Dilema cristiano / Paul Buchet
En la mayoría de los discursos religiosos es fácil discernir si se busca reforzar la fe personal (la subjetividad) o si se exhorta mayormente a la solidaridad (el altruismo). Cada uno puede descubrir estas alternativas en su propia religiosidad personal, en las pastorales de las iglesias y con mayor relevancia en las relaciones ecuménicas.
San Pablo en sus cartas supo exaltar el “Amor” (Ágape) como camino de excelencia: una fe viva con obras. Sin embargo, los cristianos vivimos, a menudo, los mandamientos en dos “tablas” distintas: amar a Dios y al prójimo. Esto resulta un verdadero dilema. En otras religiones, no existe esta dualidad, cada uno busca su santificación individual a través de ritos y disciplinas tradicionales y populares. Otros creyentes esperan “su” bienaventuranza por el fiel cumplimiento personal de los imperativos divinos dictados por sus dirigentes, otros también, se congregan preservándose de la maldad del mundo formando grupos elitistas.
En realidad, el cristianismo es la religión que asume el desafío de unir lo divino y la humano en un mismo “Amor”. Por cierto, desde la Reforma, los hermanos evangélicos predican una salvación individual por la “sola fe” en Jesucristo (sostenida por la lectura personal de la Biblia), su comunitarismo refuerza su hermandad y su singularidad. Ellos preconizan un proselitista personal y grupal.
Los católicos, confesamos la misma fe en Cristo con una cohesión mayormente institucional (la Iglesia), tradicional, doctrinal, sacramental, devocional…La caridad, se concibe comúnmente como generosidad individual u organizada (Caritas). La difusión de la fe, ayer, estaba a cargo de “misioneros”, hoy, se busca implicar los laicos para una “nueva” evangelización. Pero la secularización y la democracia acentuaron las diferencias entre una la fe creída, una fe compartida, una fe difundida y una fe testimoniada por las obras.
Es necesario volver a los evangelios para recordar el amor de Jesús: su particular unión filial a su Padre y su amor para los enfermos, los pobres, los niños, los pecadores…el amor a Pedro, Juan, Tomas, Lázaro, Magdalena… y todos los demás, Jesús mandó evangelizar a todas las naciones porque su amor divino-humano abarca toda la humanidad. Él inauguró el Reino de Dios y encargó a sus discípulos promoverlo universalmente e históricamente (‘estaré con ustedes hasta el fin del mundo’. Mateo 28:20). Las cartas que escribieron los apóstoles en los años 80-100 testimonian de un compartir de fe, una solidaridad testimonial de la espera del egreso próximo de Cristo. Demorándose el “fin del mundo”, empezó el tiempo de la Iglesia, el tiempo, primero, de buscar “convertir” los reinos de este mundo y de no lograrlo, siguieron divisiones y rivalidades. La cristiandad se instaló en la misma inconsecuencia de una fe carente de obras.
La mayoría de los monoteístas se contentan con la “idea” de Dios: un ser Supremo, amenazador, justiciero, a veces tolerante pero una fe sin mayor relevancia. En nuestro catolicismo, (para quedarnos en casa) muchos “creyentes” confiesan creer que Dios les ama pero no logran establecer una relación sensible y personal con Él, no lo conocen suficientemente por los evangelios y lo dejan tras las bambalinas de sus diversas devociones y ritos secundarios. Es lamentable que el formalismo institucional, el populismo sacramental y sobretodo los excesos de los cultos a los santos mantengan este “menosprecio” de Dios. Actualmente, muchos católicos, en Latino América, en África… se movilizan para mantener el funcionamiento de su institución eclesial. Practican diálogos de “sinodalidad”, buscan suplir a la falta de clero. Las pláticas y los espacios religiosos en las redes sociales fomentan un pietismo y una moral individualista. En la política, la doctrina social de la Iglesia y su personalismo corrige la herencia del capitalismo y, en la moral, el discurso de los valores (Verdad, Vida, Paz …) postergan el anuncio del evangelio (el Reino de Dios).
Esta auto-critica es mortificante pero honesta. Se recuerda un siglo de católicos más abiertos al mundo: “Rerum Novarum, la Acción católica, les partidos políticos autodefinidos “cristianos”, el discurso para la Paz de Pablo VI en la ONU, la “Gaudium et Spes” del Vaticano II , la teología de la Liberación, Medellín, cristianos para el socialismo… La Iglesia no puede replegarse sobre sí misma. Una verdadera Iglesia “en salida” seria: laicos interpretando su fe “en su misma laicidad”. En todos los ambientes donde trabajan y viven tienen su “sacerdocio propio” por cumplir y de esta forma articular la evangelización. La emancipación de laicas y laicos se postergó demasiado y si el sistema eclesiástico no evoluciona los cristianos seguirán desconocidos, desautorizados y silenciados en todos sus testimonios de amor familiar, de solidaridad por la justicia, la paz, el progreso y el respeto del medioambiente.
Algunas ideas. Numerosos matrimonios religiosos son shows. Conviene abrir diálogos con los bien-casados, los divorciados, los otr(a)s, los jóvenes, …en espacios extra-institucionales de preferencia, para abrir el tema. Al lugar de discutir a favor o en contra del aborto, conviene hacer hablar las víctimas (que hicieron abortos). ¿Y en las leyes: “despenalizar” no sería más cristiano que condenar? En todos los discursos cristianos proclamar que el sistema económico-financiero imperante es, en realidad, esclavitud e idolatría, que las desigualdades sociales es lo contrario de la Caridad, que las violencias en la televisión y la pornografía de las publicidades corrompen la juventud. Y para los adultos mayores, lo mejor es facilitarles espacios para compartir su “sabiduría” de la edad al lugar de distraerlos con fantasías.
Por último, hace falta volver a denunciar el individualismo y el particularismo que gangrenan las religiosidades. Al rezar el Padrenuestro, se habla con Dios de manera muy personalmente: “tu nombre… tu Reino… tu voluntad” … pero no se puede rezarlo “sólo” porque se dice Padre NUESTRO… NUESTRO pan…NUESTRAS ofensas… libraNOS del mal.
Temuco – Chile