Jesús y sus más fieles seguidoras
Con Jesús las mujeres se convierten en sus más fieles seguidoras, responden a su llamada y a la misión, desde los comienzos en Galilea, hasta el final, al pie de la cruz. En la Biblia, ya clamaba con indignación Miriam, la hermana de Moisés: ‘Acaso Dios le ha hablado sólo a Moisés?¿No nos ha hablado también a nosotros?’ (Num 12,2).
Las mujeres están presentes en todas las cruces del mundo y convierten en resurrección allí donde hay muerte y tumbas vacías. Son portadoras de esperanza, de transformación cuando nada se espera y otros se esconden en los cenáculos seguros, por miedo a los poderosos. Son interlocutoras válidas de la Palabra de Dios, enseñan, crean y recrean nuevas formas de ver, escuchar y actuar, aun sin ser reconocidas por las autoridades del momento histórico que les toca vivir. Están fuertemente vinculadas a la Ruah-Espíritu en un movimiento dinámico liberador, en los Pentecostés de la cotidianidad, y saben esperar y confiar en ‘que todo terminará bien’.
Queremos ser, a la vez, protesta y propuesta, que va gestando una nueva vida y una nueva forma de vivirla. Nos reconocemos en las teologías feministas que tienen un discurso y un método, pero queremos hacer algo más que un discurso: ser y situarnos como mujeres en la sociedad, en el mundo.
Seguimos trabajando por una Iglesia enraizada en el Evangelio: abierta, inclusiva, misericordiosa, igualitaria, justa, profética y comprensiva, a la que todos/as estamos invitados/as. Como mujeres bautizadas y adultas en la fe, no sólo queremos tareas sino también responsabilidades, con todos los derechos y deberes que emanan de ejercerlas, incluso el de equivocarnos. Compartimos nuestra identidad en la reciprocidad, el reconocimiento de nuestro ser mujer y en la unidad, trabajando, codo con codo, con nuestros hermanos y hermanas en la fe.
Tomar la palabra, recuperar la memoria, dar razón de nuestra esperanza y hacernos visibles, es el reto que venimos aportando las mujeres desde hace muchos años, con paciencia y prudencia, pero sin renunciar a hacer una crítica perseverante de todo aquello que falsea las relaciones y deforma las mentalidades. Porque no son las costumbres ni las tradiciones, las que nos harán libres, sino la verdad.
Trabajamos como mujeres que vivimos en plenitud nuestra fe, con todo nuestro cuerpo y nuestras capacidades, haciendo Teología y expresando la realidad más profunda de Dios desde el corazón, desde el hondón, no sólo desde la cabeza. Y la expresamos con una palabra autorizada, con gestos auténticos, decisiones valientes, un caminar libre y comprometido.
La Iglesia debería acoger y aceptar otras formas de relaciones humanas: parejas de hecho, divorciados, familias monoparentales, homosexualidad y colectivos excluidos secularmente, con misericordia, sin juicios, sin condenas. El referente es el mismo Evangelio, en el que apenas hay alusión a la sexualidad y sí, y de forma rotunda y definitiva, al amor, a la compasión, al shalom.
Formamos parte de asociaciones, grupos, redes a nivel nacional y también a nivel internacional, en América Latina, mostrando que otro tipo de Iglesia es posible, que el Reino es como una gran casa en la que cabemos mujeres y hombres, en la que podemos ser y vivir como hermanos y hermanas, en el intercambio enriquecedor del amor desde el dinamismo del Espíritu-Ruah.
Soñamos con una Iglesia que reconozca la plena participación de las mujeres en la vida eclesial y el ejercicio de cualquiera de sus ministerios, incluido el diaconado de larga tradición en las primeras comunidades cristianas y la ordenación, adaptada a las exigencias y necesidades de hoy. No queremos reproducir el modelo actual del Presbiterado masculino. Una Iglesia que cuente también con las mujeres en los principales órganos consultivos, de discernimiento y de decisión, en los que hoy estamos ausentes.
Creemos en la fuerza femenina de la vida, de nuestra vida, que nos descubre como mujeres portadoras de fuerza y de luz. Es un camino que nos va revelando la verdad de nuestro existir, nuestro sentido y nuestra esperanza.
Creemos que con nuestro trabajo, junto al de otros grupos cristianos, estamos construyendo una Iglesia que respeta la libertad y la adultez de las personas, que debe recuperar los ministerios y no imponga una moral sexual anacrónica e hipócrita; que establece un diálogo sincero con la ciencia y la cultura; que hace posible un ecumenismo real en una sociedad y en un mundo plural.
Seguimos trabajando en la Iglesia y fuera de ella, tejiendo redes de mujeres, editando libros, colaborando en publicaciones, impartiendo cursos, encuentros, convivencias y seminarios…, como Pueblo de Dios, comunidad de iguales, comprometida con la Justicia, la Paz y la integridad de la Creación.
El acontecimiento de Jesucristo, es esencial en la vida de todo cristiano/a. En consecuencia, una espiritualidad que incluye pasión por el Dios revelado en Jesucristo y pasión por el ser humano. Una nueva forma de contemplar al ser humano desde el corazón de Dios, no con la mente sino con la compasión y la capacidad de respuesta que provoca en nosotros/as el sufrimiento de las víctimas.
Somos herederas de la enseñanza de Jesús, que ‘pasó por la vida haciendo el bien, curando enfermos o combatiendo las fuerzas del mal, porque Dios estaba con él’. Su misericordia se concreta en la nueva justicia y su mística tiene consecuencias políticas.
Unir la opción preferencial por los excluidos/as y la experiencia fundante de Dios: una espiritualidad profética-política.
A través de las mujeres de la Biblia, tanto del Primer como del Nuevo Testamento, constatamos que el Espíritu-Ruah nos impulsa a establecer relaciones de reciprocidad basadas en el respeto mutuo, el compañerismo, la fraternidad-sororidad, el respeto hacia lo diferente, la amistad, la acogida…
Un nuevo modelo de Iglesia, comunidad cristiana, donde todos los bautizados tienen la misma dignidad, con diversos ministerios y carismas. Es el Espíritu quien la guía, no el clero. Lograr el reconocimiento efectivo de que todo miembro de la Iglesia es responsable de la misión evangelizadora ya que todos, mujeres y hombres, hemos sido convocados para cumplir la misión que Jesús Resucitado ha confiado a sus discípulos/as.
Las mujeres, haciéndonos eco de esa misión inaplazable, recreamos y participamos en celebraciones diferentes, con otro lenguaje, otros símbolos, formulaciones personalizadas que reflejan la abundancia de la experiencia de Dios en nosotras. No son celebraciones paralelas, sino la expresión de la hondura del Misterio que acontece en todo ser humano en el mundo que nos toca vivir.
Finalmente, percibimos que Dios-Abbá establece en la intimidad de cada ser humano una alianza perpetua. En virtud del bautismo descubrimos nuestra filiación como hijas queridas de Dios: ‘Eres mi hija amada’. Nada ni nadie podrá dañar, ni manipular, la divinidad que nos constituye en nuestro Ser Uno/a con Dios. El vínculo de unión de Dios con el ser humano no puede romperse nunca, es uno de los ejes de la reflexión y praxis teológica.
María Luisa Paret