|Domingo, Octubre 17, 2021
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Francisco: «El cristiano debe dar luz, y la batería es la oración» 

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Cuidado. No hay que convertirse en «sal insípida». Hay que ser y «dar luz» para los demás, y, para lograrlo, «la batería es la oración». Pero hay que vencer la tentación de la «espiritualidad del espejo», que nos lleva a estar más ocupados iluminándonos a nosotros mismos en lugar de iluminar al prójimo con la fe. «Puedes hacer muchas cosas grandes por la Iglesia (una universidad católica, un colegio, un hospital…) y también te harán un monumento de benefactor, pero si no rezas todo eso será un poco oscuro o sombrío»: lo afirmó esta mañana Papa Francisco durante la homilía de la misa matutina en la capilla de la Casa Santa Marta, según indicó la Radio Vaticana.

Las dos palabras claves de su homilía de hoy fueron «sal»y «luz».  Al comentar el Evangelio del día el Santo Padre recordó que Jesús siempre habla con «con palabras fáciles, con comparaciones fáciles, para que todos puedan comprender el mensaje». De ahí la definición del cristiano, que debe ser luz y sal. Pero ninguna de las dos cosas, observó Francisco, es para sí misma: «La luz es para iluminar al otro, y la sal para dar sabor y conservar al otro».

¿Pero cómo puede el cristiano entonces hacer que la sal y la luz no se desvirtúen —se preguntó el Pontífice— es decir, hacer que no se termine el aceite para encender las lámparas?

«¿Cuál es la batería del cristiano para dar luz? Sencillamente la oración. Tú puedes hacer tantas cosas, tantas obras, incluso obras de misericordia, puedes hacer tantas cosas grandes por la Iglesia (una universidad católica, un colegio, un hospital…) hasta te harán un monumento como benefactor de la Iglesia, pero si no rezas, todo eso será un poco oscuro o sombrío. Cuantas obras se vuelven oscuras por falta de luz, por falta de oración. Lo que mantiene, lo que da vida a la luz cristiana, lo que ilumina, es la oración».

La oración «verdadera», dijo el Papa, «la oración de adoración al Padre, de alabanza a la Trinidad, la oración de agradecimiento y también la oración que pide cosas al Señor, pero la oración del corazón».

Se trata del «aceite», dijo Francisco, de la «batería que da vida a la luz». Y agregó que la sal no da sabor a sí misma: «La sal se vuelve sal cuando se da. Y ésta es otra actitud del cristiano: darse; sazonar la vida de los demás, sazonar tantas cosas con el mensaje del Evangelio. Darse. No conservarse a sí mismo. La sal no es para el cristiano, es para darla. El cristiano la tiene para darla, es sal para darse, pero no es para sí mismo. Ambas –  es curioso esto –, luz y sal, son para los demás, no para sí mismas. La luz no se ilumina a sí misma; la sal no se sazona a sí misma».

Claro, observó el Obispo de Roma, cabe preguntarse hasta cuándo podrían durar la sal y la luz si seguimos dándolas sin cesar. La respuesta de Francisco fue que «aquí entra la fuerza de Dios, porque el cristiano es sal donada por Dios en el Bautismo», es «una cosa que te es dada como un don, y sigue siéndote dada como don si tú sigues dándola, iluminando y dando. Y jamás termina».

Según la Primera Lectura esto es precisamente lo que sucede a la viuda de Sarepta que confía en el profeta Elías y así su harina y el aceite jamás se agotan. De ahí que el Papa haya dirigido un pensamiento a la vida presente del cristiano.

«Ilumina con tu luz, pero defiéndete de la tentación de iluminarte a ti mismo —explicó. Ésta es una cosa fea, es un poco la espiritualidad del espejo: me ilumino a mí mismo. Defiéndete de la tentación de curarte a ti mismo. Se luz para iluminar, se sal para sazonar y conservar».

La sal y la luz, reafirmó Papa Bergoglio al concluir su homilía, «no son para sí mismas», son para darlas a los demás «en obras buenas».

Para que así, exhortó, «resplandezca su luz ante los hombres. ¿Para qué? Para que vean sus obras buenas y den gloria a su Padre que está en los cielos. Es decir, volver a Aquel que te ha dado la luz y te ha dado la sal». «Que el Señor nos ayude en esto  —pidió el Papa— a estar atentos siempre a la luz, a no esconderla, sino a ponerla en lo alto». Y a la sal, «a dar lo justo, aquello que es necesario, pero darla», porque así aumenta. «Son estas —concluyó— las buenas obras del cristiano».

Domenico Agasso  –  Ciudad del Vaticano

Vatican Insider  –  Reflexión y Liberación

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