Enero 16, 2026

¿’Llegó la hora’?

 ¿’Llegó la hora’?

‘Reconozcan el momento en el que viven, que ya es hora de despertar del sueño…’  (Rom 13,11).

Han transcurrido más de cincuenta años desde el Pontificado de Juan XXIII quien exhortó a la Iglesia a reconocer que uno de los más importantes signos de los tiempos era la presencia de la mujer en la vida pública.

Escribió en su Encíclica que “la mujer ha adquirido una conciencia cada día más clara de su propia dignidad humana. Por ello no tolera que se la trate como una cosa inanimada o un mero instrumento”. El Concilio Vaticano II después afirmaría que la Iglesia tenía que reconocer que: “Las mujeres ya actúan en casi todos los campos de la vida, pero es conveniente que puedan asumir con plenitud su papel según su propia naturaleza. Todos deben contribuir a que se reconozca y promueva la propia y necesaria participación de la mujer en la vida cultural”.

Necesitamos un examen de conciencia como Iglesia. Llegó la hora de rendir cuentas sobre el escrutinio de este signo de los tiempos. Cierto, que la implementación de cualquier Concilio lleva años, pero en otros espacios hemos logrado más terreno como Iglesia: en lo litúrgico, en muchos temas de la Doctrina Social de la Iglesia; ¿por qué en el tema de la mujer, no?

¿Qué ofrecemos a la siguiente generación de mujeres?

Por más de cincuenta años hemos sabido que la dignidad humana de la mujer es un signo de los tiempos, y sin embargo dentro de la propia Iglesia no hemos reconocido los dones, la entrega y el lugar de la mujer. Claro que siempre hay honrosas excepciones, pero no dejan de ser excepciones. Por más de cincuenta años hemos hablado de la participación en la cultura, y todavía es una lucha que las mujeres participen en los organismos y las decisiones que afectan a su vida en la Iglesia.

Podríamos reclamar que sin una participación más activa de la mujer en los sínodos, la sinodalidad sigue teñida de patriarcado, y será cada vez más estéril. Por estar defendiendo el tema de la ordenación sacerdotal con una postura ontológica medieval y teologías arcaicas, se están pasando momentos esenciales. Se están pasando los momentos de abrir la sinodalidad en todos los niveles a mayor injerencia y dirección de las mujeres, los momentos de promover sus dones y talentos en todos los espacios de la vida eclesial.

Cómo es posible, que si la Iglesia misma reconoció que la participación de la mujer en la vida pública era un signo de los tiempos, se hayan perdido más de dos generaciones esperando cambios y que apenas en el ´los últimos años demos pasos de significación.

La Iglesia Católica no es la única que ofrece resultados pobres después de cincuenta años de esfuerzos para integrar los dones de la mujer en la vida pública. En diferentes sectores se aprecia un “estancamiento” que necesitaríamos evaluar. Hablamos del genio femenino, sin embargo, no lo aprovechamos en toda su capacidad, en ningún sector.

Las mujeres en la Iglesia hemos cuidado el “modo”. Aún en los espacios más concientizados de la dignidad de la mujer, hemos cuidado el modo. Ningún sector de la Iglesia se tomó más en serio la puesta en práctica del Concilio Vaticano II. La vida consagrada se dio a la tarea de estudiar los documentos del Concilio, de prepararse en Teología y Sagrada Escritura, de buscar las formas de autoridad y de liturgia para abrir las ventanas y dejar entrar los aires del Espíritu. Reclamaron espacios en la vida pública de la Iglesia, estudiaron derecho canónico, postularon para puestos en las estructuras diocesanas, han sido consultoras, escritoras, maestras de espiritualidad. Pero, lamentablemente una buena parte de la jerarquía en lugar de descubrir el potencial de estos dones se sintió amenazada.

La Palabra con Esperanza queda…

Jesús reprime a los discípulos: “Todavía están dormidos”. Hoy nos dice lo mismo. ¿Cómo es posible que todavía estén dormidos? Tantos diálogos, documentos, encíclicas. Las palabras están escritas, los pronunciamientos hechos. No logramos dar los pasos decisivos para reconocer que “llegó la hora”.

 Las mujeres más activas en la Iglesia desde las catequistas, maestras, religiosas, ministras extraordinarias de la Eucaristía, responsables de la pastoral juvenil o del coro, todas, casi sin excepción tarde que temprano tienen una experiencia denigrante. ¡Cuántas veces más tendré que escucha; “me dijo que él es el cura”, “a nosotras no nos toca subir al altar”, “aquí manda el obispo”! Ahora con el destape de la cloaca de abusos y encumbramientos en nuestra Iglesia la situación es más crítica.

Llegó la hora de otro testimonio, de levantar la voz con más claridad, de sumar esfuerzos a un nivel diferente. América Latina puede aprender mucho de la experiencia de las religiosas en  los Estados Unidos, tanto de sus aciertos como de sus errores. Las mujeres en esta Iglesia han logrado mucho, pero todavía falta. Han equilibrado el modo y el momento, interpelando, declarándose, desafiando, pero también reconociéndose siempre hijas de la Iglesia.

Sin embargo, no ha sido suficiente. Las jóvenes no están optando por nuestra Iglesia, no les habla a su experiencia como mujeres del siglo XXI, no se reconocen en estas estructuras que no han logrado integrar el importante aporte de la mujer adecuadamente.

Lamento con mis hermanas, que se perderá esa experiencia de Jesucristo en nuestras comunidades; lamento que por andamiar estructuras patriarcales que necesitan terminar, las generaciones futuras no van a encontrar el consuelo de nuestra vida sacramental y de nuestra espiritualidad.

 Lamento que por no hacer lo nuestro, las generaciones de mujeres que vienen no descubrirán como la Samaritana, o Marta o María Magdalena al rostro de Jesús liberador, cercano, a la escucha.

Lamento que, sin este encuentro profundo a un lado del pozo, no beberán del agua que quita la sed profunda, que le da sentido a la vida. ¡Todo por cuidar el modo!

Hna. Teresa Maya, CCVI / Los Angeles – California

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