Tentaciones y corrupciones del poder
No se puede negar la realidad del poder. Hay hombres que tienen capacidad de mandar a los otros y de ser obedecidos.
Consiguen, de hecho, imponer su voluntad a los otros, es el poder. El puede estar encarnado en ciertas personas que individualmente tienen posibilidad de imponer su voluntad a los otros. No obstante, en torno a la persona que detenta el poder hay un círculo de personas que pueden presionar y así, orientar sus decisiones de acuerdo con sus preferencias: ellos también participan del poder.
Las luchas entre el pueblo de Dios y los poderes corrompidos ocupan gran parte de la Biblia y de la historia de la Iglesia. Un poder desviado de su fin encabeza la incredulidad, la oposición a Cristo y a su evangelio, quiere corromper la religión en provecho propio, persigue y mata a los profetas y a los discípulos de Jesús. El poder raramente queda indiferente al desarrollo del evangelio de Cristo. El gesto de Pilatos de lavarse las manos representa una hipocresía. En la realidad el poder pocas veces es neutro. El tiende a reforzar la resistencia del evangelio. Así como Pilatos se tornó instrumento de la oposición de las autoridades de Israel, así también, frecuentemente, el poder político se torna instrumento de la oposición al evangelio, incluso inconscientemente, porque procura fines independientes, busca su fuerza y su grandeza.
La soberbia del poder. El poder aumenta la soberbia de los que lo detentan. Para ellos, es fácil llegar a pensar que ya no son hombres comunes. Procuran afirmarse a través del aumento del poder por el poder. El poder tiende a crecer y sus detentadores procuran una satisfacción personal en el ejercicio de un poder cada vez más absoluto. De no haber fuerzas que se opongan y limiten el poder, éste tenderá a aumentar cada vez más. Fácilmente las clases que detentan el poder adoptan para sí una moral especial, se colocan encima de la ley común, exigen privilegios y se comportan como dominadores y explotadores. Experimentan una satisfacción especial en el ejercicio de la dominación. La Biblia denuncia el ejemplo de los imperios antiguos, pero existen ejemplos más actuales que ilustran los de la Biblia.
El poder lleva a emanciparse de Dios y de la ley de Dios, y a actuar como si el detentor del poder fuese dios, como si fuese el salvador de los hombres, como si tuviese un poder total y absoluto. De esta forma, reyes, emperadores, Estados y dictadores aparecen como rivales de Dios y como falsos dioses.
Los profetas denunciaron los casos de los faraones de Egipto y de los reyes de Asiria y de Babilonia. Daniel denuncia a los reyes que heredan el poder de Alejandro a través de ejemplos alegóricos de los reyes de Babilonia. El Apocalipsis denuncia a los emperadores romanos. Todos ellos afirmaban tener un poder que sólo pertenece a Dios: eran las falsas imitaciones del poder salvífico de Dios y del Mesías. (Ver, p. ej. Exequias, Cap. 28; Daniel, Cap. 3; Apocalipsis, Cap. 13).
Los Estados contemporáneos, imbuidos de la doctrina de la Seguridad Nacional -potenciada por el imperialismo- se consideran un fin absoluto y subordinan todo a su grandeza y al poder de la nación, esto, es, del Estado. Hacen del Estado una falsa imitación de Dios, confiriéndole atributos que sólo convienen a Dios.
El poder se transforma de instrumento de liberación que debía ser en instrumento de dominación. Somete a los ciudadanos al desarrollo de su poder político, económico y cultural, explota el trabajo y lo orienta a la relación de una potencia. El propio poder se deja manipular por las clases ricas y poderosas, que monopolizan la capacidad de presión, Hace alianza con las clases más ricas para repartir con ellas el producto del trabajo; encuentra en ellas sus agentes fieles.
Samuel ya había denunciado esta corrupción del poder cuando los israelitas quisieron adoptar la forma de la monarquía inspirada en el modelo de los Estados vecinos. Samuel sentía que ese modelo sería una corrupción del poder. De hecho, la historia de los reyes de Israel es la historia de la dominación y de la explotación del pueblo de Dios por los propios reyes que él quiso tener para sí.
La historia, a partir de entonces, sólo confirma las palabras ejemplares de la Biblia. La experiencia presente muestra que persiste la corrupción en el Estado; el poder se torna el dominador de los que debería liberar. No sería difícil alinear ejemplos de la historia más reciente. ( Referencias: Deuteronomio, Cap.17, vs. 16-20; I Samuel, Cap, vs. 1-18; Miqueas, Cap. 3, vs, 1,-14; Apocalipsis, Cap. 18).
El poder tiende también a exigir de sus subordinados un verdadero culto. Quiere la aprobación de ellos. Quiere ser proclamado como justo y bueno. No sólo quiere dominar sino que quiere ser aclamado por los que domina. Por eso divulga una ideología que intenta convencer a la población de que es la mejor autoridad posible, de que no hay nada mejor que él y de que todo lo hace para el bien de todos. Elabora una mentira sistemática, para evitar que la verdad sea conocida. Elabora una cultura oficial que glorifica al propio poder y a sus representantes.
En otros tiempos, esta cultura oficial era religiosa: era una religión política que mostraba, en el poder, la encarnación de Dios. El culto al poder formaba parte del culto a Dios. Entre Dios y el poder había una estrecha unión. En los tiempos modernos que son de secularización, el poder recurre a otros argumentos: se presenta como encarnación de la historia, de la liberación de la humanidad, de la necesidad científica.
Sin embargo, todavía hoy, en América Latina, el poder intenta obtener apoyos religiosos que, principalmente en segmentos populares, le dan prestigio y facilitan la obediencia incondicional.
+José Comblin