Marzo 2, 2024

¿Cómo detener a la ultra-derecha?

 ¿Cómo detener a la ultra-derecha?

Escucho un discurso de Giorgia Meloni –la primera ministra italiana de ultraderecha recientemente electa- que le responde a Macron, quien la había tratado de irresponsable y de un error por parte del pueblo italiano.

Meloni le espeta a Macron que Francia aún tiene posesiones coloniales, que usufructúa de su imperialismo en los países del norte de África y que había sido Italia –bajo el mandato de Berlusconi- la que había mantenido una relación de control de la migración en Libia bajo el régimen de Gaddafi. En suma, Meloni denuncia al imperialismo francés y sus formas actuales de neocolonización. Todo muy cierto, todo completa e históricamente acreditado.

Sin embargo, en ese discurso está todo lo que hay que saber de porqué triunfa la ultraderecha: básicamente porque se hace cargo de problemas a los que la izquierda renunció. Y lo hizo no tanto como “izquierda”, sino como “progresismo”, es decir, la corriente socialdemócrata neoliberal surgida hacia principios de los años ’90 como sintomática compensación del derrumbamiento del Muro de Berlín y la difuminación de la izquierda soviética del mundo.

En Chile ese proceso se llamó la “renovación socialista”. Viejos estandartes comunistas ahora defendían la “estabilidad” del neoliberalismo, viejos partidarios del socialismo ahora nos ilustraban con la “democracia”. La transfiguración de la izquierda en progresismo, sin embargo, traía consigo una verdad epocal: que esta ya no podía ni interpretar el mundo ni, menos aún, transformarlo. En otros términos, la “izquierda” se convirtió en algo caduco, atávico, petrificado en el largo museo de la infamia y, en cambio, el “progresismo” se volvió algo ajustado a los tiempos en que la clausura revolucionaria estaba consumada y el horizonte neoliberal devenía único y total. A esta luz, el progresismo pudo interpretar el mundo, pero al precio de no poder jamás transformarlo. Se diría que constituyó la cara “social” del neoliberalismo, pero de neoliberalismo, al fin y al cabo, aceptando el presupuesto del fin de la historia instalado por el capitalismo globalizado.

El presente escenario nos confronta con un problema: por un lado, la otrora “izquierda” tenía cierta razón al interpretar el presente en clave “clasista”, pero tales términos se difuminaron bajo la nueva realidad neoliberal en la que precisamente la “clase”, como lugar de enunciación, se pierde (nadie se dice “trabajador” y todos “emprendedores”); por otro, el actual “progresismo” quizás tenga razón en criticar a la antigua izquierda de caduca, al reducir todos los procesos al “economicismo” y no pensar en la diversidad cultural de las sociedades; pero con ello se transforma en otra expresión de la misma oligarquía militar y financiera contemporánea, abandonando así la disputa posible del terreno popular. Dos izquierdas impotentes frente al presente. Una que sufre con él y padece su miseria, otra que disfruta de sus beneficios y se vuelve parte del baile. Pero ambas devienen estrategia moralizante: la primera subraya la “traición” (los vendidos al capitalismo), la segunda critica el “radicalismo” como gesto anti-moderno. Ambas, por tanto, fueron incapaces de interpretar la imaginación popular.

Frente a la impotencia de una izquierda “clasista” pero dogmática y a un progresismo “identitario” pero conformista, las potencias populares fueron abandonadas y ninguneadas. En este registro, surge la organización interna, los movimientos sociales y el conjunto de revueltas que estallan por el globo desde hace un tiempo. La autonomía cada vez más importante y la crítica a los partidos políticos –en virtud de su oligarquización-, devino costumbre.

Es precisamente en ese campo abandonado por las oligarquías donde ingresa la ultraderecha. Bajo los mismos términos con los que se construía la izquierda “clasista”, pero centrándolos en los términos “identitarios” arrebatados al progresismo, la ultraderecha hace su enorme trabajo. Un trabajo político que trastoca la “rabia” frente al abandono y la injusticia por el “odio” que dirige contra un otro (el migrante, el oligarca, el musulmán). La justicia no trata más de la “igualdad” bajo la cual podamos compartir un mundo en común, sino de un conjunto de mecanismos de separación que nos inmunizan de los otros. No habrán políticas orientadas a financiar programas sociales que impliquen recomposición de clases, sino que a construir muros y múltiples mecanismos de aislamiento, centrados en la “familia” o los “individuos”. Peor aún: el mismo progresismo aceitó los canales de la financiarización de las capas populares, transformando los procesos de subjetivación bajo la única premisa que produce el capitalismo: la deuda.

Por eso, la ultraderecha –en sus diversas vertientes: neoliberal como la de Meloni, o la nacionalista como la de Orban- avanza gracias a los procesos aceitados por el progresismo (la financiarización, por ejemplo), constituyendo a la vez el síntoma de una descomposición de la oligarquía tradicional que, sin embargo, es capaz de resguardar perfecta y violentamente sus intereses. Dicho de otra manera: la irrupción de las ultraderechas –el fascismo del siglo XXI- expone el reverso mítico de la violencia sobre el cual se funda el Capital en su fase neoliberal. Por eso, su visibilización no puede ser amable. Siempre todo consiste en amenazas, miedo y terror. Su complicidad con la oligarquía militar y financiera es total, pero aparece como si jugara del lado del pueblo. Y no se trata de que lo “engañe”, como gusta denunciar el progresismo gracias a su fina educación universitaria y su grandilocuencia ilustrada. Se trata de que introduce el “simulacro”: no miente simplemente, sino que nos despoja de la capacidad para discernir entre verdad y falsedad. Como bien advirtió Arendt, nos despoja del “juicio”.

La ultraderecha avanza no solamente porque sea eficaz en sus técnicas afectivas y sus máquinas mitológicas, sino porque, además, capitaliza el vacío dejado por las izquierdas que no han sido capaces de interpretar la violencia contemporánea con la que se intensifica el dominio del Capital: sus guerras imperialistas, subsidiarias, sus devastaciones capilares y su catástrofe planetaria.

Walter Benjamin subrayó algo clave para pensar nuestro tiempo: “La tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción en que vivimos es la regla. Tenemos que llegar a un concepto de historia que le corresponda. Entonces estará ante nuestros ojos, como tarea nuestra, la producción del verdadero estado de excepción; y con ello mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo. La chance de éste consiste, y no en última instancia, en que sus adversarios lo enfrentan en nombre del progreso como norma histórica”.

¿Tenemos un concepto de historia que corresponda a la “tradición de los oprimidos”? Justamente eso es lo que hay que producir. Una “tradición” que parta de la idea de que nuestra historia es la de la catástrofe y que solo asumiendo ese pequeño y feroz detalle, es que podemos tener una “chance” para enfrentar al fascismo. Enfrentarlo a nombre del progreso supone olvidar a los oprimidos y el feroz campo de la lucha de clases en el que se fraguan.

Por esto, no se trata de “volver” a una izquierda clasista como la que prevaleció durante el siglo XX; menos aún, se trata de mantener al progresismo “identitario” tal como está; ni menos aún, se trata de aceptar el avance del fascismo como una fatalidad. Todas, son formas de parálisis.

Volcarnos a la “tradición de los oprimidos” y aferrar las condiciones materiales planteadas por su imaginación es la única chance que podemos tener frente al fascismo: pretender que la política sea pura “representación” sin imaginación, es una apuesta burocrática: el estalinismo de vieja estirpe y el progresismo neoliberal contemporáneo son un mismo proyecto (¿la “cibernética”?): imponen un orden sin mundo, tal como lo hace la ultraderecha.

A esta luz, una apuesta revolucionaria, quizás, no consista más en acelerar la transformación del mundo como sostuvo por siglos el paradigma de la Revolución Francesa heredado de 1789, sino simplemente en abrirlo, posibilitarlo, darle lugar: algo mucho más leve, pero, quizás, absolutamente decisivo.

Rodrigo Karmy / Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile

La Voz de los que Sobran  –  Reflexión y Liberación

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