Roma: Misa por la paz en Cuba
En la Iglesia San Ignacio de Loyola de Roma, el Cardenal Michael Czerny, prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, presidió este 15 de mayo la Misa por la paz y el desarrollo social de Cuba, organizada por la Embajada de Cuba ante la Santa Sede.
Santa Misa por la Paz y el Desarrollo Social en Cuba
Iglesia de San Ignacio de Loyola
Roma, 15 de mayo de 2026
Hch 18, 9-18; Sal. 46, 2-3. 4-5, 6-7; Jn 16, 20-23.
Hemos escuchado la Palabra de Dios que la liturgia nos ofrece este viernes de la sexta semana de Pascua. Una Palabra llena de perseverancia y esperanza. En el pasaje de los Hechos de los Apóstoles, vemos a Pablo cansado, puesto a prueba, enfrentando la incomprensión y el rechazo. Sin embargo, el Señor le dice: «No temas; sigue hablando y no calles». Es una palabra que sostiene el corazón del creyente en los momentos difíciles. Una palabra que preserva la fe cuando todo parece frágil y precario.
En el Evangelio de Juan, escuchamos otra imagen poderosa: la de la mujer que sufre dolores de parto y luego, al nacer su hijo, experimenta una nueva alegría, capaz de transformar el dolor que había sufrido. Jesús habla así a sus discípulos para prepararlos para el tiempo de prueba, enseñándoles que el sufrimiento de la historia no es ajeno a la obra de Dios y que todo camino humano auténtico hacia la paz y la justicia requiere paciencia, discernimiento y fortaleza espiritual.
Queridos hermanos y hermanas, estimados representantes institucionales, embajadores y autoridades aquí presentes, esta noche presentamos ante el altar del Señor los sufrimientos, las esperanzas y las expectativas del pueblo cubano. Lo hacemos con respeto, sinceridad y profundo afecto por una tierra que conserva una historia rica en dignidad, cultura, sacrificio, fe y resiliencia.
La doctrina social de la Iglesia nos recuerda claramente que la verdadera paz se fundamenta, ante todo, en pilares morales y espirituales, incluso antes que en los políticos o económicos. En Pacem in Terris , san Juan XXIII indicó que la verdad, la justicia, la libertad y el amor son condiciones indispensables para una convivencia humana digna de la persona. Estas palabras conservan una fuerza extraordinaria incluso en nuestros días.
La justicia exige una atención concreta hacia quienes más sufren.
La libertad requiere oportunidades reales de participación, escucha y responsabilidad compartida.
La verdad se convierte en una forma de diálogo sincero, capaz de superar la propaganda, la rigidez y la desconfianza mutua.
El amor abre el camino a la solidaridad, al intercambio de bienes materiales, culturales y espirituales entre los pueblos.
Desde esta perspectiva, cualquier lógica de oposición permanente corre el riesgo de agravar la carga que ya soporta la gente común, especialmente los más pobres, los ancianos, los enfermos y los niños.
El Papa León XIV, en sus recientes llamamientos a la comunidad internacional, recordó que ningún orden estable puede surgir de la fuerza de las armas ni de presiones que humillan a los pueblos; el desarrollo humano, por el contrario, crece a través del diálogo, el derecho internacional, la cooperación entre naciones y la protección de la dignidad de todo ser humano. En este mismo sentido, la ayuda humanitaria debe llegar en cantidades suficientes y sin obstáculos, y jamás debe ser utilizada con fines políticos o geopolíticos.
Durante su visita apostólica a Cuba en 2015, el Papa Francisco también enfatizó, en su histórica homilía en la Plaza de la Revolución de La Habana, la urgencia de situar a las personas reales en el centro de la vida social y política, especialmente a los vulnerables, los heridos y los pobres. Dijo que el servicio «nunca es ideológico», porque surge de una atención genuina al rostro del otro; «no necesitamos ideas, sino personas». Estas palabras siguen siendo tan relevantes hoy como entonces.
El llamamiento de San Juan Pablo II sigue resonando con intensidad profética: «Que el mundo se abra a Cuba y que Cuba se abra al mundo». No era un eslogan político. Era una invitación espiritual y humana a derribar los muros de la incomprensión, a crear espacios de confianza mutua y a permitir que los pueblos se encuentren sin temor.
Esta noche estamos aquí, sobre todo, para orar. Pronto la Eucaristía hará presente el Sacrificio Pascual de Cristo, el Señor crucificado y resucitado que lleva en sí el sufrimiento de los pueblos y las heridas de la historia. A Él encomendamos a las familias cubanas, a los jóvenes que buscan esperanza, a los que están al mando, a todos los que sufren y a todos los que anhelan días más pacíficos.
El Evangelio nos ofrece una promesa: «Tu tristeza se convertirá en alegría». No se trata de una promesa ingenua. Es la certeza cristiana de que Dios sigue actuando en la historia humana incluso cuando prevalecen la oscuridad y la confusión. El Espíritu Santo continúa inspirando a hombres y mujeres capaces de construir fraternidad, reconciliación y caminos de paz.
Oremos, pues, para que la amada tierra de Cuba experimente días de mayor serenidad, auténtico desarrollo humano y social, armonía y esperanza. Oremos para que toda decisión política, económica e internacional se guíe por la sabiduría, la prudencia y la sincera búsqueda del bien común. Oremos para que el Señor transforme los corazones de hombres y mujeres hacia la fraternidad universal.
Y pedimos a Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, tan amada por el pueblo cubano, que acompañe el camino de esta nación con su protección maternal y que vele por todos sus hijos en paz.
Cardenal Michael Czerny S.J.