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Francisco en Ucrania 

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(Gorka Larrabeiti / Roma).-

Aunque está clarísima tanto su postura, sus gestos y su actuación a favor de las víctimas ucranianas como su denuncia de los crímenes rusos, Francisco siempre defraudará. Jamás será bastante.

En las guerras hay que elegir de qué parte de la Historia hay que estar. No caben ambigüedades ni incertezas, aclaraba el ministro de Exteriores italiano, Luigi di Maio, justificando uno de los motivos de la escisión del Movimiento 5 Estrellas. “De la parte del país agredido, Ucrania, o de la del agresor, Rusia”. Esa disyuntiva, hoy, es el marco, y es el martillo. Ese aut aut, cuya respuesta era obligada al invadir Rusia Ucrania, ya no está tan claro, habida cuenta de que la guerra puede durar años, según el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg. Más dinero para armas, más países socios, más países considerados “desafíos emergentes”, incluida, por primera vez, China: la organización atlántica aprovecha el cambio de reglas de juego que ha supuesto la agresión de Rusia para afirmar un “nuevo concepto estratégico” e imponer la lógica militar como única para gobernar el mundo.

A lo mejor ocurre que no hay voluntad de entender a Francisco. El papa no puede tomar partido por un Estado porque, amén de jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano, un país europeo, resulta que es la máxima autoridad de la Santa Sede, una “fuerza de carácter ‘diferente’, no política, que es, no ya europea sino más que europea”[1]. Una “potencia no política”[2], explicaba[3] el cardenal Casaroli al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede en 1971, con un “compromiso a quedar fuera y por encima de los enfrentamientos entre los Estados”.

Antes, nada más estallar una guerra, la opinión pública mundial se dividía entre partidarios de la guerra y partidarios de la paz. El pacifismo, en esta guerra, no ha movilizado a las masas, y ello porque el derecho a la resistencia armada ante la criminal agresión rusa resultaba éticamente imperativo. Debilitado ante la facilona acusación de putinismo, si el pacifismo laico vive horas bajas, es porque también el lema “Ni con Putin ni con la OTAN” era desatinado, injusto con el país invadido. Al pensamiento no alineado le cuesta ahora dios y ayuda hacerse oír en esta fase de ecumenismo atlantista.

De modo que, en las tinieblas de esta guerra, la voz más irritante para la propaganda belicista ha sido la del papa Francisco, el cual ha cometido dos pecados contra lo políticamente correcto. Por un lado, no haber explicitado que la guerra contra Rusia es justa, que está con la OTAN y que Putin y su monaguillo Kirill son puros diablos; por otro, haber soltado frases, por ejemplo, en esta entrevista, que son auténticas pedradas contra la propaganda atlantista: “Se ha declarado la Tercera Guerra Mundial”, “los ladridos de la OTAN a la puerta de Rusia”, “una guerra que quizá, en cierto modo, fue provocada, no impedida”. Francisco no ha parado de hablar y de actuar. Entre homilías, entrevistas, oraciones, ángelus, discursos y demás, se cuentan 55 intervenciones suyas a propósito de la guerra desde el 24 de febrero hasta el 14 de junio. Una búsqueda en el Wall Street Journal sobre Francisco y Ucrania arroja los siguientes titulares: “El papa Francisco lamenta la guerra en Ucrania sin tomar partido” (25 de marzo); “El papa Francisco culpa a la OTAN” (3 de mayo); “¿La guerra de Ucrania es justa? El papa no lo ha dicho” (5 de mayo); “Lo que falta en el Vaticano: claridad moral sobre Ucrania” (6 de mayo). El malestar contra él, sobre todo, al otro lado del océano, parece insanable, y ello por tres motivos.

1.“Aquí no hay buenos y malos metafísicos”. Francisco combate el maniqueísmo metafísico de un mundo dividido en buenos y malos. Es más: sostiene que, para contribuir a un futuro pacífico, lo primero que hay que hacer es “alejarnos del patrón normal de Caperucita Roja”. No se puede avanzar hacia la paz si no se sale antes del simplismo maniqueísta. Tal vez para explicar mejor su pensamiento, el papa Bergoglio obligó a publicar de nuevo en el Osservatore Romano un artículo titulado “Terrorismo, retorsión, legítima defensa, guerra y paz” que escribió el cardenal Martini a raíz de los atentados del 11S . Un artículo “perfecto”, según Bergoglio. Dicho artículo –una joya de la ética de la guerra– no puede ser más embarazoso para los belicistas. El contexto en el que lo publica Martini es muy parecido al actual: mucha polarización y mucha exigencia de que la Iglesia y, concretamente el papa, se decante. El genio retórico de Martini, en lugar de caer en el precipicio de la respuesta descontada, plantea mayéuticamente tres series de preguntas. La primera escudriña las raíces del conflicto; la segunda, la eficacia de la respuesta; la última discurre sobre los límites de la respuesta armada a la vez que supedita ésta a un requisito: “Control democrático estable y metódico ejercitado por los parlamentos y por una opinión pública inteligente y no facciosa, correctamente informada primero sobre la puesta en marcha y luego sobre la gestión de las eventuales intervenciones”. Leído el artículo, se entiende mejor la extraña respuesta que dio Francisco en una entrevista al Corriere sobre si es justo proveer de armamento a los ucranianos: “No sé responder, estoy demasiado lejos”. ¿Ucrania o Rusia? O afinando más, ¿EE.UU. o Rusia? Francisco, la pregunta la resuelve gambeteando: respondamos a los dilemas de Martini.

“No hay mediaciones posibles. O se dice sí, o se dice no”, así arrancó Giorgia Meloni su tristemente célebre discurso de Almería. Frente a ese mundo banderizo de disyuntiva metódica, Francisco enseña otro viejo camino epistémico. ¡Y vaya si molesta esta reivindicación del discernimiento y de lo complejo!

2.Imperios paralelos. Si bien la sintonía con Biden es infinitamente mayor que con Trump, la guerra en Ucrania ha distanciado bastante a Francisco y al presidente estadounidense. No gustó en el Vaticano el discurso religiosamente armamentista de Biden en las instalaciones donde se producen los misiles Javelin de la Lockheed Martin. Pero la grieta Vaticano-EE.UU. es mucho más profunda. Los “Imperios paralelos”, aquella convergencia táctica de dos imperios decadentes, los EE.UU. de Reagan y el Vaticano de Wojtyla, cuyo objetivo no era otro que el refuerzo mutuo, no funciona con Francisco. De Wojtyla, salvo la postura en la Guerra de Irak, en EE.UU. gustó todo, desde el anticomunismo hasta el filocapitalismo de la Centesimus annus (cap. IV, 42), que arteramente amplificaron los neocons. Con Benedicto XVI, “los valores no negociables” marcaron la agenda política, así que, ningún problema: ambos imperios seguían fluyendo paralelos.

Pues bien: Bergoglio puso fin al agustinismo teopolítico, volvieron la pobreza y los descartados así como la “neutralidad positiva” en las cuestiones geopolíticas. Todo ello ha desembocado en un “cisma blando”[4] dentro de la iglesia estadounidense, según el historiador Massimo Faggioli, cuyo cénit se produjo durante la presidencia Trump, cuando hubo hasta un intento de golpe interno contra Francisco. Hoy la nueva derecha católica estadounidense es todavía más peligrosa que los neocons, así que mucho cuidado: la “Iglesia en salida”, esa perestroika postimperial que ha puesto en marcha Francisco de tolerancia cero en la cuestión de los abusos, mayor transparencia financiera, desrromanización progresiva de la Iglesia, aligeramiento de la Curia y sinodalidad despierta terror en las filas de la matriz católica ultraconservadora, que empuja a diario para que caiga o dimita el papa. Desde su quietismo consideran que si la Iglesia se abriera al sacerdocio femenino, el matrimonio de sacerdotes etc. podría tranquilamente venirse abajo la muralla leonina que protege el Vaticano tal cual ocurrió con el muro de Berlín. Francisco, para ellos, sería un suicida papa Gorbachov, e inminente el desastre. Por cuestiones de edad, es evidente que el pontificado de Bergoglio ha entrado en su fase final. También lo es que hay intereses ultraconservadores en que ambos imperios, hoy claramente divergentes, vuelvan a su cauce paralelo. “El Concilio que más recuerdan algunos pastores es el de Trento”, observa con preocupación Francisco. Hay, desde luego, una oleada restauracionista. Y de esos restauradores, “hay muchos en Estados Unidos”. Lo avisa el papa en el silencio durmiente de la izquierda, no se vaya a notar que compartimos siquiera un desvelo.

3.Diplomacia vaticana. Intensa, infatigable, discreta y modesta: estos cuatro adjetivos empleaba el cardenal Casaroli para definir la diplomacia vaticana[5]. La memoria de aquella máquina diplomática, anterior al anticomunismo de Wojtyla y tan enojosa para Estados Unidos, recobra valor. Ese engranaje está bien engrasado, sabe su oficio y sigue teniendo la paz como claro fin. Nunca mencionan un nombre de un jefe de Estado, jamás mentan un país. “Coser, tejer, jamás cortar”: ese sería el método, conforme lo resume Antonio Spadaro, director de La Civiltà Cattolica. Francisco realza el trabajo de su secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin (“un gran diplomático, en la tradición de Agostino Casaroli”), el cual cree necesaria “una nueva Conferencia de Helsinki”. Trabajo, visión y tacto, a corto y largo plazo. La paz como objetivo único de la misión diplomática y como único remedio a la guerra. Y un enemigo declarado, la lógica de la guerra, que resulta seguir siendo idéntica durante la más gélida Guerra Fría y ahora en esta “Tercera Guerra Mundial”. El eco de las denuncias de Casaroli resuena en boca de Francisco: “La verdadera respuesta, por tanto, no son otras armas, otras sanciones. Me dio vergüenza cuando leí que no sé, un grupo de Estados se han comprometido a gastar el dos por ciento, creo, o el dos por mil del PIB en compra de armas, como respuesta a lo que está pasando ahora. ¡La locura! La verdadera respuesta, como he dicho, no son otras armas, otras sanciones, otras alianzas político-militares, sino otro enfoque, una forma diferente de gobernar el mundo globalizado –no enseñando los dientes, como ahora–, una forma diferente de establecer las relaciones internacionales. El modelo del cuidado ya se está realizado, gracias a Dios, pero lamentablemente todavía está sometido al del poder económico-tecnocrático-militar”.

Esta guerra no pinta nada bien. Tras casi cinco meses, la opinión pública da señales de cansancio y de agobio por las graves repercusiones que empiezan a notarse en todo el mundo. Sin embargo, parece haber un cortocircuito pacifista que urge reparar concentrándose en propuestas útiles para detener de una vez la guerra. En este sentido, resulta interesante el llamamiento “Por una propuesta de paz de la Unión Europea”, firmado por la ANPI (Associazione Nazionale Partigiani Italiani), ARCI (Associazione ricreativa e culturale italiana), Rete Disarmo, el periódico Avvenire y el CIME (Consiglio italiano del Movimento Europeo). No podemos delegar en la OTAN la solución del problema. Una solución exclusivamente militar jamás será tal. Hay que exigir, por tanto, que la UE, pero también Naciones Unidas, “asuman la responsabilidad de una intermediación que permita lo antes posible un alto el fuego y evite a toda costa que se prolongue y se agrave el conflicto en otras partes de Europa”. Es preciso una  mayor presión política popular para que las élites políticas se muevan. Francisco y su gente hacen y han hecho mucho. Son profesionales de la paz, gente con tablas, de mestiere, pero su soledad en el teatro de guerra nos apela a todos los que queremos que esta locura pare ya.

Notas:

[1] Casaroli, A.: Nella Chiesa per il mondo. Omelie e discorsi. Rusconi, Milán, 1987, p. 354.

[2] Íbid., p. 364.

[3] Íbid., pp. 262.

[4] Faggioli, M. : Joe Biden e il cattolicesimo negli Stati Uniti, Editrice Morcelliana, 2021, Brescia, p. 131

[5] Casaroli, A.: Nella Chiesa per il mondo. Omelie e discorsi. Rusconi, Milán, 1987, p. 26

 

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