Abril 15, 2026

Los nuevos judaizantes

 Los nuevos judaizantes

Álvaro Ramis.-

En las cartas paulinas encontramos una de las disputas teológicas más apasionantes del cristianismo naciente. Los llamados “judaizantes” —aquellos creyentes de origen judío que exigían a los gentiles convertirse primero al judaísmo para ser verdaderos cristianos— recibieron de Pablo la respuesta más contundente de todo el Nuevo Testamento. “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud”, escribe a los Gálatas con una urgencia que delataba lo que estaba en juego: la esencia misma del Evangelio.

Hoy, como entonces, han aparecido nuevos judaizantes. No visten como fariseos del siglo I ni predican la circuncisión. Visten trajes de políticos republicanos, pastores de megadollars y activistas sionistas, y predican algo más peligroso: que el Estado de Israel moderno —con sus políticas de ocupación, apartheid y ahora acciones calificadas por tribunales internacionales como genocidas— merece apoyo incondicional porque así lo exige una particular interpretación bíblica.

Son los nuevos judaizantes del siglo XXI, y es urgente desenmascarar su herejía.

El mismo error, distinto disfraz

Recordemos el núcleo del argumento paulino contra los judaizantes originales: la salvación no viene por la adhesión a una identidad étnico-religiosa, ni por la observancia de una ley nacional, sino por la fe en Jesucristo. Pablo defendió con su ministerio y su pluma que el Evangelio era para todos, judíos y griegos, sin que unos tuvieran que someterse a las marcas identitarias de otros.

Los nuevos judaizantes cometen el mismo error teológico, pero invirtiendo los términos. Si los antiguos querían que los gentiles se hicieran judíos para ser cristianos, los nuevos quieren que los cristianos apoyen incondicionalmente al Estado de Israel para ser fieles a Dios. En ambos casos, se confunde el Reino de Dios con un proyecto político-territorial. En ambos casos, se ata la fe a una ideología nacionalista. En ambos casos, se niega la universalidad del Evangelio.

El sionismo cristiano: herejía disfrazada de profecía

El sionismo cristiano, esa corriente mayoritaria en ciertos sectores evangélicos estadounidenses que encuentra su máxima expresión política en figuras como Donald Trump, sostiene que el retorno de los judíos a Palestina y la creación del Estado de Israel en 1948 son el cumplimiento de profecías bíblicas que precipitarán la segunda venida de Cristo.

Esta postura, que ha encontrado en la embajada estadounidense en Jerusalén y en los Acuerdos de Abraham sus expresiones políticas más celebradas, contiene varios problemas teológicos graves:

1. Confunde Israel como pueblo de Dios con el Estado de Israel: La Biblia habla de un pueblo elegido, no de un Estado-nación moderno con ejército, fronteras y políticas migratorias. Identificar ambos es un anacronismo teológico de primera magnitud.

2. Espiritualiza el genocidio: Al considerar que la expansión territorial israelí y el desplazamiento del pueblo palestino son “señales proféticas”, estos teólogos de pacotilla bendicen de facto la limpieza étnica y la violencia. Como bien señalan críticos desde dentro del evangelicalismo, “apoyar a Israel incondicionalmente es confundir la profecía bíblica con la política del Likud”.

3. Olvida a los “otros”: ¿Dónde están los palestinos cristianos en esta narrativa? Son invisibilizados, borrados de la geografía teológica, víctimas colaterales de una profecía que los condena al exilio o la sumisión.

El trumpismo como brazo político del nuevo judaizantismo

La alianza entre Donald Trump y ciertos sectores del sionismo cristiano no es casual ni meramente electoral. Es una alianza teológica. Cuando Trump reconoció Jerusalén como capital de Israel y trasladó allí la embajada, no estaba haciendo simplemente política exterior: estaba ejecutando una visión del mundo compartida por millones de evangélicos que ven en cada asentamiento ilegal una piedra más en la construcción del Reino.

Esta alianza ha tenido consecuencias mortales. El llamado “acuerdo del siglo” de Trump para Palestina era, en palabras de sus críticos, el entierro definitivo de la solución de dos Estados. Y todo ello bendecido por pastores que veían en las políticas de Netanyahu el cumplimiento de las promesas divinas.

Pero, ¿qué diría Pablo ante esto? Probablemente lo mismo que dijo a los gálatas: “Me maravillo de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, siguiendo un evangelio diferente”.

El antídoto paulino para nuestro tiempo

La carta a los Gálatas nos ofrece también el antídoto contra esta nueva herejía. Pablo insiste en que en Cristo “no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer”. Aplicado a nuestro contexto: en Cristo no hay israelí ni palestino que valga más a los ojos de Dios. En Cristo, el muro de separación ha sido derribado, no reforzado con hormigón y checkpoints.

El Concilio de Jerusalén (Hechos 15) fue el primer gran debate de la Iglesia sobre identidad y fronteras. La conclusión fue clara: los gentiles no tenían que hacerse judíos para ser cristianos. Hoy deberíamos celebrar otro concilio que declare algo igualmente liberador: los cristianos no tenemos que hacernos sionistas para ser fieles. Podemos —debemos— amar al pueblo judío sin bendecir las políticas de un gobierno que viola sistemáticamente el derecho internacional.

Judaizantes ayer, sionistas hoy: la misma trampa

Lo que une a los antiguos judaizantes con los nuevos es la tentación constante de identificar el Reino de Dios con un reino de este mundo. Los primeros querían un cristianismo con las

marcas identitarias del judaísmo. Los segundos quieren un cristianismo al servicio de un proyecto geopolítico. Ambos olvidan que “mi Reino no es de este mundo”, como dijo Jesús ante Pilato.

La Iglesia católica, especialmente desde Nostra Aetate, ha recorrido un camino de diálogo y respeto con el judaísmo que rechaza cualquier forma de antisemitismo. Pero ese mismo documento nos llama a no confundir el apoyo al pueblo judío con el apoyo a proyectos políticos concretos. Podemos analizar las raíces judías de nuestra fe sin bendecir las decisiones criminales del gobierno de Netanyahu.

Conclusión: Recuperar el Evangelio

Los nuevos judaizantes, los sionistas cristianos que apoyan a Trump y bendicen el genocidio en Gaza, necesitan escuchar el mismo mensaje que Pablo dirigió a Pedro en Antioquía cuando, por miedo a los judaizantes, se apartó de los gentiles: “Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?”.

Parafraseando: si vosotros, que predicáis un Evangelio de paz, apoyáis políticas de guerra y ocupación, ¿por qué obligáis a la Iglesia a convertirse en cómplice del genocidio?

Ha llegado la hora de desenmascarar a los nuevos judaizantes. Ha llegado la hora de recordar, con Pablo, que la libertad con que Cristo nos hizo libres no puede ser atada a ninguna bandera, a ningún muro, a ningún proyecto de muerte. Que el Evangelio es para todos, también para los palestinos. Que Dios no bendice el apartheid. Que la profecía bíblica no es una coartada para el crimen.

Y que, como advirtió Pablo a los gálatas, “si alguien os predica un evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema”. Incluso si viene vestido de republicano, con la Biblia en una mano y el cheque del lobby israelí en la otra.

Álvaro Ramis – Santiago de Chile

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