|Domingo, Octubre 24, 2021
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El desafío de la escucha en el proceso sinodal 

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Raúl Arderí, SJ / La Habana.-

Escuchar es más que oír. Podemos estar físicamente frente a una persona que nos comparte su experiencia y nuestra mente encontrarse muy lejos mientras nos enfocamos en otras preocupaciones.

Recuerdo la atracción que la televisión ejercía sobre mí cuando era niño, y cuando casi me metía dentro de este cajón de imágenes y sonidos mientras el mundo que me rodeaba casi desaparecía. Mi mamá tenía que repetirme varias veces, hasta que yo pudiera escucharla efectivamente, que había llegado el momento de bañarme, comer o hacer otra actividad. No era raro que solo cuando se apagaba la TV mi atención volvía a la realidad y podía responder a las preguntas de otros. Uno de los desafíos actuales de mi vida pastoral es no distraerme en las cuestiones cotidianas que debo “resolver” y dedicar toda mi atención a las personas que piden conversar o simplemente se cruzan por mi camino. Compartiendo esta experiencia con otros amigos he descubierto que el reto de hacer una pausa para escuchar al otro es más común de lo que pensamos, en medio de una sociedad llena de precariedades y situaciones límites que nos reclaman continuamente.

La Iglesia católica en Cuba, en comunión con la Iglesia universal, se prepara para iniciar un proceso en cada diócesis que involucrará al mayor número posible de bautizados. El Sínodo iniciará el 17 de octubre de este año y tendrá sendas etapas nacionales y continentales. Un hito significativo de este camino ocurrirá en Roma a finales del 2023, para regresar luego a las Iglesias locales y adaptar en ellas las decisiones tomadas. No es una casualidad que el Papa Francisco haya escogido una fecha que prácticamente coincide con el comienzo del Concilio seis décadas atrás. El camino sinodal busca precisamente actualizar las ideas más importantes del Concilio Vaticano II, tomando en cuenta las voces de todos los creyentes en una experiencia de discernimiento comunitario. La Conferencia Cubana de Religiosos (CONCUR) en coordinación con la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba (COCC) y el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) está promoviendo en toda la Isla un Proceso de Escucha con tres fichas de trabajo para familiarizarnos con el estilo sinodal y preparar el itinerario que comenzará en octubre.

Escucharnos entre todos y prestar atención a lo que Dios nos pide hoy es un reto para nuestra Iglesia si no queremos pasar por alto esta oportunidad o arrinconarla en una gaveta de “bonitos proyectos” con muy poca relevancia en la vida cotidiana. Este proceso no es sencillo ni automático, requiere disposiciones espirituales y un esfuerzo consciente de buscar entre todos la voluntad de Dios. La tradición de la Iglesia tiene dos pistas importantes que nos pueden guiar en este camino: el deseo de salvar el argumento ajeno y la humildad para aprender de todos.

Al inicio de los Ejercicios Espirituales, Ignacio de Loyola recomienda que quien los acompaña y los recibe estén más dispuestos a “salvar la proposición del prójimo” que a condenarla, y si no la pueden salvar preguntar cómo la entiende el interlocutor. Si después de este momento se descubre algún error en la postura del hermano, se intenta corregirlo con amor buscando todos los medios adecuados para salvarlo (EE. 22). Este punto de partida evita que las ideas preconcebidas o los malentendidos interfieran en el diálogo y al mismo tiempo posibilita un espacio de confianza donde cada quien se exprese con libertad y argumente adecuadamente su punto de vista. El Sínodo no deberá ser un encuentro de palabras calculadas por el miedo a incomodar a algunos, sino una asamblea de hermanos donde la diversidad es vista como condición de posibilidad para la unidad.

Cuando Ignacio de Loyola escribió su “librito” no abogaba por un relativismo que da igual valor a todas las inspiraciones, sino que, como un maestro del discernimiento, puso en el centro el bien de la persona concreta superando los posibles malentendidos y miedos que a menudo bloquean el diálogo. Un segundo elemento que podemos recuperar es la capacidad para aprender de todos e incluso de los más pequeños o con menos experiencia. Los encuentros de Jesús con el centurión romano (Mt 8, 8), la mujer siro-fenicia (Mc 7, 28) o el letrado que preguntaba por el mandamiento más importante (Mc 12, 32-33) nos enseñan a dejarnos sorprender por el Espíritu de Dios que sopla en los lugares menos esperados. Un fragmento de la regla de san Benito, padre del monacato occidental, recomienda escuchar el parecer de toda la comunidad en los asuntos de gran importancia “porque muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor”. Practicar este consejo requiere mayor humildad mientras se tiene más experiencia o conocimientos y mayor es la responsabilidad en la guía de la comunidad.

Uno de los temores fundamentales de algunos sectores respecto al proceso sinodal es convertir la Iglesia en una especie de parlamento donde las voces más elocuentes, persuasivas o con mayor influencia monopolicen el diálogo y ahoguen las otras. La fe, se dice acertadamente, no es resultado de la votación de una mayoría sino la aceptación de la revelación divina. Siendo honestos con la historia y la propia naturaleza humana debemos reconocer que estos temores no carecen de fundamentos. Basta recordar el rol del emperador y sus legados en los primeros Concilios Ecuménicos y cómo sus intereses políticos a menudo prevalecían sobre las cuestiones doctrinales o pastorales. Sería falso imaginar un proceso de diálogo sin discusiones acaloradas, mecanismos para conocer el deseo de la mayoría y presiones desde el exterior. La Iglesia no es simplemente una realidad espiritual, está compuesta por seres humanos con virtudes y defectos y ello se refleja en todas sus decisiones.

Aunque necesario, el debate no agota el proceso sinodal. Este itinerario debe ofrecer un espacio privilegiado a la oración personal, la escucha de la Palabra, la celebración de la Eucaristía y la Reconciliación entre todos sus miembros. La Escritura sigue siendo el canon o medida suprema para calibrar nuestra fidelidad a Jesús, pero ella misma exige el esfuerzo de interpretarla a la luz de la tradición viva de la Iglesia y los métodos teológicos a nuestro alcance. Solo el fundamentalismo que lee la Palabra literalmente ha sido rechazado por la Iglesia como un verdadero suicidio intelectual. El Magisterio de los obispos en comunión con el Papa, donde reside el carisma de la verdad, es la otra instancia que nos permite avanzar en el camino sinodal sin temor de traicionar el Evangelio.

Sabemos que la última palabra en las decisiones del Sínodo corresponde a los pastores de la Iglesia. Ello no hace superfluas todas las voces intermedias del diálogo, en particular de los laicos afectados por las cuestiones que se debaten y otros especialistas cuyos aportes son imprescindibles. Sería muy ingenuo pensar que el sacramento del orden capacita automáticamente para tener una opinión informada sobre todas las cuestiones de la fe y la existencia humana. La Iglesia no solo enseña en su relación con el mundo, también aprende y puede descubrir en los anhelos más profundos de cada época las inspiraciones del Espíritu.

El jesuita Anthony de Mello cuenta en uno de sus libros que, en 1917, mientras ocurría una revolución que cambiaría los destinos de la humanidad, se reunió en asamblea la Iglesia Ortodoxa Rusa y que tuvo lugar un apasionado debate acerca del color de las vestiduras litúrgicas. Algunos insistieron vehementemente en que debería ser blanco, mientras que otros defendían, con la misma excitación, que debería ser morado. Los participantes en aquel encuentro no eran capaces de escucharse entre ellos y menos aún de escuchar la realidad. Al igual que el televisor de mi infancia, tenían una distracción que los desconectaba del mundo. El Sínodo al que nos invita el Papa Francisco es una buena oportunidad para apagar nuestras distracciones y prestar atención a la voz de Dios y de nuestros hermanos. El desafío es aprender a escuchar.

Raúl Arderí, SJ / La Habana

 

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