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Iglesia e Iglesia / Gabriel Otarola 

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Desde que saltaron a la luz pública los casos de corrupción a gran escala, primero los casos de tipo financiero (Calvi, Marzinkus…) y más tarde, los de pederastia, la institución eclesial ha estado inmersa en un torbellino en el que Francisco está poniendo todo lo que puede para que sus filas retomen la senda correcta.

Si lo miramos con perspectiva, la historia eclesial ha estado salpicada de casos parecidos y aun peores; no hay más que revisar por encima la historia de los Papas… Es la condición humana la que se muestra tal cual es, con sus grandezas y heroísmos santos, y sus miserias, demasiadas veces abominables.

Lo que traigo hoy a este punto de encuentro es el recordatorio de que, una vez aceptado lo anterior, es necesario recordar que una cosa es la Iglesia institución, de creación humana para el buen gobierno de la gran familia católica, y otra, la Iglesia Pueblo de Dios, frente a la que “las puertas del inferno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). No son lo mismo aunque la simbiosis que existe en la práctica lo parezca. Las normas eclesiales, los usos litúrgicos, las costumbres humanas de unos siglos u otros son temporales frente a la atemporalidad del mensaje de Cristo. Aquellas deberían ayududar a este en cada tiempo y lugar, y muchas veces así ha sido.

Pero la estructura vaticana actual, con su Estado, sus inmunidades diplomáticas, la curia con los cardenales y toda esta superestructura de poder material arraigada desde hace tantos siglos, no creo que sea la Iglesia a la que Jesús de Nazaret le otorgaba inmunidad ante las fuerzas del mal en la historia. Desgraciadamente, la condición humana en su peor versión eclesial, se ha presentado demasiadas veces como bandera del bien cuando las prácticas de sus representantes eran verdaderas fuerzas del mal en sí mismas. ¡Cuántos latrocinios han sido bendecidos y ejecutados en nombre de Dios!

La “otra” Iglesia es Pueblo de Dios, koinonía, comunidad (común unión) en la fe, la esperanza y sobre todo en el amor. Claro que la Iglesia tiene un carácter histórico y escatológico, como lo tuvo “la iglesia” pueblo de Dios sacado de Egipto camino de la Tierra Prometida. Una iglesia en la que todos tenemos la función profética, una Iglesia surgida del designio salvífico de Dios que debe adoptar figuras y esquemas sociales hasta llegar a la Iglesia local. Y cuando la miseria humana enfanga el mensaje del Reino, no es de recibo proteger a la Iglesia institución (necesaria, pero pura estructura de funcionamiento), con la Alianza y la misión encomendada como comunidad en la fe.

Y desgraciadamente, Francisco se está encontrando en su titánico papel con muchas resistencias (por decirlo suavemente)al grito de que está poco menos que horadando los cimientos de la Iglesia. No quieren diferenciar la Iglesia del Espíritu Santo a la que estamos invitados a embarcarnos, de la Iglesia mundana cuya realidad actual no es la mejor para trabajar la Misión del Reino. Incluso la Iglesia histórica, tiene el referente de los primeros siglos a los que parece que miramos muy poquito, no sea que tengamos que cuestionar tanto rango palaciego, poder mundano, y modales poco evangélicos que impiden visualizar con nitidez a la Iglesia querida por Dios. En Roma, claro, pero también en nuestras comunidades cristianas.

Gabriel Otarola

www.reflexionyliberacion.cl

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