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Francisco y la “revolución de la ternura” de todos los cristianos 

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(José Manuel Vidal).-

El 3 de octubre de 1517 el monje agustino Martin Lutero clavaba en la puerta del castillo de Wittenberg sus 95 tesis, que alumbraban la Reforma protestante. Desde entonces, 500 años de separación y odio entre católicos y protestantes, plasmados en excomuniones y en todo tipo de ataques de ida y vuelta, con guerras sangrientas, hogueras e inquisiciones incluidas. Un odio sólo explicable desde la óptica de dos hermanos que luchan por quedarse con la herencia del padre.

Lutero escribe, por ejemplo, que “toda la Iglesia del papa es una Iglesia de putas y hermafroditas”, y que el mismo Papa es “un loco furioso, un falsificador de la historia, un mentiroso, un blasfemo”. Y para muchos protestantes, la Iglesia católica fue durante siglos “la gran prostituta de Babilonia” o “la gran ramera”. Por su parte los católicos tampoco ahorraron críticas e insultos hacia los protestantes y hacia el propio Lutero, al que estigmatizaron como “hereje” y llegaron a pintar como un monstruo de siete cabezas.

Lutero no quería romper la unidad eclesial, sino reformar a la Iglesia de su época, una institución constantiniana, casada con el poder, mundana, rica y corrupta. Una Iglesia que, ya desde el siglo XIII, se sentía necesitada de purificación, pero su jerarquía no la permitía. Lo intentaron muchos años antes de Lutero, Valdo de León y Francisco de Asís. El primero fue declarado hereje y el segundo, reconducido al orden y “normalizado” después de su muerte.

La gota que colmó el vaso de Lutero fue la gran campaña de ventas de indulgencias impulsada por Roma, para levantar la Basílica de San Pedro, con la que se prometía el cielo a los contribuyentes. Tanto que proclamaba que “el alma vuela al cielo en el mismo instante en que suena la moneda echada en el cepillo”. El monje agustino se rebeló contra este fraude simoníaco y propuso la esencia de la doctrina evangélica: la salvación no se compra, sino que se alcanza sólo por la fe y la gracia de Dios. Resaltó, ya entonces, que el amor de Dios no se merece y que, en la vida cristiana, el primado lo tiene que tener la Escritura y la gracia-amor gratuito de Dios.

Y el cisma se produjo, aunque Lutero no quería la ruptura, pero la sordera absoluta de Roma a sus reclamos reformadores la hizo ineludible. Y el Papa León X excomulgó de inmediato a Lutero.

Desde entonces, las tensiones se mantuvieron vivas hasta el Concilio Vaticano II, que cambio de óptica y puso en marcha el diálogo ecuménico. Un diálogo que, desde los años 60, atravesó diversas etapas. En un primer momento, la Iglesia católica apostaba por el ecumenismo del lobo: comerse a las ovejas protestantes, para así unirlas al rebaño. Después, se fue avanzando hacia un ecumenismo más respetuoso. Y, hoy, el Papa Francisco aboga por el ecumenismo de la unidad en la diferencia. El cristianismo como un poliedro, formado por distintas caras y diversas iglesias unidas en lo esencial, sin que cada una pierda su propia identidad.

Esta nueva dinámica, que puede conducir, por fin, a la unidad plena, encuentra profundas resistencias en las alas más ideologizadas y talibanizadas de ambas confesiones. Los rigoristas católicos y protestantes prefieren la desunión y acusan de hereje al Papa que intenta cumplir el deseo de Cristo: “Padre, que todos sean uno”.

Un gesto sin precedentes, aunque Francisco ya nos tiene acostumbrados a ese tipo de acciones novedosas. En el fondo lo que Bergoglio escenificó en Suecia es una rehabilitación fáctica del Lutero que “dio un gran paso para colocar la Palabra de Dios en manos del pueblo” y, por lo tanto, acercar a la Iglesia a sus fuentes evangélicas.

Asumiendo las bondades de la Reforma protestante, el Papa quiere demostrar (haciendo camino al andar) que la Iglesia puede vivir la unidad como tensión que la reforma y la reúne constantemente. En Lund, al lado de los luteranos, Francisco reinventa el ecumenismo de la carne del pobre y del refugiado. El ecumenismo práctico de una Iglesia unida en la conciencia samaritana, que descubre en los descartados la carne de Cristo. “Exhortamos a luteranos y católicos a acoger juntos al extranjero”, a los que “se ven obligados a huir por culpa de guerras y persecuciones” y “defendamos los derechos de los refugiados y de los que buscan asilo”, clamó en la catedral.

Junto al ecumenismo de la misericordia, el Papa alentó en Lund el “ecumenismo de la sangre”, es decir el testimonio ofrecido por los mártires de todas las confesiones cristianas, que entregan su vida, cruenta o incruentamente, para que resplandezca el rostro de Dios.

Un ecumenismo humilde y tenaz, que persigue el Papa, basado en la cultura del encuentro, del diálogo, del conocimiento y de la cercanía al otro. Un ecumenismo que derriba muros y barreras y hace que, 500 años después, lo imposible se torne posible, y católicos y luteranos puedan rezar juntos a su mismo Dios. “Tenemos la posibilidad de reparar, superando los malentendidos” y “anunciar juntos la misericordia de Dios”, dijo Francisco en la oración conjunta en la catedral sueca de Lund.

Y, después, en en evento ecuménico, lanzó a los cristianos, a todos los cristianos, a una campaña mundial, en la que todos juntos “protagonicemos la revolución de la ternura”. 500 años después, los hermanos separados se abrazan y deciden caminar juntos hacia la unidad plena en alas de la misericordia, el máximo distintivo de Dios.

José Manuel Vidal

Director de Religión Digital – Madrid.

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