|Sábado, Octubre 16, 2021
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El Ejército y la República 

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Vanguardia colonial del Chile decimonónico, vanguardia oligárquica del Chile del golpe de Estado de 1973, el Ejército ha dejado expuesta su singular topología de estar, al mismo tiempo, dentro y fuera del orden jurídico. Siendo una aristocracia, pero que pertenece a la República de Chile, despunta como fuerza excepcional, pero a la vez, como institución normal. 30 años de “democracia” no sirvieron para dar con la verdad, menos con la justicia. Su posición “excepcional”, aristocrática, elevada por sobre el “resto” de la sociedad, se lo han impedido.

Las últimas declaraciones del Comandante en Jefe del Ejército, General Ricardo Martínez, resultan muy instructivas acerca de cómo la institución castrense se ve a sí misma. Refiriéndose al momento que vive el Ejército, Martínez afirmó que él piensa que las responsabilidades son individuales y que ello no debe manchar a la institución, pero señaló que: “(…) yo creo que al final de día la gente valora a su Ejército, que ha estado más de 200 años junto con la República, y no tengo ninguna duda que en los próximos años y siglos, seguiremos siendo una gran República.” Varios asuntos se cuelan en su discurso. Ante todo, una confesión: el Ejército ha estado “más de 200 años junto con la República”- ¿qué quiere decir que el Ejército ha estado “junto con”? ¿Acaso el Ejército no es parte de la República? Inmediatamente la expresión soluciona la interrogante: “seguiremos siendo una gran República”.

En un léxico mítico y monumentalista, la frase pronunciada por el General contiene dos elementos antinómicos, pero absolutamente complementarios: el Ejército está “fuera” de la República (pues está “junto con” –en una relación exterior) y, a la vez, el Ejército está “dentro” de la misma (pues inmediatamente todo se sutura bajo el uso de un “nosotros” tácito en el “seguiremos” …). Interesante topología abre la frase del torpe General: el Ejército opera en una relación simultáneamente “dentro” y “fuera” de la República, como parte de ella, pero a la vez, como la institución que no le pertenece del todo. En el Ejército, el interior y el exterior se confunden porque éste se sitúa una relación en la que puede decidir sobre el estado de excepción y ejercer su violencia a la vez, que se ubica en un lugar de normalidad supuesta e ilusoriamente sometido al poder civil y a su orden jurídico que hasta hace muy poco le otorgaba a las diferentes FFAA el ominoso papel de “garantes de la institucionalidad”.

Dentro y fuera a la vez, el Ejército –y las FFAA en general- expresan la dualidad de un poder que, desde la “Pacificación de la Araucanía” dirigida militarmente por Cornelio Saavedra hasta el golpe de Estado de 1973 e, incluso, los “ejercicios de enlace” de principios de los años 90, esa dualidad del Ejército se ha expresado una y otra vez, a lo largo y ancho de una historia sangrienta de la cual la institución siempre ha salido impune. Un Ejército que se cree unitario para un país que asumió su imaginario a la luz de la concepción totalmente homogeneizante de “nación” que aún brilla en el artículo 5 de la Constitución política de 1980. Es decir, el Ejército no solo actúa como una aristocracia que tiene privilegios por parte del Estado que no tienen ni el sistema educacional ni el de salud, sino que además, permeó su imaginario a la configuración misma de la República.

Menos aún, los desfalcos gigantescos de esta institución no solo respecto del General Fuente-Alba, sino de la histórica recepción del 10% de las ventas del cobre –única razón que tuvo la dictadura para no privatizar Codelco- y un conjunto de casos de corrupción medianamente conocidos, convierten al Ejército –y a las FFAA en general- en verdaderas corporaciones criminales. Respecto a las violaciones a los DDHH el general Martínez como tantos otros Comandantes en Jefe del Ejército antes que él podrá decir que fueron de responsabilidad “individual” y así inmunizar a la institución.

Pero todos sabemos que la formación en la Escuela de las Américas –una escuela estadounidense inspirada en las tácticas coloniales francesas que formó a los militares latinoamericanos desde la guerra fría hasta la actualidad- por parte de oficiales del Ejército expone la existencia de una doctrina de “seguridad nacional” orientada a apaciguar la “insurgencia” latinoamericana que fue exactamente la que el Ejército chileno puso en práctica en 1973 durante la dictadura cívico-militar liderada por Pinochet y sus Chicago Boys. No son solo responsabilidades individuales, sino también institucionales las que nos   convocan a que, en pleno proceso constituyente, podamos plantear seriamente una refundación civil del conjunto de las FFAA, incluso pensando en la posibilidad de su abolición (¿por qué no?).

La tarea política en este sentido, consiste en desactivar la estructura topológica de la excepción que pervive en las FFAA y, en el Ejército en particular, tal como aparece expuesta en las declaraciones del Comandante en Jefe General Ricardo Martínez que cité anteriormente. Destituir la estructura topológica de la soberanía de la que goza el Ejército de Chile y el resto de las FFAA constituye una tarea absolutamente decisiva para el país que viene.

Rodrigo Karmy / Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

La Voz de los que Sobran – Santiago.

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