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¿Es terminal la enfermedad de la Iglesia Católica? 

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Tras el reciente fallecimiento del teólogo Hans Küng a los 93 años en Tubinga (Alemania), he vuelto a leer su libro ¿Tiene salvación la Iglesia?, publicado en castellano en 2013 por la editorial Trotta. Me ha resultado enormemente clarificador tanto en sus análisis críticos como en la propuesta de alternativas. Creo que tiene plena actualidad hoy. 

¿Es terminal la enfermedad que padece la Iglesia católica o tiene todavía salvación? Küng no pierde la esperanza de que sobrevivirá, pero no a cualquier precio, sino a condición de que se someta a una terapia ecuménica profunda, cuyo criterio no puede ser el derecho canónico, sino el Jesús histórico tal como es testimoniado en los evangelios. Debe asumir una responsabilidad social. No puede encerrarse en el exclusivismo confesional, sino que ha de estar ecuménicamente abierta y revocar las excomuniones.

No puede seguir configurándose patriarcalmente, sino que las mujeres deben tener acceso a todos los ministerios eclesiales. Es fundamental la reforma de la Curia con criterios evangélicos y resulta urgente la transparencia en las finanzas. El clero y el pueblo deben participar en la elección de los obispos, como se hizo en los primeros siglos del cristianismo. Es necesario abolir la Inquisición, todavía vigente de facto, y toda forma de represión. No se puede seguir imponiendo el celibato a los obispos y los sacerdotes, sino dejarlo opcional. Debe facilitarse, en fin, la comunión eucarística interconfesional. ¡Excelente programa de reforma a realizar bajo el liderazgo del papa Francisco! Creo, sin embargo, que los pasos del papa actual, hasta ahora, no han ido en esa dirección, salvo algunas muestras tímidas de reforma.

Hans Küng recuerda una escena de la historia de la Iglesia contemporánea que le ha preocupado e incomodado indignado como pocas. Sucedió el 8 de abril de 2005 en la Plaza de San Pedro durante las exequias de Juan Pablo II. El decano del colegio cardenalicio Joseph Ratzinger, vestido de púrpura solemne, desciende la escalinata en dirección al ataúd del Papa difunto, junto al que se alza el crucifijo de estilo realista que representa al Cristo sufriente y crucificado.

 “Me resulta imposible imaginar mayor contraste”, comenta el teólogo de Tubinga. A un lado se encuentra el Inquisidor de la Fe, responsable del sufrimiento de tantos colegas y de tantos niños, niñas, adolescentes y jóvenes objeto de abusos sexuales que él encubrió cuando era prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe. En ese momento personificaba el poder del nuevo imperio romano, como queda patente con la presencia de doscientos invitados de Estado, entre los que se encontraba, en la primera fila, la familia de George Bush. Al otro el Ecce homo de Nazaret, predicador de la paz”.

Ante esta escena, al teólogo suizo le viene a la memoria el relato de Dostoievski sobre el Gran Inquisidor, que ha hecho prisionero a Cristo, le llama a su presencia y le pregunta: “¿Por qué has venido a molestarnos? Vete y no vuelvas más. No regreses nunca, nunca más”. Parece que Cristo le ha hecho caso y, durante el gobierno de los nuevos inquisidores, ha abandonado la Iglesia. ¿Dónde habrá ido?

Juan José Tamayo / Teólogo

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