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La vacuna de los magos 

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Si este fuera un cuento clásico, su comienzo sería así:

Había una vez, en un país muy lejano, un rey que pretendía seguir gobernando por mucho tiempo. Hasta que un día llegó la pandemia y puso en riesgo sus planes. Pronto se supo en todo el mundo que su reino no era inmune al virus y que su pueblo se contagiaba igual que todos. Ante esta realidad, el rey convocó a sus magos para que prepararan la mejor vacuna. Pese a las advertencias de que esta materia no se puede hacer milagros, el Rey los presionó sin contemplaciones. Como resultado, en brevísimo plazo le informaron que tenían una vacuna. Pero, dijeron,todavía faltaban las etapas recomendadas por la Organización Mundial de Magos: más testeos clínicos y más publicaciones detalladas.

Pero el Rey no quería dilaciones. Hizo ver que no podía renunciar al triunfo en la carrera de las vacunas. Insistió en que históricamente el prestigio del Reino se basaba en el éxito de sus magos. Recordó los triunfos en la carrera espacial de escobas mágicas.

Así se dio la partida para la aplicación de la vacuna. Comprendiendo que la única forma de disipar las dudas era hacer un gesto heroico, el Rey dispuso que su hija fuera de las primeras en inocularse.

Por ahora esta historia no tiene final. Sólo se sabe que otro superpoderoso monarca está muy frustrado. Ni siquiera tiene una hija tan complaciente. Menos una sobrina favorita.

Este relato es imaginario… hasta cierto punto. La mal llamada “literatura infantil”, que desborda de ogros, gigantes y enanos perversos, madrastras y hadas malvadas y dragones de todo calibre, está llena de historias parecidas. Pero, una vez más, la realidad supera a la ficción.

Luego que se anunció la existencia de una vacuna producida en el Centro de Investigaciones Gamaley de Moscú, el propio Vladimir Putin informó que María, una de sus hijas había sido inoculada con ella. No se han dado más detalles ya que, como dice la publicación argentina Perfil, “es más fácil conseguir información sobre seguridad nacional que sobre la vida privada de las hijas e incluso la esposa de Vladimir Putin”. La mayor de las hijas, María, Masha o Mariya, es endocrinóloga, tiene 35 años y nació en San Petesburgo. La menor, Katya, Katerina o Yeketirana, nació hace 33 años en Dresde (Alemania).

Sus nombres salieron a la luz porque en esta carrera, Putin ha puesto el mismo empeño que sus antecesores soviéticos en la competencia espacial. No es casual que la vacuna haya sido bautizada como Sputnik V. Y no olvidemos que la primera competencia durante la Guerra Fría fue la de las bombas nucleares, aunque del tema de la energía atómica se habla poco después de Chernobill).

En esta carrera, en que Chile participa como socio de una firma china y Argentina se alió con Oxford, hay grandes intereses financieros en juego. Pero, como no deja de subrayarlo Donald Trump, se trata sobre todo de prestigio. Lo que hace distintos los enfoques de Estados Unidos y Rusia es que Trump no podría pedirle (y menos obligar) a su sobrina Mary a ponerse la vacuna. Ella acaba de publicar un libro demoledor: Too Much and Never Enough: How My Family Created the World’s Most Dangerous Man (en castellano: Demasiado y nunca suficiente, cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo).

Y no es un cuento de hadas.

 Abraham Santibáñez

La Prensa Austral  –  Reflexión y Liberación

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