|Sábado, Julio 24, 2021
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Aprender a leer los signos y seguirlos 

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P. Arturo Sosa, General de la Compañia de Jesús en entrevista en la Curia Jesuita en Roma.

Celebramos 500 años de la conversión de san Ignacio: el cañonazo, la lectura de vidas de santos, el despojamiento… ¿Qué es central?
El encuentro personal con Jesucristo. Todos esos elementos llevaron a san Ignacio a ver a la persona de Jesús y a encontrarse con Él. Cuando Jesús se hace el centro de su vida, le cambia todo: la mirada, la sensibilidad, la capacidad interior de ver sus movimientos…

Usted conoció a los jesuitas de manos de vascos y navarros en su colegio, ¿qué recuerda?
Recuerdo la cercanía humana de estas personas, que eran personas accesibles. Tenían una espiritualidad contagiosa, no impuesta; era algo que se vivía en el campo de fútbol, en el colegio, en las clases, en la Misa… No era una cosa artificial, sino entrelazada con la vida. Y tengo que reconocer con profundo respeto y cariño su interés por Venezuela. Nos llevaron a conocer el país y nos pusieron en sintonía con los procesos que estaban sucediendo. Era un tiempo muy interesante, con el fin de la dictadura militar y el comienzo de la experiencia democrática.

Cuando se suscita esa primera vocación, ¿qué se mueve en su interior? Cuenta que pensó en ser médico o sociólogo, y acabo siendo sacerdote, que tiene algo de curar y de tratar con gente.
La palabra salvación y la palabra salud tienen la misma raíz etimológica, como libertad y liberación. Fue naciendo un compromiso muy fuerte con curar las heridas con las que nos encontramos. Heridas que al principio son más físicas, pero después te vas dando cuenta de que también son sociales, espirituales… Ciertamente la vocación a la Compañía me permite a mí juntar muchas de esas cosas. No he sido médico, pero sí he trabajado en el campo de las ciencias sociales toda mi vida; he trabajado el acercamiento espiritual a través de los ejercicios y el acompañamiento, y he promovido el análisis político desde una perspectiva de liberación. La vocación a la Compañía tiene todos esos elementos, que también están en el Evangelio. Los grandes signos que hizo Jesús fueron curaciones de enfermos, de relaciones, de personas que estaban endemoniadas. Eso es parte de cómo se vive la evangelización.

La medicina ha avanzado a pasos agigantados. Para las heridas de este mundo, ¿qué utilidad tienen hoy los ejercicios o el examen del día que recetaba san Ignacio?
El examen ignaciano no es un examen de conciencia, sino que implica estar permanentemente atento a encontrar a Dios en todas las cosas. Comienza con una acción de gracias, mientras que otros exámenes de conciencia comienzan reconociendo los pecados. Te invita a dar gracias a Dios por estar ahí y dónde has encontrado a Dios en este momento de tu vida. Los ejercicios te llevan a hacer una elección y a crear una familiaridad con Dios y a encontrarlo en todas las cosas. El examen te permite no olvidar eso. San Ignacio también decía que los confesores debían examinarse cada vez que recibían a un penitente y lo despedían para examinar si ellos habían sido imagen de la misericordia de Dios para esa persona.

¿Cómo avanza la causa de Arrupe?
Avanza bien. Es una causa compleja por el trabajo que hay que hacer. Su vida es larga y se divide en muchas partes. Y además fue general de la Compañía 18 años, por lo que el material que hay es ingente. La parte histórica está prácticamente cerrada. Se han recogido también testimonios en España e Italia, aunque falta Japón, adonde no se ha podido ir por la pandemia. Con esto se acabaría la parte diocesana, que es la más complicada, y tenemos la ilusión de que se termine en este 2021.

¿Usted lo trató?
Sí. Un poco de lejos. Yo era un jovencito. Entré en la Compañía al año siguiente de que él fuera elegido como general. Pasó por Venezuela cuando yo era novicio, y después le vi aquí en Roma, cuando estuve tres años haciendo Teología. Él venía al colegio del Gesù un par de veces al año y había cierta posibilidad de interacción. De hecho, fue él quien me trajo a Roma. Yo no tenía ninguna intención de venir; era lo último que quería hacer en la vida. Era un momento de auge creativo de la teología latinoamericana. En El Salvador estaba naciendo una escuela y allá queríamos ir un compañero y yo. O a Chile. Pero Arrupe dijo: «Mejor que vengan para acá». Con gran visión, acababa de fundar el colegio del Gesù para reunir a jesuitas de todo el mundo. Tenía una perspectiva más universal de la misión. En aquel momento éramos 70 de más 30 provincias jesuitas distintas. Agradezco la terquedad de Arrupe y del provincial de Venezuela para que viniese a Roma.

¿Tiene que hacer algo de autocrítica la Compañía de aquella época?
Al ver la historia de Arrupe, en su contexto, crece su figura. Tuvo una formación muy tradicional. No era una persona de ideas teológicas más allá… Eso sí, era un misionero. Tenía muy clara la vocación misionera de la Compañía. Hizo la experiencia de inculturación, como luego Adolfo Nicolás.

A Arrupe las bombas de Hiroshima y Nagasaki le cambiaron la vida. Es una persona que conoce de cerca el sufrimiento humano y que entiende la necesidad de abrirse a la novedad. En ese sentido, fue persona con una audacia tremenda para confiar en los demás. No sé si se entendió en ese momento. Muchas cosas las hizo confiando en los jesuitas que se las estaban proponiendo. Por supuesto hubo equivocaciones, pero estamos hablando de un momento en el que la Iglesia hace una apuesta clara que es el Concilio Vaticano II. Fue un momento de revolver las aguas y hubo exageraciones de un lado y de otro, también en la Compañía. Pero Arrupe tuvo una confianza tremenda en que ese era el camino de la Iglesia. Era audaz: «Esto es lo que hay que hacer. No sabemos cómo, pero vamos».

¿Qué inculturación sigue haciendo falta? ¿Tiene sentido en tiempos globalización?
En primer lugar, diría que la inculturación no es una discusión en la Compañía, es parte de la vida y no de ahora, sino de siempre. Es asombrosa la capacidad que han tenido los jesuitas desde el comienzo de tratar de entender el sitio donde estaban. Hay que ver la cantidad de descripciones que hay de sus viajes, de la gente… Son muy conocidos los de China y la India, pero también en América Latina y lo mismo en Europa, Estados Unidos o Canadá. Hoy la Compañía de Jesús es un cuerpo multicultural, impresionante. En el comedor de esta casa te asombra la diversidad. Hoy hay vocaciones, más o menos según el caso, en todos los países en donde estamos trabajando. Eso nos pone ante un desafío nuevo: el de la interculturalidad. Una cosa es ser multiculturales –el poder vivir culturas distintas– y otra es ser interculturales, lograr que esa diversidad enriquezca porque yo doy lo que soy y recibo de los otros. La variedad es una riqueza y hay que aprovecharla.

La globalización tiene grandísimas ventajas, pero una de las tendencias del mercado globalizado es a la homogeneidad, que de alguna manera es una imposición cultural. Cuando tú ves a un japonés vistiendo la misma camisa de Hard Rock que viste uno de Nueva York u otro de un barrio de Caracas, pues aquí pasa algo. La tendencia del mercado globalizado es a homogeneizar porque es lo que produce más beneficio. La tendencia de la inculturación y la inculturalidad es la contraria: a desarrollar, a mantener la diversidad…

Hay 15.000 jesuitas repartidos por 127 países y le llegará información de muchos. ¿Por qué países está más preocupado? ¿Adónde deberíamos mirar?
Bueno, hoy [por el miércoles 7] no sé si vieron la noticia del asesinato del presidente de Haití. Es un volcán en erupción desde hace tiempo y los jesuitas están haciendo un trabajo muy bonito de presencia y de estar ahí… También trato de seguir de cerca la situación de Myanmar, de Siria, de Líbano, o de Etiopía, que nadie habla de ella y en Tigray se está matando a gente todos los días. O de República Democrática del Congo, que aparece poco. O de Nicaragua, donde hay un acoso directo a la Universidad Centroamericana y el colegio, y al rector. Hay muchas zonas del mundo que mantienen a uno en oración y atención.

Ahora, por ejemplo, plantea el Sínodo dedicado a la sinodalidad, que tiene cierto eco jesuita…
La sinodalidad permite hacer de la Iglesia una comunidad que discierne. En América Latina nunca usamos la palabra sinodalidad, sino Pueblo de Dios para insistir precisamente en lo que es un pueblo, que es un grupo variado de personas, de edades, de compromisos, de formación… y es de Dios. ¿Por qué? Porque es guiado por Dios, es reunido por Dios y acompañado. La lectura del Éxodo es muy clara. El pueblo no se inventa a sí mismo; Dios lo crea y lo acompaña. Las imágenes que usa el Éxodo son muy bellas: el Señor oscurece, amanece, da de comer, da agua, acompaña… El que conoce el camino no es Moisés y no es el pueblo, es Dios. Y ahí entra el discernimiento. Ese proceso es lo que sería la sinodalidad.

En Iberoamérica entienden bien eso de aprender del otro y tender puentes. ¿De qué nos tenemos que despojar en la Iglesia para llegar a eso?
Nos tenemos que despojar de la seguridad de que lo sabemos todo. Cuando uno reconoce que es polvo de Dios, que es Dios el que guía, reconoce que no sabe cuál es el camino y que hay que preguntar, hay que preguntar a Dios. Me dice mucho el prólogo del cuarto Evangelio: «A Dios nadie lo ha visto jamás», ha sido Jesús el que nos lo ha mostrado. Conocemos a Dios a través de la humanidad de Jesús y de la historia, de los signos de su presencia en la historia humana. Y eso es el discernimiento: aprender a leer esos signos y seguirlos. Hay que elegir seguir ese camino.

¿Qué le pediría hoy a un ignaciano?
Que aproveche la oportunidad que tiene no ya este año, sino siempre. Que aproveche para crecer en ese ver nuevas todas las cosas en Cristo, para adquirir la mirada de Jesús. ¿Cómo se adquiere esa mirada? En los ejercicios, en la contemplación de Jesús, que nunca se acaba. Porque uno contempla y contempla y siempre consigue novedad; es lo que le permite a uno ir asumiendo esa mirada, ver el mundo desde ahí y entonces actuar.

 Extractos de la entrevista de Victoria Cardiel y Rodrigo Pinedo para Alfa y Omega de Madrid

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