Mayo 18, 2026

Cardenal Pizzaballa: La vida derrota a la muerte

 Cardenal Pizzaballa: La vida derrota a la muerte

Presentamos la Introducción de la Carta pastoral del Patriarca Latino de Jerusalén; cardenal Pierbattista Pizzaballa, que reflexiona con ‘fatiga y sufrimiento‘ sobre la situación bélica y el quehacer de la Iglesia en Tierra Santa: ‘En medio de la desolación, las comunidades cristianas siguen siendo un signo tangible de esperanza y de valientes experiencias de vitalidad y fraternidad, gracias también a la constante cercanía espiritual y activa de la Iglesia universal’.

“Volvieron a Jerusalén con gran alegría” 

Una propuesta para vivir la vocación de la Iglesia en Tierra Santa 

Queridos hermanos, 

¡Que el Señor os dé la paz! 

En estos años de ministerio pastoral me he dirigido a vosotros, a nuestra amada Iglesia de Jerusalén, de diversas maneras: a través de las homilías, de algunas breves cartas y, sobre todo, durante las visitas pastorales. Han sido precisamente estas últimas los momentos de encuentro y de intercambio con las comunidades que han marcado la vida de la Iglesia local y también la mía propia. Me han permitido conocer más de cerca nuestra diócesis y dar expresión concreta a esa unidad entre el pastor y la comunidad que es la base de la vida eclesial. 

En estos últimos años, sin embargo, la enésima y trágica guerra en la que nos hemos visto sumidos – con sus consecuencias sobre la vida de todos nosotros – nos ha obligado a replantear formas y tiempos de nuestro ministerio, el cual he intentado proseguir en la medida de lo posible. El tiempo dramático que estamos viviendo nos ha visto a todos involucrados en el servicio a los pobres, en la denuncia de las injusticias, en la presencia en el territorio y, sobre todo, en la oración, en la escucha de la Palabra de Dios, buscando unidad y verdad en nuestro estar ante Él y ante cada hermano y hermana. 

A la luz de lo que está sucediendo – y por el peso que estos acontecimientos han tenido y tendrán sobre la vida de nuestra Iglesia – siento ahora la necesidad de ofrecer una palabra más articulada y una reflexión más completa y, por ello, excepcionalmente, también más larga. Esta Carta, por tanto, no nace para una lectura rápida o parcial, ni para ser utilizada como un texto de análisis político. Debe leerse poco a poco, como instrumento de discernimiento, y está pensada también para promover el diálogo y la reflexión dentro de nuestros contextos eclesiales, de nuestras comunidades, en los monasterios y en las familias. Su propósito no es ofrecer respuestas inmediatas o soluciones técnicas, sino ayudar a cada uno a interrogarse sobre cómo vivir hoy la fe cristiana en esta Tierra a la luz del Evangelio. 

Me resulta difícil limitarme a las habituales declaraciones de compromiso, que a menudo se suceden casi idénticas unas a otras. Siento con una urgencia aún mayor la necesidad de palabras verdaderas y significativas para nosotros. El sufrimiento de este tiempo, de hecho, no permite limitarse a discursos edulcorados y abstractos – y por ello no creíbles – ni nos permite detenernos en los enésimos análisis o denuncias. 

Estas cuestiones ya se han hecho en más de una ocasión, y sobre esto ya hemos dicho bastante, con palabras y con gestos. Los análisis y las denuncias siguen siendo necesarios – no podemos eximirnos de expresarlos – , pero no serán ellos los que nos abran horizontes de confianza. Quizás encuentren eco también fuera de nuestra comunidad en cualquiera que se identifique con nuestras valoraciones. Sin embargo, estos deben ir acompañados de la pregunta sobre qué nos pide el Señor en este momento, e interrogarnos sobre cómo dar expresión vivida a nuestra fe en este contexto difícil. Es la pregunta que desde hace tiempo acompaña mi ministerio de pastor: ¿cómo estar como cristianos, en cuanto asamblea eclesial, dentro de esta situación de conflicto – político, militar, espiritual – que sabemos que durará aún muchos años? Este conflicto es ya parte integrante de la vida eclesial, de la existencia ordinaria de cada uno de nosotros. Lamentablemente, ya es parte de la cultura de esta Tierra. No es, por tanto, un momento que superar, sino el lugar en el que nuestra Iglesia está llamada a poner en marcha su misión específica de comunidad de creyentes en Cristo. En esta Tierra donde las fronteras identitarias están tan fuertemente marcadas, nuestro ser cristianos debe convertirse en testimonio de un modo particular de vivir, incluso dentro de la contienda, y debe hallar una expresión visible y reconocible en lo que decimos y hacemos. Estamos llamados a ofrecer una interpretación del tiempo actual según una perspectiva cristiana que nos distinga de modo claro y reconocible. 

Con la presente Carta deseo intentar responder a esta pregunta. Es el fruto laborioso y sufrido – como lo es todo intento de síntesis espiritual – de mi reflexión y oración, y de lo que he madurado en este tiempo. No es, obviamente, una síntesis perfecta. Debe entenderse más bien como una propuesta inicial de reflexión que deberá ciertamente madurar, perfeccionarse y completarse en el tiempo, sobre todo a través del diálogo, incluso dialéctico si es necesario, con cualquiera que quiera aventurarse en este intento de síntesis y en esta lectura. Siempre que uno esté movido por el sincero deseo de buscar la voluntad de Dios para cada uno de nosotros. Recojo aquí, de manera más sistemática y ordenada, lo que en parte ya he presentado en estos últimos años en diversas ocasiones. 

El icono bíblico en torno al cual girará mi reflexión es la ciudad, y en particular la ciudad de Jerusalén. La imagen de la ciudad es común y nos es familiar. Indica la convivencia, la relación, civil y religiosa. Pero no nos detendremos en la idea genérica de ciudad, sino en Jerusalén como modelo de referencia ideal, recurriendo a algunos pasajes de las Escrituras. Nosotros somos la Iglesia de Jerusalén, y la Ciudad Santa es el corazón no solo geográfico, sino también espiritual de nuestra comunidad eclesial. Es el Lugar que custodia el corazón de nuestra fe – la Redención – y es por ello también el lugar geográfico y espiritual que custodia la identidad de nuestra Iglesia, el centro al que volver para encontrar la inspiración necesaria en este tiempo. Nuestra Iglesia tiene un rostro multiforme, expresión de la riqueza de sus ritos y de sus tradiciones. Desde sus orígenes hasta hoy es, por esencia, plural, dado que Jerusalén es madre de todos los pueblos. Por otra parte, desde hace muchos siglos tiene una configuración muy clara: es una Iglesia inmersa predominantemente en un contexto árabe. Nuestra mirada sobre los acontecimientos que estamos viviendo, por tanto, parte de esta Iglesia, extendida por su vasto territorio. Es una mirada que, precisamente por estar arraigada en esta tierra, aspira sin embargo a abrazar e incluir a todos sus habitantes. 

De hecho, en la Ciudad Santa cada comunidad particular puede reconocerse: desde la parroquia más pequeña de Jordania hasta la más numerosa, desde las vivaces comunidades de Chipre hasta los fieles de expresión hebrea en Israel, desde las parroquias marcadas por las dificultades en Palestina hasta aquellas presentes y arraigadas en Israel, hasta los migrantes, los solicitantes de asilo y todas las demás diversas realidades de nuestra Diócesis. Jerusalén es el modelo espiritual que unifica nuestra Iglesia, distribuida en territorios y situaciones políticas tan diversas. 

La Carta está estructurada en tres partes: la primera comienza con mi valoración del actual estado de desorden. Antes de hablar de ideales, es necesario anclarse firmemente en la realidad tal como es, reconociendo sin embargo en ella la presencia operante de Dios. 

En la segunda parte, me gustaría compartir una visión para nuestra comunidad, inspirada y anclada en las Escrituras, con una conexión precisa con Jerusalén.  

La tercera parte tratará de traducir esa misma visión en implicaciones pastorales para nuestra comunidad eclesial, abordando las actividades de nuestras parroquias, las familias, las escuelas y las instituciones.  

Como ya he dicho, se trata de una Carta ante todo de carácter pastoral: no contendrá consideraciones ni análisis de carácter puramente político. Es ‘política’ solo en un sentido más amplio, en cuanto concierne a nuestro permanecer, como cristianos, en la polis, es decir, en nuestro mundo real y en nuestra ciudad de Jerusalén, aunque siempre orientados a la verdadera y definitiva Polis, la Jerusalén celestial. 

Patriarcado Latino de Jerusalén

Editor