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La toma de conciencia 

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En la columna del domingo pasado me referí al viaje del Papa Francisco a Canadá para encontrar a los pueblos originarios y manifestar su petición de perdón por el drama vivido en las “escuelas residenciales”, creadas por el Estado de ese país y entregadas a la gestión de congregaciones religiosas católicas y de otras confesiones cristianas, para asimilar esos pueblos a la cultura occidental.

Ese encuentro y todo lo allí vivido fue el fruto de un camino de toma de conciencia en la sociedad y en la Iglesia acerca de la tragedia que allí se había vivido, y poder reconocerla como una violencia colonizadora, un genocidio cultural, y que “esto es contrario al Evangelio de Jesús”, como dijo el Papa Francisco.

Como señalaba en el comentario de la semana pasada, la pregunta obligada para nosotros es ¿y en la Patagonia cuándo? Porque acá el genocidio no sólo fue cultural, sino que fue un genocidio que casi condujo a la extinción de los pueblos originarios de la Patagonia. Es una horrible página de nuestra historia ejecutada por las compañías ganaderas, con la activa participación de autoridades del Estado chileno y argentino, y con la colaboración de los misioneros salesianos de la Iglesia católica y misioneros de la Iglesia anglicana.

Durante esta semana he recibido muchas reacciones y comentarios, todos ellos animando la necesaria toma de conciencia sobre la tragedia de los pueblos originarios de la Patagonia y, particularmente sobre el genocidio del pueblo selknam, así como la afirmación del necesario camino de sanación y reparación.

A propósito de esa toma de conciencia, he recordado el diálogo, que tuve hace algunos años, con un descendiente de una de las familias terratenientes que impulsaron la limpieza étnica de Tierra del Fuego, quien me decía: “No somos responsables de lo que hicieron nuestros antepasados”; por mi parte le dije que, por cierto, nadie es responsable de las culpas de otros, pero sí somos responsables de lo que hacemos hoy con ese pasado: si reconocemos o no los derechos y dignidad de quienes sufrieron, si reconocemos o no la iniquidad de una ideología colonizadora que tenía a otros por “salvajes” que hay que “civilizar”, si reconocemos o no que lo ocurrido no fue una heroica epopeya civilizadora o misionera sino una tragedia que se llevó miles de vidas y casi extinguió pueblos y culturas.

Porque somos responsables de nuestro presente, es imprescindible reelaborar la memoria histórica a través de una toma de conciencia que permita releer el pasado para construir nuestro presente y futuro. Evidentemente, lo contrario a la conciencia histórica es la inconsciencia histórica, es decir, permanecer en la inercia que mantiene la memoria de lo sucedido congelada en un frigorífico de los recuerdos.

Esta semana, el Papa Francisco, en su habitual audiencia pública de los miércoles, siguió profundizando lo vivido en su viaje a Canadá, y señaló que esa conciencia histórica era un signo de los tiempos del camino que la Iglesia está realizando con los pueblos indígenas: “Tenemos que dar la cara ante nuestros dolores y nuestros pecados”, y “de este recorrido de memoria, reconciliación y sanación brota la esperanza en Canadá y en todos los lugares”. Este camino de memoria, reconciliación y sanación, dice el Papa, “presupone la conciencia histórica, la escucha de los supervivientes, y sobre todo la conversión, el cambio de mentalidad”.

En todos los ámbitos de la vida, la toma de conciencia personal y colectiva siempre es posible, y es el primer paso de como las personas, las familias, las comunidades y la sociedad podemos sanar las heridas de la historia y construir juntos el presente y el futuro. Es, por ejemplo, lo que hemos vivido en nuestro país acerca de las violaciones de los derechos humanos en el tiempo de la dictadura: lo que en ese momento se practicaba y muchos justificaban, hoy tiene la reprobación de todos los sectores de la sociedad.

A través de una toma de conciencia y de un camino de sanación y reparación, es como las personas y la sociedad avanzamos de condiciones menos humanas a condiciones más humanas. Basta pensar, por ejemplo, en la toma de conciencia que llevó a la abolición de la esclavitud, una práctica que durante siglos era considerada normal. Pueden multiplicarse los ejemplos de la evolución personal y social a través de la toma de conciencia de mentalidades y prácticas destructivas o inhumanas: la conciencia sobre los derechos humanos, la sanción al machismo y al racismo, la abolición de la pena de muerte, la inmoralidad de las armas atómicas, el cuidado del medio ambiente, etc. No le tengamos miedo, pues, a la toma de conciencia que nos permite reinterpretar nuestra historia, más bien temamos no hacerlo y permanecer en las heridas de la historia y congelados en los recuerdos.

P. Marcos Buvinic

La Prensa Austral / Reflexión y Liberación

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