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Creo…La Iglesia… 

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La Iglesia no es la cuarta persona de la Santa Trinidad.

Creemos en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, pero creemos_ la Iglesia. Los credos en latín que sean de Nicea-Constantinopla o el llamado “de los apóstoles” lo decían claramente, se los pueden traducir: Creemos “en” Dios… pero creemos en la Iglesia. La Iglesia no es una persona divina, es una realización humana que Dios promueve. Y si le damos algunos calificativos de “Una, Santa, Católica y Apostólica” es para orientar la fe que tiene que reunirla  y construirla de esta forma.

Esta distinción es importante hacer porque muchas discusiones actuales acerca de la “Iglesia” o de “religión” confunden.

Hablar de “Iglesia” sin precisar de lo que se está hablando confunde porque se  puede referirse a una autoridad eclesiástica, una organización internacional, una institución legal, una confesión religiosa particular, un conjunto de creyentes o  se puede referirse hasta a un edificio, un templo. Demasiado pocas veces la expresión “Iglesia” señala  el designio de Dios con la humanidad,  la Asamblea que Dios quiere reunir para el final de los tiempos,  el Pueblo de Dios que hace historia generación tras generaciones. Hablar del  “Cuerpo místico de Cristo” es  misterioso  y demasiado teológico,  hablar de “Reino de Dios” suena demasiado monárquico para algunos y hablar de “Pueblo de Dios” demasiado democrático para otros.

El Papa Francisco, al final del Sínodo último, volvió a utilizar una definición de la Iglesia algo olvidada pero que muchos de la tercera edad recordarán. La expresión “Nuestra Santa Madre la Iglesia católica” incitaba a la reverencia. El Papa  había utilizada  ya anteriormente esta imagen en una Audiencia general  en el año 2014. Explicó porque la Iglesia es Madre. Primero porque Cristo es el primogénito de una multitud de hermanos, nos ha dado la vida de hijos de Dios en el Bautismo, nos amamanta desde niños con la palabra de Dios, nos defiende contra los peligros de satanás. En esta oportunidad  su referencia es para  enfrentar las críticas excesivas y los ataques a la Iglesia por todas las corrupciones que surgieron. Llama la atención a los críticos y pide que se mantenga un mínimo de  respetabilidad para nuestra “Madre Iglesia “… que no debe ser ensuciada”.

Conmueve descubrir la amargura del Papa Francisco que vive desde la cumbre  los desbordes de las corrupciones eclesiales. Es  como si  “le sacara la madre” para utilizar una expresión un poco vulgar. Esta tristeza profunda es la de no pocos  católicos que tienen las mismas amarguras secretas. Descubrimos que el Papa, hablando de esta manera tan sensible y un tanto pesimista, no defiende su prestigio propio a la cabeza de la institución eclesial, sino que quiere preservar la realización del proyecto de Dios al hacerse hombre, una realización problemática, una realización en crisis pero el propósito de Cristo mismo de salvar a la Humanidad está en pie y no tiene que olvidarse porque es lo esencial de nuestra fe.

¿Tendrá acogida en la cristiandad esta imagen maternal de la Iglesia, particularmente entre los jóvenes?   Es la pregunta que importa hacerse. En realidad el último Concilio fue muy prudente a utilizar esta calificación de “Madre” para la Iglesia. Lo hace habitualmente comparándola a la maternidad de María la Madre de Jesús (Dios). A las complicaciones de esta expresión se suman a las expresiones de la Iglesia como “esposa” de Cristo, “esposa y madre” ¡!. Todas esas expresiones teológicas complican la evangelización porque reproducen el complejo cuadro mitológico de los antiguos donde los nacimientos de seres divinos que se unen a humanas, engendraron, donde la virginidad maternal es celebrada, donde  las diosas tienen su templos y culto…

Las menciones de la maternidad de la Iglesia, a la diferencia de la de la Virgen María que es más popular, son muy propias de los jerarcas de la Iglesia. El concilio recuerda por ejemplo que la recitación del oficio por los clérigos es “el honor rendido de la esposa de Cristo… en nombre de la madre Iglesia”( representada por los clérigos). Esto nos lleva a pensar que esta manera de hablar revela una infantilización de los cristianos. Junto con la paternidad (espiritual) que se auto-atribuyen los sacerdotes, estamos frente a una severa contradicción con la emancipación humana de nuestros contemporáneos. Psicológicamente las fijaciones “en la madre” o “el padre” revelan unas regresiones negativas de los individuos y esto se inscribe socialmente como una religiosidad gregaria e infantil contraria a un laicado adulto. Vale la pena recordar el primer aporte de la chilena participante en  el sínodo recientemente en Roma: pedía a la Iglesia una educación religiosa no infantil.

La teología católica está en deuda tremenda con el pueblo de Dios porque esto de la maternidad de la Iglesia es un ejemplo del atolladero conceptual en que se mantiene el discurso eclesiástico. La Iglesia tiene una pésima postura para comunicarse  para la evangelización. La teología no solamente ha complicado las maneras de expresar la fe pero también ha desproporcionado los temas. Se puede encontrar un ejemplo del desplazamiento de Dios en la valoración de ideas secundarias. Hasta un par de siglo atrás, la devoción mariana se dirigía a la Virgen María como Madre de Dios, se la representaba con el niño Jesús en brazo pero hoy día  se concentra la atención en la virginidad de María: muchas estatuas la figuran sola… Otro ejemplo es la definición de la Iglesia como Pueblo de Dios del Vaticano II, muy poco le han aprovechado los teólogos de esta definición, a lo contrario la olvidaron. ¿Cómo no extrañar que la Iglesia tenga difícil a plantearse en la sociedad actual y se mantenga estructuras obsoletas?

En conclusión de  esta reflexión podemos preguntarle repetidamente a la Iglesia ¿Quién dices que eres? Preguntar a los católicos de todas sus comunidades,  parroquias,  obispados y curia vaticana; ¿quienes dicen que son ustedes? La respuesta a esta pregunta sería  un buen  principio para  la evangelización. (Lectura aconsejada: Hechos 4. 32ss.).

Paul Buchet

Consejo Editorial de Revista “Reflexión y Liberación”

 

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