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Escuchando se entiende la gente 

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La posibilidad de comunicarnos a través de la palabra y de la totalidad del lenguaje humano (palabras, gestos, miradas, actitudes, signos, silencios, etc.) es uno de los dones más grandes y maravillosos que hemos recibido los seres humanos. Y no se trata, simplemente, de un intercambio de información, sino de la relación misma entre las personas. ¡Es imposible pensar en el ser humano sin comunicación! En este sentido, se puede decir, que la persona humana es, esencialmente, un ser comunicativo; no hay mundo humano sin comunicación.

La expresión que habitualmente usamos es que “hablando se entiende la gente”, pero esa locución también nos revela la atención secundaria que se tiende a dar a la escucha en el proceso comunicativo. Más bien habría que decir que escuchando se entiende la gente, porque junto e inseparablemente con la emisión de lenguajes, la escucha es el primer e indispensable ingrediente de toda comunicación y diálogo.

Traigo a colación estas breves reflexiones, porque este Domingo, la liturgia católica del día de la Ascensión del Señor recuerda la misión que sus discípulos hemos recibido: “ustedes son testigos de todas estas cosas”, dice el Señor Jesús (Lc 24, 48). Como se trata de una misión de comunicación universal es, también la Jornada de las Comunicaciones Sociales, con ocasión de la cual el Papa Francisco ha publicado un mensaje de gran belleza, sencillez y profundidad, titulado “Escuchar con los oídos del corazón”.

Todos tenemos experiencia que una buena escucha establece una buena comunicación, así como tenemos experiencia que detrás de todo conflicto humano, sea personal o social, hay un problema de falta de escucha o de mala escucha. Como dice Francisco, en el texto que comentamos, “sólo prestando atención a quien escuchamos y cómo escuchamos podemos crecer en el arte de comunicar, cuyo centro no es una teoría o una técnica, sino la capacidad del corazón que hace posible la proximidad”.

Sin duda, uno de los reproches más dolorosos en todo tipo de relaciones entre las personas, especialmente a nivel familiar, es cuando uno dice “lo que pasa es que tú no me escuchas”, que indica el dolor de no sentirse tomado en cuenta ni valorado, es no sentirse amado y sin posibilidad de construir un verdadero diálogo. También en nuestra sociedad vivimos tensiones complejas por tantas demandas justas que han sido acalladas por largo tiempo, o situaciones de personas o grupos que han sido silenciados y postergados, o problemas por la mala escucha que pueden tener cualquier tipo de autoridades, o los reclamos de quienes -por ejemplo- señalan que en la elaboración de la nueva constitución no se ha escuchado a la gente. En fin, una larga lista de sorderas que, al final, revientan en todo tipo de conflictos.

La peor de las sorderas es la sordera interior que cierra a la escucha de sí mismo y de los demás. Por eso, siempre, la primera escucha que hay que redescubrir cuando se busca una comunicación verdadera es la escucha de sí mismo, de las necesidades más hondas y verdaderas que están en lo íntimo de toda persona. Sin esta escucha de lo más verdadero que hay en cada uno, nunca podremos escuchar de verdad a los otros y al Otro que nos llama a un diálogo en la verdad.

Es de Dios mismo de quien podemos aprender lo que significa escuchar, porque la escucha corresponde al estilo humilde de Dios, que es “Aquel que, hablando, crea al ser humano a su imagen y, escuchando lo reconoce como su interlocutor. Dios ama al ser humano, por eso le dirige la palabra e ‘inclina el oído’ para escucharlo”, dice el Papa Francisco.

Escuchando se entiende la gente, y es uno de los grandes aprendizajes que todos tenemos que hacer, personalmente, familiarmente y en toda la sociedad. Y agrega el Papa Francisco que “también en la Iglesia hay mucha necesidad de escuchar y escucharnos” para una verdadera renovación. Porque escuchando se entiende la gente es que todos necesitamos educar nuestro oído para la escucha, como lo recuerda la Palabra de Dios: “cada uno debe estar pronto para escuchar, pero ser lento para hablar” (Sant 1, 19).

La capacidad de escuchar y escucharnos crea comunión entre las personas y es la que nos permite acoger la belleza de la verdad, que siempre es como una sinfonía coral, donde cada uno puede cantar su propia voz, acogiendo las voces de los demás como un don, en la armonía que el Espíritu de Dios compone.

Marcos Buvinic Martinic

La Prensa Austral  –  Reflexión y Liberación

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