Agosto 12, 2026

Viento andino a un teólogo libre

 Viento andino a un teólogo libre

A Diego

Diego Irarrázaval Covarrubias, hijo de tres familias, la nuclear de sus hermanos, padres, tíos y sobrinas; la religiosa, hijo de un carisma e historia, la Congregación de la Santa Cruz, encarnada en Chile y bajo una misión concreta; e hijo de una teología, la Latinoamericana de la Liberación. Esos tres ejes no lo definen totalmente, pero sí nos ayudan a entender a un hombre soñador y tan amable, en el sentido de a quienes nos es tan fácil amar.

Su familia, marcada por una profunda búsqueda espiritual, un agudo sentido de la justicia y los Derechos Humanos y teñida por el arte y la sensibilidad estética. Todo ello cabía en Diego y lo hacía, sin duda alguna, un artista. Creo que su teología también fue la de un artista. Una teología juguetona, un poco como la del teólogo brasileño Rubem Alves, precursor silencioso de la corriente liberadora de la fe latinoamericana. Una teología con la cual se puede jugar y entretenerse; una teología creativa, llena de permisos y recovecos. Una teología hermosa, pues sabiendo que se trata de lo más serio que puede haber, también se sabe que eso permite andar por caminos inconcebibles y navegar en aguas imaginarias. Ahora que lo pienso Diego tenía algo del antipoeta Nicanor. Una sensibilidad hermosa para tratar la seriedad de la realidad con un humor tan fino como el mismísimo Dios lo haría. Eso, entre otras cosas, lo hacía tan hermano, tan humano y tan cristiano.

La teología de Diego, como bien sabemos, se reveló en el interior del mundo andino, entre tinkus y sayas, al sabor de la altura y al calor de las piedras. Recuerdo tan bien una exposición de Diego sobre las piedras andinas como imagen de María de Nazaret. De esos vínculos Diego hacía teo-logía, un lenguaje para decir a Dios. Y allá, entre montañas y al viento frío que parte el rostro, Diego se alimentó, motivó y robusteció la Teología de la Liberación, aquella forma única de creer, de sentir y vibrar con la fe en Jesús. Aquella manera que brota de los pobres y nos regresa a ellos para no soltarle la mano al Señor. Esa teología de geografías del Sur tan libre y alegre que han querido crucificar tantas veces. Su anillo negro y su cruz de religioso lo acompañaron siempre, como pequeños símbolos externos de convicciones que se llevan por dentro, como regalos y opciones, compromisos y gozos.

Homenajear a Diego es homenajear a toda una generación, tan llena de rostros y nombres de hombres y mujeres que se atrevieron a hacer teología de otro modo. Ahí me parece que Diego tenía una característica particular: hizo teología con otros. Compartía sus escritos y reflexiones con teólogos jóvenes, consultaba, preguntaba, conversaba como una verdadera pedagogía de Emaús. ¿Qué podía decirle un joven que iniciaba su vida teológica a Diego con toda su trayectoria de coherencia y vida? Pero él, en un permanente acto de kénosis volvía a acercarse, compartir y preguntar. Esa forma de generar pensamiento que es también una metodología es, sobre todo, una actitud interior que solo se comprende en alguien muy arraigado al Evangelio. En el fondo es vivir de una manera tan horizontal y cercana que desajusta jerarquías y listones. Es saber que la búsqueda de la verdad es compartida y que somos todos, absolutamente todos, navegantes en el mismo barco.

Al final de sus días Diego apoyó iniciativas teológicas con jóvenes, seguía escribiendo y soñando con su nuevo libro de teología; no es exagerado decir que fue un precursor en lo que hoy llamamos interculturalidad y que hizo teología decolonial e incluso ecoteología antes de que estos temas resonaran con fuerza. Diego iba adelante, pero con pasitos pequeños. Miraba lejos, preguntando al lado.

Es evidente que estas líneas se quedan cortas para homenajear la vida que Diego vivió, padeció y celebró. Perseguido por la dictadura civil militar chilena, coordinador de la Asociación de Teólogos/as del Tercer Mundo (ASETT), militante en Cristianos por el Socialismo, cooperador en el Comité Pro Paz, miembro del comité editorial de la Revista Concilium, coordinador del Instituto de Estudios Aymaras en Perú, miembro de Amerindia, asesor en Bendita Mezcla, profesor universitario, colaborador en parroquias… Es solo un homenaje sentido a un amigo querido, a un maestro en el quehacer teológico y a un compañero de camino en el discipulado de Jesús.

Pedro Pablo Achondo M. / Teólogo.

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