumplida, ¿qué excusa queda?
Sobre el tribalismo cultural y la “guerra civilizacional”
Aquí llegamos al núcleo del problema: la fe se ha convertido en una etiqueta tribal más que en un camino de conversión. La narrativa de “guerra cultural contra el cristianismo” es real en algunos aspectos, pero ha sido inflada hasta convertirse en un paraguas que justifica cualquier alianza, por tóxica que sea.
El problema no es que exista una hostilidad secular hacia la fe. El problema es que muchos conservadores religiosos han decidido que *cualquier* adversario de esa hostilidad secular es automáticamente un aliado, sin examinar su carácter. Es la lógica de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, y ha llevado a abrazar a un hombre que, fuera del contexto político, ninguno de estos creyentes querría como yerno, vecino o pastor.
Pero hay algo más profundo: este tribalismo invierte la ética cristiana. El cristianismo primitivo no sobrevivió porque se alió con los poderosos para combatir al mundo; sobrevivió porque fue fiel a sus principios en medio de un mundo hostil. La estrategia trumpista es exactamente la contraria: abrazar al poder mundano para que nos defienda. Eso no es resistencia cultural; es claudicación disfrazada de valentía.
Sobre la apropiación del lenguaje sagrado
Trump colonizando el vocabulario religioso es, quizás, lo más grotesco del espectáculo. Un hombre que no puede citar un versículo bíblico, que ha dicho que nunca ha pedido perdón a Dios, que se presenta a sí mismo como su propia fuente de redención -“solo yo puedo arreglarlo”-, posando con túnicas bíblicas y manos imponentes.
Esto no es “resonancia cultural”; es blasfemia de manual. Y lo preocupante no es que Trump lo haga -él es quien es-, sino que haya creyentes que lo reciban como “confirmación” en lugar de como lo que es: una parodia del poder sagrado.
Jesús fue tentado en el desierto con el poder político: “Todo esto te daré si postrado me adoras”. Trump no ofrece adoración a Dios; ofrece adoración a sí mismo. Y hay feligreses enteros que han cambiado un reino que no es de este mundo por un reino que, literalmente, tiene su nombre en letras doradas en edificios de Manhattan.
Sobre la fractura entre jerarquía y feligresía
Es cierto: muchos creyentes ya no escuchan a sus obispos o pastores. Prefieren a sus líderes políticos. Y eso no es un dato menor; es un diagnóstico de una crisis eclesial profunda.
Pero señalar esta fractura no es un argumento a favor del trumpismo religioso; es una acusación contra él. ¿Desde cuándo el cristiano está llamado a desobedecer a sus pastores cuando estos le recuerdan incómodamente el Evangelio? Pablo fue claro: “Obedeced a vuestros pastores”. No es un mandato absoluto -hay que discernir-, pero tampoco se puede descartar a la jerarquía entera porque nos pide cosas que no encajan con nuestro partidismo.
El problema no es que la jerarquía “no entienda” a la base. El problema es que la base ha decidido que su identidad política está por encima de su identidad bautismal. Y eso no es madurez laical; es cisma de facto.
Sobre los obispos conservadores como correa de transmisión
Que haya obispos que legitimen a Trump no es una justificación teológica; es la prueba de que el virus del tribalismo ha infectado también a las cúpulas eclesiales. Existen obispos que han antepuesto su agenda cultural a su ministerio profético. Eso no es novedad: siempre ha habido clero que prefiere agradar a los poderosos antes que anunciar el Evangelio incómodo.
Pero no porque algunos obispos bendigan al César significa que los creyentes deban seguirlos. La historia de la Iglesia está llena de obispos que se equivocaron y de fieles que supieron decir “no” a sus pastores cuando estos traicionaban el depósito de la fe. El problema es que aquí se invoca la autoridad episcopal solo cuando conviene, y se la ignora cuando molesta.
Sobre el antimodernismo como vínculo ideológico
Comparto el diagnóstico de que la modernidad liberal tiene aspectos profundamente problemáticos: un individualismo radical, una cosificación del cuerpo humano, un relativismo moral que disuelve la verdad. Pero el antimodernismo trumpista no es una respuesta cristiana a esos males; es su caricatura.
Porque el antimodernismo cristiano auténtico no se construye sobre la mentira, la grosería, la violencia retórica o el culto a la personalidad. El antimodernismo de los profetas de Israel no era: “seamos rudos como los paganos para vencer a los paganos”. Era: “sed santos, porque yo soy santo”. La diferencia es abismal.
JD Vance y otros han construido un catolicismo de postureo, más preocupado por ganar discusiones en Twitter que por lavar los pies de los pobres. Eso no es antimodernismo; es modernismo disfrazado de tradición. El verdadero tradicionalismo cristiano nunca confunde la asertividad agresiva con la fortaleza moral.
Sobre el miedo y la disonancia cognitiva
El miedo es un mal consejero, y la disonancia cognitiva es real. Pero no podemos quedarnos en describirla; hay que señalar que la salida cristiana a la disonancia no es descalificar al Papa o al obispo que incomoda; es examinarse a uno mismo.
Si el Evangelio y mi opción política entran en contradicción, la pregunta no es “¿cómo deslegitimo al Evangelio?” sino “¿cómo reviso mi política?”. Eso es conversión. Eso es metanoia. El resto son racionalizaciones para no tener que cambiar.
Conclusión
No, no es una “arquitectura de racionalización elaborada”. Es, más bien, una serie de coartadas que los cristianos conservadores se han fabricado para no tener que admitir lo que todos ven: que han cambiado su primogenitura por un plato de lentejas políticas.
La religión como marcador identitario siempre termina corrompiendo la religión como sistema ético. Y cuando la fe se reduce a un arma cultural, cualquier líder que prometa defender “nuestro territorio” es bienvenido, sin importar su podredumbre moral.
Pero los cristianos estamos llamados a más. Estamos llamados a decir la verdad, incluso cuando duele. A no doblegarnos ante el poder mundano. A recordar que nuestro reino no es de este mundo, y que ningún político -por más jueces que nombre- es el Mesías.
Trump entendió la lógica del tribalismo religioso. La pregunta es: ¿por qué los cristianos no entendieron la lógica del Evangelio?
Álvaro Ramis – Santiago de Chile