Julio 18, 2024

Vivir con Esperanza

 Vivir con Esperanza

No resulta fácil vivir con esperanza en un mundo incierto y violento. Es algo que parece muy difícil o casi imposible, para muchas personas. ¿Cuál es la esperanza con que pueden vivir los palestinos que habitan en Gaza, sufriendo los bombardeos genocidas y enterrando miles de muertos, o los ucranianos que padecen los horrores de una larga guerra que sigue y sigue?

Pero, también en medio nuestro la esperanza parece ser un bien escaso; por ejemplo, para los que han apostado por una nueva Constitución que nos una como país y nos permita avanzar juntos a un futuro mejor, o para los que ven diluirse en los fraudes de la corrupción sus sueños de un país mejor para todos, o para los adultos mayores que siguen esperando alguna buena noticia para sus pensiones miserables, o para los que viven el silencioso drama de la depresión que aumenta sus índices en nuestro país, o para las víctimas de la violencia intrafamiliar y la violencia delictual que atemoriza y encierra a las personas. 

No, no es fácil vivir con esperanza de algo nuevo y mejor ante el desencanto de muchos, ni ante el panorama de “más de lo mismo” que toma nuevas formas cada día. Entonces, muchos viven ansiosamente buscando “algo” que sea entretenido y que les ayude a soportar el cansancio del “más de lo mismo”, mientras otros buscan en las entretenciones -de cualquier tipo- adormecerse y dejarse llevar por la corriente y sus inercias.    

Es complicado esto de vivir con esperanza, porque ¿de dónde sacar motivos para una esperanza verdadera y cierta, que no se diluya en ilusiones y buenas intenciones? La sabiduría de los antiguos decía que “ex memoria, spes”; es decir, que la esperanza nace de la memoria, y que sólo podemos construir lo nuevo desde los cimientos de lo que hemos vivido, haciendo memoria de lo nuevo que ya ha ocurrido en nuestras vidas, personalmente y socialmente.  

Que la esperanza nazca, en primer lugar, de la memoria significa algo muy sencillo. Es algo así como que creo y espero en la bondad y sentido de justicia de los seres humanos, porque he conocido muchas personas que son así, buenas y justas; significa que creo y espero en el amor, porque tengo experiencias de amar y sentirme amado; creo y espero en la capacidad de bien de las personas para ir haciendo una vida mejor, porque tengo experiencias de que la colaboración y la solidaridad son posibles, y nos hacen bien a todos.

Este domingo en las comunidades católicas se lee un pasaje del Evangelio en que Jesús llama a vivir con la lámpara encendida para acoger al Señor que viene y se hace presente en nuestro mundo, y para eso contó una parábola tomada de las costumbres de esa época en la celebración del matrimonio: el novio, con sus parientes y amigos, llegaba a buscar a la novia que lo esperaba en su casa con su familia y amigas que la acompañaban a la casa del novio, donde se celebrara un banquete. Como todo esto ocurría después de la puesta del sol, se necesitaba luz, se necesitaban lámparas encendidas. El problema en la parábola es que el novio se atrasó y las diez jóvenes que esperaban se adormecieron, cuando llegó el novio sólo cinco de ellas tenían aceite de repuesto y pudieron encender sus lámparas y entrar al banquete. Lo importante, entonces, es tener luz en la espera, y para eso hay que tener aceite en la lámpara. 

La esperanza que nace de la memoria lúcida mantiene la lámpara encendida, es aceite de buena calidad para tener de reserva en medio de la noche; es una esperanza realista y confía en el futuro, aprovecha las nuevas circunstancias y medios para enfrentar creativamente los problemas. La esperanza que nace de la memoria es creativa y fiel, porque el aceite de esa lámpara es la que hace memoria del bien, de las buenas obras, de la solidaridad y del amor que están escritos en la historia personal y social.

Entonces, podemos ver que la esperanza no se improvisa ni es un sentimiento de optimismo fugaz, sino que nace de una historia de encuentros, servicio, entrega y solidaridad. De ahí que la fe, como memoria viva y presente del encuentro con el Señor Jesús, es la que -en primera y última instancia- mantiene encendida la lámpara en medio de las tensiones y cansancios de la espera en la noche. Como lo escribía el apóstol Pablo a su discípulo Timoteo: “¡Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos!”, y como lo pedía el sencillo Francisco de Asís: “ilumina, Señor, las tinieblas de mi corazón, dame una fe sincera, una esperanza cierta y un amor perfecto”.

Marcos Buvinic – Punta Arenas

La Prensa Austral – Reflexión y Liberación

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