Noviembre 29, 2025

Adviento o el coraje de esperar

 Adviento o el coraje de esperar

Nos enseñaron a consumir y se nos olvidó esperar

La Herida Primordial. Desde el primer llanto que reclama el pecho de la madre hasta el último suspiro que se aferra a la vida, el ser humano es una criatura siempre prendida de un anhelo. El niño espera el regreso de sus padres, el joven sueña con un amor, el adulto anhela seguridad y legado, y el anciano, paz y seguridad.

Este latido no es solo individual; es social, colectivo, planetario. Los pueblos empobrecidos esperan prosperidad y las naciones desarrolladas, a menudo, añoran un sentido perdido en medio de la abundancia. Es la condición humana fundamental: un hueco en el pecho, una herida abierta hacia el futuro, un “todavía no” que da sentido –y a la vez desgarro– al “ahora”.

Y en este coro universal de expectativas, las religiones articulan, canalizan y dan nombre a este anhelo. El cristianismo lo nombra con una palabra precisa: Adviento. Un tiempo que, lejos de ser mera nostalgia por un futuro lejano, es la tensión dramática y gozosa de una promesa que, afirma, ya ha irrumpido en la historia y desenmascara todas las esperanzas menores.

Arquitectura del Anhelo: Una Espera Ancestral
Antropológicamente, no podemos entendernos sin este impulso hacia adelante. El ser humano es un «proyecto inacabado» que se construye en la anticipación. El médico e historiador Pedro Laín Entralgo, en su importante obra La Espera y la Esperanza, define esta condición con una frase rotunda que resuena en cada ámbito de la existencia humana: «Vivir es saber que se espera; es, estrictamente, ser espera» (p. 17). Esta espera no es pasiva; es activa, es la energía que impulsa la cultura, el arte, la ciencia y la construcción de sociedades.

El teólogo y filósofo brasileño Leonardo Boff lo complementa así: «El ser humano es un ser de horizontes. No vive apenas de pan, sino de sentidos que lo orienten y de esperanzas que lo mantengan en marcha» (El cuidado esencial, p. 89).

Mircea Eliade, el gran historiador de las religiones, mostraba cómo incluso las sociedades arcaicas vivían en una espera constante de la regeneración del cosmos a través de sus ritos. Esperaban la repetición del acto creador primordial. Esta estructura de la espera se ha trasladado, en la modernidad, a la esperanza en el progreso, en la revolución o en la utopía tecnológica. Como señala el sociólogo Zygmunt Bauman, vivimos en una «modernidad líquida» donde «la felicidad es la certeza de no sentirse satisfecho, es la esperanza de desear más, no la realización del deseo» (Vida líquida, p. 45). El anhelo es el motor, pero también puede convertirse en una cárcel si no encuentra un objeto verdadero en el que reposar.

Geografías de la Esperanza: Pobres, Ricos y el Sueño del Reino
Socialmente, esta espera se fractura en mil expectativas diferentes, a menudo contradictorias. Para los pobres, la esperanza suele tener unos nombres concretos: pan, techo, trabajo, dignidad. Es una esperanza tangible y urgente. Para las clases medias, puede ser la movilidad social, la educación de los hijos, el final de una hipoteca. Para los ricos, a veces, la esperanza se vuelve abstracta: perpetuar un legado, encontrar un sentido que el capital no puede comprar.

Jürgen Moltmann, teólogo de la esperanza, insiste en que la verdadera esperanza cristiana no es un opio que adormece, sino un desafío que despierta y moviliza. «La esperanza», escribe, «no es el ‘ya’ de la experiencia, ni el ‘todavía no’ de la escatología. Es el modo de existir en esta tensión» (Teología de la esperanza, p. 32). El Adviento, por fin, no mira solo al cielo; interpela a la tierra.

Anuncia un Reino que viene y que, por ello, juzga y transforma todos los reinos de este mundo. La espera del Mesías era, para el pueblo de Israel oprimido, una esperanza política y de liberación total. El Evangelio de Lucas recoge este anhelo en el canto de María: «Derriba a los potentados de sus tronos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1:52-53). La esperanza bíblica es profundamente subversiva.

El Adviento: La Paradoja del «Ya» y el «Todavía No»
Y es aquí donde el cristianismo introduce su nota distintiva y paradójica. El Adviento no es simplemente la espera de un evento futuro. Es la celebración de una llegada ya acontecida, cuya plenitud aún aguardamos. Es la tensión de vivir entre la memoria de un nacimiento en Belén y la expectativa de una venida gloriosa. El teólogo Joseph Ratzinger lo explicaba con precisión: «El Adviento es el tiempo del presente: es el tiempo de la fe, que posee ya la realidad prometida, pero que la posee aún como prenda, no como plena posesión» (El Espíritu de la Liturgia, p. 121).

Esta espera no es, por tanto, vacía. Está llena de presencia. El Evangelio de Juan pone en boca de Jesús la clave de esta paradoja: «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16:33). El «yo he vencido» (un hecho consumado) convive con la «aflicción en el mundo» (una realidad presente). El Adviento nos enseña a esperar de una manera nueva: no con la ansiedad de quien no tiene nada, sino con la confianza de quien, teniendo la primera cuota y la promesa firme, aguarda la herencia completa.

Esta espera activa se manifiesta, entre otras, en la parábola de las diez vírgenes (Mt 25:1-13). Todas esperan al novio, pero la sabiduría consiste en mantenerse vigilantes, con las lámparas encendidas y con aceite de reserva. No es una espera ociosa, sino una preparación activa, una vida orientada por la promesa. Es la «esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5:5).

Epílogo: la Brújula en un Mundo de Distracciones
Al final del viaje, desde la añoranza infantil hasta la espera escatológica, descubrimos que la esperanza es el verdadero órgano de percepción de la realidad. Es el mapa que nos señala un destino y la brújula que nos mantiene la ruta en medio del bosque. Si, como sentenció Laín Entralgo, vivir es estrictamente «ser espera», entonces el Adviento cristiano revela el objeto último de ese ser. Las geografías sociales de la esperanza –el hambriento que sueña con pan, el solitario que anhela comunidad– son ecos, a veces desgarrados, de una misma y profunda sed de plenitud.

El Adviento cristiano –que es, a la vez, adventus y adveniens– no resuelve mágicamente estas esperas, sino que les da un nombre y un rostro: el de un Dios que entra en la historia para compartir nuestra espera desde dentro. No ofrece un escape del tiempo, sino la clave para vivirlo con sentido. Como escribió el poeta T.S. Eliot en Cuatro cuartetos: «No dejaremos de explorar / Y el fin de toda nuestra exploración / Será llegar al lugar del que partimos / Y conocerlo por primera vez».

La gran esperanza no nos lleva a un futuro desconocido, sino que nos devuelve, enriquecidos, al hogar del que nunca debimos salir. Y en ese viaje, cada anhelo humano encuentra, por fin, su respuesta. El Adviento es la denuncia de la mentira del instante gratificante y la revelación de que la verdadera espera, la que ya ha sido saciada en su fundamento, es la que nos libera para amar y actuar en el presente.

Evaristo Villar / Redes Cristianas – Madrid

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