Octubre 13, 2026

¿Giro a la derecha en América Latina?

 ¿Giro a la derecha en América Latina?

Tras el punto álgido de la segunda marea rosa, alcanzada entre 2021 y 2022 con las victorias de Gabriel Boric en Chile, Gustavo Petro en Colombia y el regreso de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, el continente ha cambiado rápidamente de rumbo.

En apenas unos años, el eje político del continente ha cambiado drásticamente. Javier Milei gobierna Argentina; José Antonio Kast ha restablecido el derecho al poder en Chile; Rodrigo Paz ha puesto fin a veinte años de hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia; Abelardo de la Espriella ha ganado la presidencia de Colombia tras el primer gobierno de izquierda en la historia de ese país sudamericano; Daniel Noboa ha sido confirmado como presidente de Ecuador; Nayib Bukele en El Salvador sigue representando el modelo de seguridad más influyente de la región; Nasry Asfura ha devuelto el gobierno de Honduras al Partido Nacional; Santiago Peña ha consolidado el dominio del Partido Colorado en Paraguay; Keiko Fujimori ha regresado a la presidencia de Perú, rehabilitando la dinastía presidencial inaugurada por su padre Alberto Fujimori en 1993.

Desde principios del siglo XXI, resulta difícil identificar un momento en que el centro de gravedad político de América Latina se haya desplazado tan drásticamente hacia la derecha. Sin embargo, interpretar este escenario como una simple alternancia entre gobiernos progresistas y conservadores sería simplista. Lo que está surgiendo es un nuevo paradigma político en el que la seguridad, la desregulación económica y el realineamiento geopolítico tienden a converger.

El primer aspecto es evidente. El auge del narcotráfico, el crimen organizado, la extorsión y la violencia urbana ha convertido la seguridad en la principal demanda social del continente. En muchos países, la promesa de restablecer el orden ha sustituido progresivamente a la de reducir la desigualdad. La seguridad se ha convertido en el principal capital político de la nueva derecha.

El segundo elemento concierne a la dimensión internacional. El reciente anuncio del gobierno peruano de su intención de unirse al Escudo de las Américas, la iniciativa impulsada por la administración Trump para fortalecer la cooperación hemisférica contra el crimen organizado transnacional, representa mucho más que un simple gesto diplomático. Señala el regreso de Washington como principal referente estratégico para un número creciente de gobiernos latinoamericanos.

En la década de 2000, el debate regional giraba en torno a la autonomía latinoamericana, la integración promovida por UNASUR, CELAC y ALBA, y la búsqueda de un mayor equilibrio con Estados Unidos. Hoy, la trayectoria parece haberse invertido. La seguridad se está convirtiendo en el nuevo lenguaje de la cooperación continental, mientras que la relación privilegiada con Washington vuelve a considerarse un factor de estabilidad política y atracción de inversiones. Pero tras este realineamiento, también vislumbramos una transformación de la economía global.

La competencia internacional ya no se limita al petróleo y el gas. La revolución de la inteligencia artificial, los semiconductores y las tecnologías verdes requiere enormes cantidades de litio, cobre, níquel, tierras raras, agua y energía. Latinoamérica posee algunas de las mayores reservas mundiales de estos recursos y, por lo tanto, recupera una posición estratégica en la economía internacional. Las políticas de desregulación, la simplificación de los permisos ambientales, la privatización de activos públicos y la apertura a la inversión extranjera promovida por numerosos gobiernos conservadores están incentivando el acceso del capital privado a estas materias primas. Esto no es solo una cuestión de libre mercado. Es también la respuesta a las demandas de un capitalismo tecnológico que necesita garantizar un suministro estable para respaldar la producción de baterías, infraestructura digital, centros de datos y sistemas de inteligencia artificial.

Detrás de cada algoritmo hay minas. Detrás de cada plataforma digital hay cobre, litio, agua y energía. La revolución tecnológica es mucho menos inmaterial de lo que se suele pensar. En este sentido, Latinoamérica está retomando un papel que le es bien conocido históricamente: el de importante exportador de recursos estratégicos. Las materias primas están cambiando, pero el riesgo es que la lógica de extracción permanezca inalterada.

Finalmente, existe una cuarta dimensión, menos visible pero igualmente crucial: la cultural y comunicativa. La nueva derecha no solo comparte programas económicos o políticas de seguridad, sino también un ecosistema mediático transnacional. Plataformas digitales, influencers, emprendedores de la información y redes sociales construyen diariamente narrativas compartidas sobre delincuencia e inmigración, atacando de forma violenta y sistemática el feminismo, la inclusión social y las instituciones democráticas. La investigación publicada por El País sobre la red mediática creada por Javier Negre muestra cómo la producción de contenido político se ha convertido en parte integral de una estrategia internacional de construcción de consenso.

De manera similar, en su reciente libro La odiocracia. Al fondo a la derecha, la periodista argentina Luciana Peker describe el surgimiento de una verdadera internacional del odio , en la que la polarización permanente ya no es una simple técnica electoral, sino una forma de gobernar el espacio público.

La seguridad, el realineamiento geopolítico, el nuevo extractivismo y la guerra cultural no son fenómenos independientes; son cuatro dimensiones de una misma transformación. Por lo tanto, limitarnos a hablar de un «giro a la derecha» en el subcontinente latinoamericano conlleva el riesgo de pasar por alto la profundidad de este momento histórico. Más bien, la región parece estar convirtiéndose en uno de los principales laboratorios para una nueva configuración del poder global, en la que los intereses geopolíticos, el capitalismo digital, el control de los recursos estratégicos y la generación de consenso tienden cada vez más a superponerse.

Latinoamérica ya no es solo un observatorio de las transformaciones globales. Se ha convertido en un escenario político donde se configuran modelos de gobernanza, campañas de comunicación y estrategias de creación de consenso, que encuentran cada vez más eco en la derecha europea.

Diego Battissesa – Roma / Madrid

Editor