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“Conviértanse y crean en el Evangelio” 

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Este 17 de febrero celebraremos nuevamente un inicio del tiempo de Cuaresma, un tiempo de “conversión” que se renueva en este imperativo de “conviértete y cree en el Evangelio”. Estas palabras de profunda fuerza nos devuelven al corazón las palabras del evangelio de Marcos en el capítulo 1 cuando Jesús proclamaba y nos proclama la Buena Nueva de Dios, diciendo que “el tiempo se ha cumplido, conviértanse y crean en la Buena Nueva” (Mc 1,15). Hasta aquí nada nuevo, y quizás eso es lo más grave, perdemos la novedad, profundidad y radicalidad de la Palabra de Dios.

Hace ya algunas semanas vivimos como comunidad eclesial chilena la dimisión del estado clerical de Eugenio de la Fuente. Eugenio conocido por muchos y muchas de nosotros, venía realizando un proceso de discernimiento sobre su sacerdocio respecto al respeto y obediencia a la institucionalidad jerárquica de la iglesia. Este proceso vivido en profund verdad tiene su raíz en la dificultad de los procesos de prevención, justicia y reparación ante los abusos de conciencia y sexuales al interior de la iglesia.

Este acto estuvo acompañado no sólo por las últimas celebraciones presididas por él, sino también con cartas y videos que se hicieron conocidos por distintos medios de comunicación social. ¿Qué nos pasa con esta decisión? ¿Es, en parte, signo profético de una vocación cristiana que quiere seguir a su Maestro hasta las últimas consecuencias? Eugenio no se fue sin más, lo hizo celebrando lo que amaba y con los que amaba, signo de la transparencia y de la radicalidad de ir más allá. Junto con él podemos pensar en una serie de renuncias en la vida religiosa tanto femenina como masculina que no tienen relación con la vocación sino más bien con una disputa personal y colectiva, en conciencia, ante las situaciones que se viven al interior de nuestra Iglesia. A su vez, vemos a muchos laicos y laicas que desde las bases han iniciado movimientos que nos hablan sobre una “justicia que no llega” y de jóvenes que dentro de sus iniciativas escriben a la jerarquía para que por favor se haga cargo de lo que no se está haciendo cargo. Estamos hablando de signos.

Las lecturas del evangelio de la semana pasada nos han hablado de los ritos sin sentido; Jesús ante las quejas de los fariseos les contestaba con fuerza “Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra en los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres” (Mc 7, 6-8).

La institución jerárquica de la Iglesia realmente hoy no vive y acompaña un proceso de conversión a la Buena Nueva del Evangelio. Los actos cometidos por sus múltiples autoridades alejan, hieren, destruyen la fe de su pueblo. ¿La vida de fe y su celebración sacramental, las palabras que decimos, los gestos que realizamos tienen coherencia con la acción sagrada de la defensa del ser humano, como Templo sagrado del Espíritu Santo?

Ayer la Conferencia Episcopal ha sacado el mensaje de Cuaresma para este año, en el cual dice: “Los pastores de la iglesia pedimos una vez más perdón a Dios y a nuestros hermanos y hermanas que han sido abusados, maltratados, excluidos o ignorado por algunos de sus ministros”, y seguidamente dice que “una sincera conversión sólo brota de un corazón arrepentido y dispuesto a curar el daño provocado, acompañar al herido en su camino y recomenzar desde Cristo”.

Estas palabras las hemos escuchado muchas veces, a modo personal no puedo decir que la Conferencia Episcopal no la reconozca como ciertas, el problema radica en que son “palabras” y Jesús es tajante en el evangelio al repetirnos una y otra vez que el amor se realiza en obras, lo dice a cada paso que da, porque Jesús mismo vivió su vida a través de ellas implicándose totalmente. Tenemos ejemplo vivo de esto en las bienaventuranzas, el buen samaritano, todos los milagros en dónde Jesús tocó y abrazó el dolor humano, las resurrecciones, el juicio final.

Somos un pueblo sin memoria o no hemos aprendido de ella. Hace algunos años, Ana González de Recabarren, nos decía respecto al perdón, “yo no puedo perdonar sin saber qué pasó con ellos, perdonar a quién y qué”. Esas palabras deberían ser cruciales para nosotros. Jesús nos enseña a perdonar, pero este camino lo coloca como un imperativo en el sermón del monte: “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia” (Mt 5,6). ¿Cuáles son los caminos de justicia que acompañan las palabras de la Conferencia Episcopal?

El abate Pierre decía: “frente a cualquier sufrimiento humano preocúpate no sólo de solucionarlo en el acto sino también de destruir sus causas. No solamente de destruir sus causas sino también de solucionarlo en el acto. Nadie es ni serio, ni bueno, ni justo, ni verdadero mientras no ha resuelto consagrarse de corazón, con todo su ser, tanto a una como a otra de esas dos tareas, las cuales no pueden separar sin renegarse”.

Este recomenzar que nos invita la Conferencia Episcopal no puede darse sin estos caminos de verdad y justicia propio de nuestro cristianismo y vital para toda la humanidad. A los días de hoy se sigue sin hablar de esta verdad, y sin actuar con justicia, al menos como exige la gravedad de la situación. No sólo estamos hablando de los hechos sino de las causas que lo generaron. Tenemos montones de deudas pendientes, y en esas deudas el pueblo fiel de Dios paga las consecuencias. Desde nuestro discipulado urge que las bases de nuestra iglesia hablen con voces proféticas salidas desde el mismo Jesús, que remuevan los corazones de nuestros pastores, les urja a la conversión real que implica no sólo escribir palabras de perdón, sino hacerse cargo y les lleve realmente a volver a los caminos del evangelio.

Jesús, el Maestro a quien seguimos se rebeló con total fuerza, autenticidad y autoridad del mundo religioso de su tiempo. Un mundo religioso cercano a la institución que hoy nos “pastorea” que a través del poder ejercido no da respuesta a los “crímenes” y “pecados” que la habitan.

El acto de Eugenio y de otros muchos y muchas responde a una voz y acto profético, responde al encuentro entre el Dios que nos habita y el sufrimiento humano, en este caso, realizado y permitido por nosotros como iglesia. Jesús debe estar al centro de nuestra vida y como deber cristiano tenemos la interpelación de un Dios que no pierde a nadie.

En este inicio de Cuaresma, ¿cómo nos hacemos cargo de esto que vivimos? ¿Cómo realmente nos implicamos para que nuestras celebraciones litúrgicas sean realmente una vivencia autentica de seguir a Jesús, dador de vida y entrega total de la suya propia, quien amando a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo?

Que esta Cuaresma nos invite a “convertirnos y a creer en el Evangelio” de nuestro Señor Jesús.

María José Encina Muñoz

Hermana Comunidad Adsis

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