|Sábado, Septiembre 21, 2019
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Ricos ante Dios 

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Este pasaje evangélico nos da la oportunidad de tener una visión global del mensaje de Jesús sobre el dinero.  Este mensaje se puede concretar en tres aspectos.

En primer lugar,  el texto de hoy hace un planteamiento básico, colocando el dinero en la perspectiva correcta de cualquiera de los bienes  (talentos o sucesos)  de  la  vida  humana:  si  el  dinero  tiene  valor  de  cara  a  la  vida definitiva,  tiene valor:  si no lo tiene  o  la perjudica, no tiene valor  o  es un peligro.   Hay que destacar la radicalidad del sentido escatológico de Jesús. Es la vida definitiva la que marca los valores, y solamente ella.

Esta  doctrina  se  ve  expresada  en  las  sentencias  cortas  recogidas  en el Sermón  del  Monte: “No  acumuléis  riquezas  aquí,  donde  roe  la  polilla  y  roban los ladrones; acumulad  riquezas  para  el  cielo“.

Y más radicalmente: “Si tu ojo  o  tu mano te estorba  para  la  vida  eterna,  córtatelos...”.

La concreción positiva  de esta doctrina  la encontraríamos  en  la  parábola de  los  talentos.  El dinero  es algo  que Dios nos ha confiado;  se espera de nosotros una administración correcta…

En segundo lugar, la parábola del Rico Epulón y el pobre Lázaro muestra un giro violento,  mucho más exigente.   Se trata del que pervierte la finalidad del dinero,  usándolo solamente para su propio disfrute y produciendo con ello  la  desgracia  de  otros.  Es el dinero  pervertido  en su fin  y  la falta de compasión.

La postura de Jesús no puede ser más violenta ni más radical.   Pocas veces en los evangelios encontramos una condena tan dura; se recurre a toda la simbología  tradicional  de  la  condenación  para  siempre,  con  llamas  y tormentos  incluidos.

La base de esta doctrina  se  encuentra  sin  duda  en  la  parábola del juicio final.   El  “a mí  me lo dejasteis  de  hacer”  es  la  sentencia  definitiva  y  su fundamentación:  puesto  que  solamente  podemos  servir  a  Dios  en  sus hijos,  abandonar a sus hijos es rechazar a Dios.

En tercer lugar,  Jesús toma postura de manera  muy inquietante  hablando del dinero en relación con El Reino. “Qué difícil es que los ricos entren en el reino de Dios: le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino”.

Hasta aquí tratábamos de salvar o tirar la vida;  ahora tratamos de seguir a Jesús,  de aceptar la misión.   Aquí se trata ya  de  la  consagración al Reino; todo para el reino:  las cualidades,  el tiempo,  lo que se posee…

Y  es  aquí  cuando  Jesús  habla  de la riqueza  como  peligro,  como  droga. La escena en que todo esto  se personifica  es la del joven rico:  muy  buena persona,  buen cumplidor de sus obligaciones;  daría  sin  duda abundantes limosnas, pero no va a entrar en el Reino; es demasiado rico.

Hagamos todavía algunas reflexiones.
Leamos correctamente la historia: durante siglos, la apariencia de la iglesia ha sido de riqueza.  La Iglesia ha sido más bien la jerarquía y las clases altas y  poderosas.  Y  cuando  se  producen  las  grandes  revoluciones  obreras, la  clase  obrera  en  masa  se  aparta  de  la  Iglesia  mientras  la  burguesía acomodada  permanece  en  la  Iglesia.

¿Qué ha pasado con el evangelio?   ¿No debería ser al revés?   Incluso  hoy se siguen haciendo afirmaciones tales como “la opción preferencial por los pobres”. ¿Pueden los pobres hacer una opción preferencial por los pobres? ¿Por qué  se  puede  hacer,  de  forma  tan  descarada,  esta  afirmación, dejando  claro  que  los  que  hacen  esa  opción  son  ricos?

Occidente  es  rico:  y  por eso  no  puede  entrar   en  el  Reino.  Occidente  ha  perdido  el sentido de  la austeridad,  se ha instalado  en  esta vida para disfrutar  de  ella  lo  más  posible.   Su  verdadero  dios  es  la vida cómoda, cuando  no  el  puro  consumo.

La iglesia de Occidente  “subsiste”  solamente en comunidades  o  personas muy marginales  poco contagiadas  del  nivel  de  vida  general.

A  este  occidente  sólo  le  puede  salvar  la  compasión.  La  constante presencia de noticias e imágenes sobre las atroces necesidades  del mundo son  la  Palabra  de  Dios  más  urgente  que  recibimos.   Responder  a  esa Palabra,  sin embargo,  suele  limitarse  a  darles  algo  de  lo  que  nos sobra  (¡¡ ni el 0’7 % !!).   Solucionamos   un   poco   de   sus  necesidades  y tranquilizamos  la  conciencia, pero seguimos adorando al mismo dios: vivir lo mejor posible.

La  situación  de  Occidente  (el Norte,  el  Primer Mundo… como  se  quiera decir)  se  ve  atacada  por  los  tres  posicionamientos  del evangelio: desde luego, de entrar en el Reino, nada,  mucho,  muchísimo  de  acumular  aquí, donde  roe  la  polilla  y  la parábola  del  rico  Epulón  que  nos toca muy de cerca: con lo que consumimos y tiramos no solamente embotamos nuestro espíritu sino que creamos la miseria del resto del mundo  y  destruimos  el planeta. Este debe ser un tema de permanente concienciación en la iglesia.

Viviendo  como  vivimos,   ¿cómo  podremos  acercarnos  a  comulgar  con Jesús,  con  Jesús  crucificado  al  que  nosotros  crucificamos?

¡Qué estupenda frase termina el evangelio de hoy!   “Ser  rico  ante  Dios“.

Nos  invita  sin  duda  a  una  inversión  de  valores en nuestra manera de considerar a las personas y a nosotros mismos. Admiramos y respetamos la salud, la juventud, la fama, el dinero, el poder, la popularidad. Las revistas y los programas de radio o tele que se dedican a la vida social se hartan de exhibir estos ídolos. El empresario triunfador, el cantante del momento, el artista de cine, el personaje popular sin más… tantos y tantos y tantos, que encarnan al “rico ente el mundo”.

¿Quiénes son  “ricos  ante  Dios”?   ¿Con  qué  ojos  mira  Dios  a todos esos “ricos”?   Sin duda  con una enorme compasión,  como  se  mira  a  un  hijo tonto;  con una enorme preocupación, como se mira al hijo atolondrado de incierto futuro;  con una enorme angustia,  como se mira  al hijo  cruel que produce daños irreparables a los demás.

Debemos pedir los ojos de Dios para valorar a las personas, a los ídolos, a los modelos.

+ José Enrique de Galarreta, S.J.

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