|Martes, Agosto 20, 2019
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Volver a la Raíz, Volver a la Alegría 

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Que los católicos son considerados como personas fomes, sin gracia, con una tendencia a la amargura y a visiones más cercanas a lo trágico es algo que no tiene ningún atisbo de novedad. Lo que es bastante llamativo es el hecho de que a nadie (o a poca gente, no seamos tan radicales) le interese el tema; es más, las soluciones que se ponen a la mesa son más bien tangenciales, siendo la desilusión o la resignación reacciones tan lastimeras para evadir y salir ante tal problemática.

                ¿Dónde quedó lo eminentemente evangélico (es decir, la alegría de recibir una buena noticia, que cambia la vida, el corazón que mueve a una conversión que significa un mundo mejor, una mejor relacionalidad, una esperanza que es a toda prueba y supera cualquier dolor, cualquier tragedia y que va más allá de esta vida)?. Sigo pensando e interrogando: ¿Dónde quedo todo eso? Más aún, la pregunta va en la dirección de si alguna vez existió esa alegría, no la contemplativa de quien logra perfectas abstracciones o logra grandes razonamientos, sino de aquél que ha logrado la plenitud y autenticidad humana, la alegría que abarca los múltiples aspectos de la vida.

Seamos francos: somos fomes. No en cuanto a cantos, a liturgias que se esfuerzan en provocar aplausos, risas y salir con conciencia de la felicidad que se ha vuelto la exigencia más hermosa (no esa alegría inconsciente de los que, literalmente, barren el piso con los cuerpos durante algún arrebato “del Espíritu”, tema para otra ocasión). Es una actitud que la historia y cierta perniciosa catequesis ha inculcado en los cristianos. En el fondo: creer que la “solemnidad”, el “decoro” en la liturgia, la doctrina de “la-risa-abunda-en-la-boca-de-los-tontos” de algunos moralistas, es decir, de todo lo que no permite la movilidad de ningún músculo sin una perfecta coordinación maquinal (mucho menos el músculo risorio), en favor de una supuesta aprobación divina, ha sido un veneno que ha intentado cubrir con su pócima el espíritu del Evangelio, la Buena Nueva… Y se supone que la buena nueva trae algo más que un espíritu compungido, y no es precisamente el anhelo de la autotortura masoquista.

Felicidad y salvación, en el hoy, en el ahora y más allá

La felicidad y el cristianismo no han tenido las mejores relaciones, ni tampoco se han asociado de primeras en cualquier ejercicio intelectual, o en base a la experiencia general de la misma vida, en el ámbito comunitario, personal y en relación con otras realidades del mundo.

Este problema ha sido mostrado en expresiones donde lo cristiano se califica como “enemigo de la felicidad”, “vehículo de infelicidad, al menos de infelicidad terrenal”, lo que implicaría renunciar a toda felicidad, en esta vida; en el fondo, se podría argüir que el mensaje cristiano es una oferta de felicidad ilusoria.[1]

La división entre la felicidad y la fe cristiana tiene presupuestos en la modernidad, más que nada en el golpe asestado por Immanuel Kant, el cual establece la no relación entre moralidad y felicidad. Esta imagen de confrontación sería llevada al ámbito teológico, con la diferencia entre lo que es la felicidad y la salvación. Ambas realidades no tienen ningún tipo de unidad o relación, algo que ya venía desde lo que se considera como “lastre agustiniano”. Esto es, ciertamente, ayudado por una visión de la felicidad como acto abstracto, alejada de toda realidad concreta y. más bien, entendida como un ejercicio racional contemplativo y amparado en la mecánica de causas-efectos, propios de la filosofía escolástica tomista y de sus reformulaciones modernas, como el neotomismo.

El problema es visible, esta disociación adquiere dramatismo en el ámbito más práctico de la pastoral. Pero la duda es manifiesta muchas veces, sobre todo cuando los comentarios anteriormente manifestados brotan. ¿Cómo volver a darse el encuentro entre la alegría del ser humano y la carga salvífica de la Buena Nueva? Las diversas religiones, cristianas y no cristianas, son auténticos caminos para la felicidad[2]. Entonces, si la fe en el Dios de Jesucristo plenifica lo bueno de toda cultura y expresión religiosa, ¿cómo es posible extirpar un aspecto que parece tan normal en un mensaje tan lleno de esperanza ante los males y dolores de este mundo? O, de otra manera más optimista, ¿cómo podemos reencontrarnos con la alegría del Evangelio, la Evangelii Gaudium que el papa Francisco insiste y que cristalizó en un documento, a todas luces fundacional de su ministerio?

Algunas reflexiones teológicas ayudarán a encaminar este retorno a la felicidad, a esta alegría que se necesario reencontrar.

Una nueva Teología de la Creación

Uno de los puntos de encuentro y camino, a la vez, de este redescubrir la felicidad es el espacio de reflexión en torno a la realidad como creación de Dios.

Dios ha creado la realidad que nos circunda, su presencia está dada en el interior de lo creado, que se abre y transparenta ante la vista y la totalidad del Otro-Nosotros, los seres humanos en el plano de la relación[3]. Según Greshanke, citado por Noemí, la creación posee un carácter transparente que es mostración de la salvación que viene, lugar de encuentro con Dios, felicidad del hombre, manifestada en todas las cosas. Es una predonación divina, enraizada en el Dios de la vida, que es tanto de felicidad como de salvación[4].

La creación de Dios es por amor y pura gratuidad[5], y hablar de la misma gratuidad es acto autorizado por las huellas de dios presentes en la creación, que nos hablan de esa realidad, la creación misma es un espacio por el cual no hemos hecho más que recibir, como regalo del Padre, como otra dimensión de relación de aquél que ha sido creado “a imagen y semejanza de Dios”, pura relación.

Lo gratuito, se ha dicho, es fuente de alegría. Si bien, la satisfacción del fruto de aquello que es obtenido por causa del trabajo es una experiencia gratificante, la sola manifestación de lo que es gratis es eso: manifestación, una verdadera epifanía cargada de sorpresa, que sobrepasa lo normal, y cae en el descubrimiento sorpresivo, un descubrimiento que no es miedo, terror o angustia, sino la paz y la alegría. La creación, en ese sentido, no es obtenida de manera laboral, si bien somos llamados a la responsabilidad en cuanto co-creadores y administradores. Es una expresión de amor, de muestra de algo que supera la misma laborabilidad, es la sonrisa del niño que no esperaba un dulce, un juguete. Es un regalo, lejos, y los regalos producen alegría, que ya parte de un encuentro propiamente tal.

Dios crea por amor, gratis, y, en ese sentido, estamos autorizados a hablar de gratuidad, pues vemos las huellas de Dios en lo creado. Se trata de una clave importante para creer y pensar la felicidad desde lo teológico, pero es importante lo siguiente: “Dios como felicidad del ser humano” puede acusar un problema, pues eximiría a la persona de su propia autonomía creatural. Este asunto trata de Dios, pero también involucra al ser humano, a la responsabilidad humana, a la convivencia con los demás; se trata de los otros/nosotros[6]. Así, desde el punto de vista de la escolástica tomasiana, el Desiderium naturalis summi boni no se trataría de sólo una especie de búsqueda del bien en una clave de ineludible encuentro con el Bien Sumo (Dios); es también la búsqueda del bien del otro, por cuanto ese deseo del Bien se concretiza en quien es considerado “Imagen de Dios” (Gn 1, 27). No es una atracción que violenta la libertad: es esta misma libertad la que permite contemplar la radicalidad de la existencia del otro, como expresión del Otro, Aquel que (se) da en genuino amor.

Una teología de la felicidad

El Dios de la vida nos ha creado para vivir en convivencia, como comunidad de hermanos que vive y celebra desde la felicidad de los demás, hecha propia. Es una felicidad que también involucra a Dios, dada la argumentación a partir de la Creación. «Estrictamente, la posibilidad de que sea un tema teológico depende de que ella -de alguna manera- consista en Dios. Si la felicidad de Ser Humano no concierne a Dios no tiene sentido un discurso teológico sobre la misma»[7].

¿Cómo involucrar a Dios con la libertad humana, en cuanto la felicidad del ser humano? Esta relación parte desde el anuncio de la proximidad del Reino/Reinado de Dios (cf. Mt 4, 17; Mc 1, 15), que se hace explícito en las Bienaventuranzas (Mt 5, 3-11) y en la actividad taumatúrgica de Jesús. Se trata de una felicidad que proviene de Dios, manifestado como don del Reino que, aunque ya está presente, a su vez manifiesta una tensión que camina a la absoluta plenitud del mismo (el ya-pero-todavía-no). La felicidad, entonces, se presenta en clave de promesa. En la acción de Jesús se manifiesta una «anticipación y experimentable símbolo real de la felicidad-salvación definitiva»[8].

No se trata de una especie de analgésico para esperar de manera quieta el advenimiento de la vida futura y la plena felicidad. Ya en el actuar de Jesús queda claro que se trata de algo que se vive en el presente, en base al futuro de plenitud que ya se manifiesta en el ahora de la vida humana[9]. Esto ha sido un paso arriesgado, pero necesario, ante lo dificultoso de una esperanza que sólo podía colocarse en las realidades últimas, dejándose en abandono la realidad presente, como un lastre que dificultaba la contemplación más excelente del cielo… sin tomar en cuenta las cosas de la tierra. En el fondo, se trataba (y se trata) de un docetismo práctico, que reconoce la salvación como una especie de preámbulo a una verdadera salvación, la del más allá, la de los novissima. Lo demás es una sombra que, en esa perspectiva, debe seguir viviéndose como tal, como un sufrimiento masoquista y preparador. La risa, la fiesta, no entra, definitivamente; y, con ella, la verdadera esperanza cristiana se oscurece, no aparece. La salvación se convierte en miedo y angustia, en ansiedad por algo mayor que es difícil pregustar bajo el signo del temor “religioso”[10].

El Reino de Dios está ya presente, aunque de manera imperfecta. Es una realidad próxima al ser humano, sobre todo a quienes están catalogados como últimos y seres humanos de última categoría (incluso, más lejos, personas sin categoría de tal). Las Bienaventuranzas de Mt 5, 3-11 y el actuar taumatúrgico de Jesús sitúan la felicidad de la vivencia del Reino como felicidad que parte de Dios, como don del Reinado de Dios que actúa y que plenifica esa felicidad. Es un hecho ya presente, pero que a la vez se sitúa en el marco de la promesa. Como una manera de unir la realidad presente con el futuro, la acción del Reino/de Jesús es una anticipación y un símbolo real y experimentable de la felicidad/salvación definitiva[11]. Es un quiebre efectivo contra toda una pastoral de resignación, que llevaba (y que aún hoy lleva, lamentablemente), obviamente, a una tensión emocional que imposibilitaba la alegría esperanzada en el presente.

Pero esta felicidad también concierne a la decisión humana. El ser humano, como criatura, está llamado a una conversión, pues es libre y capaz de la fe (Cf. Mc 1, 15)[12]. No se trata de una salvación mecánica ni objetual, como una acción de autómata ante lo que es el acontecimiento-Cristo, sino que aspira a una respuesta consciente y libre de cada hombre y mujer, a quien ha salido Jesús para ofrecer la libertad del Reinado, la salvación y liberación. Así pues, el Evangelio de Jesús que versa sobre Dios asocia la salvación con la felicidad, que se integran como «momentos de una misma dinámica, que tienen un principio y fundamento en Dios»[13]. El Evangelio y la felicidad humana son indisociables, bajo la premisa de que el ser humano es una criatura dotada de libertad.

El Reino de Dios es, entonces, felicidad del hombre y la mujer bajo el presupuesto que se acoja y articule como fin y plenitud de la libertad humana. Dios fundamenta un régimen y horizonte de «autonomía teonómica»[14].

Felicidad y libertad

La felicidad de la salvación del Evangelio guarda relación con la libertad humana. Libertad y felicidad son una misma realidad en lo antropológico, aunque se distinguen en que la libertad aparece como capacidad humana de apertura (capax Dei), y la felicidad es actualización de la misma libertad.

Esta libertad no corresponde a una autonomía individualista del amor-como-amor-propio, ni tampoco tiene que ver con un presentismo carente de proyección y responsabilidad en clave de futuro. Según Juan Noemí, el mejor concepto para definir la libertad humana en clave de Evangelio es el de libertad según la esperanza. En base a las reflexiones de Paul Ricoeur, la libertad según la esperanza debe explicarse bajo el límite propuesto para el concepto de lo que es la libertad religiosa, que desarrolla en relación a la hermenéutica. En esta libertad existe hermenéutica, en cuanto que esta libertad, perteneciente al fenómeno religioso, no existe sino en el proceso histórico de interpretación y de re-interpretación de la palabra que lo engendra. La hermenéutica explicita los significados que acompañan la explicitación de la palabra fundadora de la proclamación del Kerygma[15]. A partir de esa capacidad hermenéutica, la libertad según la esperanza tiene carácter anticipativo, pues «permite a la vez conjugar tanto su destinación plena como su concreta finitud»[16].

Desde esa relación de finitud humana/infinitud divina – que no es disolución de lo finito en Dios infinito­­- se posibilita «un discurso de Dios como felicidad del ser humano en cuanto recepción de un don-Otro que en su alteridad recepciona y plenifica nuestra propia finitud, y así “es Dios todo en todos” (1 Co 15, 28)»[17].

La clave de todo esto en entender lo que significa o resignifica Dios para todos los humanos, en una reflexión, praxis y pasión que implica un reconocimiento de la felicidad en-Dios en clave de alteridad. La felicidad de Dios es el donarse, es el entregarse y ofrecer, de esa manera, la esperanza ante el dolor y la desesperanza. Entender lo profundo de la libertad vivida en clave de esperanza estriba necesariamente en una vivencia radicalmente basada en la alteridad. En su infinitud Dios se transforma en otro, llevado al extremo de encarnarse y transformarse en el último, en el grito crucificado de quienes no pueden ser felices, por el sufrimiento del propio error y por el dolor que implica la infelicidad doliente causada por otros seres humanos y los sistemas coercitivos.

La fuente de la alegría es la manera en cómo se vive en relación al otro, en relación al amor más auténtico. No se puede hablar de felicidad si lo que prima es el amor «propio», es decir, el dejar en primer lugar de toda acción verdaderamente plena a uno mismo. A partir de la ética del yo-mismo, el selfish inglés, del individualismo, no puede surgir alegría, sino el cansancio de la búsqueda de un rendimiento máximo, de optimización personal… que no involucra a los demás, a menos que se puedan establecer algunos vínculos mínimos y modificables (líquidos, diría Bauman).

Volviendo a lo netamente teológico, esa alteridad generadora de felicidad, ese amor insoslayable y propio del ser de Dios, se transforma en clave hermenéutica para entender esta libertad según la esperanza. Jürgen Moltmann sitúa en el centro de su pensamiento escatológico y ético la resurrección de Jesús. Entonces, en esa clave, se puede entender la libertad según la esperanza como «el Sentido de mi existencia a la luz de la resurrección, es decir, reubicada en el movimiento que hemos llamado futuro de la resurrección de Cristo»[18]. De esta manera, la hermenéutica de la libertad religiosa es una interpretación de la libertad conforme a la interpretación de la resurrección en términos de promesa y esperanza, según Ricoeur[19].

Promesa, esperanza y alteridad es la triada que nutre y moviliza la alegría cristiana, la dimensión del Reino/Reinado. Si no hay esperanza, si no creemos en las promesas que se hacen presente en la vida cristiana (no sólo en base al recuerdo de cosas que pronto pasarán, sino que están en un hoy que mira al futuro), si no expresamos la esperanza en una vida de praxis que nos comprometa y nos lance en la búsqueda y el encuentro con los demás; si no existe lo anterior, la vida de fe se vuelve un rito monótono, en donde, claramente, no cabe en absoluto la alegría, menos la forma más concreta, la fiesta. Es un lugar donde la libertad religiosa sólo es un panteón jurídico de exigencias de supuestos privilegios, sólo por llevar la chapa de cristianos. Si creemos en Jesús como el que cumple y realiza la aspiración a la felicidad, se debe entender, definitivamente y en nuestro creer y actuar, esta misma felicidad como inversión de valores para un mundo que cree que ricos y famosos son bendecidos por ser tales, cuando, en realidad, los felices y quienes están llamados a la dicha por las acciones del reino en Jesús Nazareno son los «ricos» a los ojos de Dios. Es decir, los pobres, los pequeños, los descartados[20].

Fiesta

En la celebración eucarística se suele mencionar al vino como vino «de fiesta»[21]. El texto de Jn 2, 1-11, las bodas de Caná, ponen al vino en el contexto de la fiesta, una fiesta de bodas que posee características mesiánicas. Pero es menester entrar en lo que es la fiesta en sí, y qué tiene que ver con lo genuinamente cristiano.

La fiesta es patrimonio universal, y el cristiano se pone a la par de todos los habitantes de la tierra, en diálogo festivo en cada una de las tradiciones de celebración. Eso no nos hace diferentes de otros grupos religiosos, sociales, de países, naciones y etnias. Entonces, qué es lo distintivo de la fiesta cristiana (lo que debiese vivir cada comunidad que ha recibido la Buena Nueva de Jesús) es la tarea que se cierne sobre quienes reflexionan en la teoría y en la praxis la fe.

El culto al Otro es la liberación misma[22]. En el mundo semita hebreo, la palabra habodah (הדבע) designa tanto la labor cultual como la liberación de quienes son oprimidos. En otras palabras, el culto al Otro es la misma liberación. Por tanto la fiesta del Otro es la alegría por la misma liberación vivida[23]. La liberación es un motivo para la alegría, para el gozo, en donde los pueblos, bailan, cantan, corren, saltan y exultan en alegría por la salida de la prisión, de la opresión. Siguiendo a Dussel, «por ello, nos dice Rosenzweig, los pueblos sólo festejan y recuerdan los tiempos de su liberación; jamás se festejan las conquistas sobre otros pueblos»[24].

Debe dejarse en claro que la fiesta en el sentido más profundo no es un paréntesis dominical al trabajo semanal, un notrabajar[25] (muy común bajo una mentalidad que se sustenta en la sociedad del rendimiento, concepto acuñado por el filósofo Byung Chul-Han). Tampoco es lo apragmático de vivir un como cielo en la tierra, a la manera de un juego de naipes. No se trata de un juego que sirve de paréntesis[26], en donde se dan espacio el «payaso triste» que, siguiendo la imagen del filósofo argentino-mexicano, oculta bajo el ropaje de la supuesta alegría la miseria y angustia que invade su vida carente de la verdadera alegría; y donde aparece, como suele suceder, la «fiesta de los dominadores», la de los que olvidan la vida cotidiana en apariencia, pues son los que triunfan, son los cabecillas de la sociedad, aunque todo sea ficción, un fetiche[27].

La fiesta, al contrario, es una vivencia que surge como respuesta a la liberación, a esa esperanza que ya ha llegado y que camina a la plenitud. La fiesta del pueblo que se libera es la fiesta infinita, inconmensurable, la que mide toda otra alegría y la que permite seguir viviendo[28]. Es el pueblo que celebra el haber visto una gran luz, que vence las tinieblas (cf. Is 9, 1); es el pueblo que, después de las lágrimas, van riendo con las manos llenas de gavilla (cf. Sal 126 [125]); es la impronta mesiánica de Jesús, que demuestra su manifestación mediante los signos de los ciegos que ven, los leprosos que quedan limpios, los sordos que oyen, los muertos que resucitan, y los pobres que reciben la Buena Nueva (cf. Lc 7, 22-23).

No puede existir una fiesta en donde la alegría de las rahamin/vísceras[29] no se expresen. Liberación cristiana – es decir, liberación de todo pecado, de todo mal personal y social, sin disociación de lo humano – es motivo para cantar, para bailar, para correr, para saltar, para exaltar en alegría, pues es fiesta pascual, es salida de la prisión, de la opresión de Egipto, del sistema esclavizador, del campo de concentración, del dolor y sentimiento de culpa interno.

Y es de la manera como llevamos la fiesta, la forma en que se expresa, la mejor enseñanza de lo cristiano, es la expresión genuina del amor de Dios trino, el Dios de Jesús Cristo que envía el espíritu para celebrar y mantener la esperanza contra toda oscuridad desesperanzada. Y es ahí donde el énfasis en lo cristiano de celebrar cobra fuerza, sino en la manera en que vivimos nuestro ser-cristianos en modo de fiesta esperanzada. Es posible que las celebraciones de las comunidades sean meros formalismos o, lo que es peor, sean signo de una des-esperanza, de un cristianismo de salón, seguro de sí mismo de su autorreferencia. En este sentido, llego a las palabras del jesuita Pedro Trigo, el cual sostiene que «[s]i predomina la dinámica meramente atestatoria, como la fiesta se limita a patentizar el verdadero estado del grupo, la celebración puede expresar su carácter jerárquico o la existencia de individualismos o de facciones o el corporativismo o, en el mejor de los casos, la normalidad y la satisfacción. Si no hay un paso a otra dimensión, es decir, a la dimensión fundante y a la dirección trascendente que dinamiza al grupo, no hay propiamente celebración, porque la celebración sólo acontece en ese tiempo de la fiesta, que es heterogéneo al de la cotidianidad, aunque se apoya en él»[30].

La visión de Trigo es clara y radical: es posible que existan las desavenencias propias de toda relación entre seres humanos, pero si se pierden y transforman en el sino de toda la vida de comunidad, simplemente la fiesta agradecida, el encuentro sacramental, la reunión de lo cotidiano entre hermanos y, en fin, toda acción del pueblo (=Liturgia) se diluye, ya no hay celebración. Es solo un discurrir de fechas y situaciones que pasan de ser rutina a una rutina obligatoria, de encuentros de amor, de compartir la fe y la esperanza a un mero ritual que, con todo permiso, no pasa de ser una invocación cargada de amargo temor. Si se pierden los principios teológicos que se mencionó antes, y otros más que la reflexión va sumando, si se pierden en lo menos importante y en la densa niebla de la gravedad y el legalismo, nada bueno puede salir. Y nada bueno está saliendo en nuestras comunidades, nada que sea Buena Nueva, Evangelio, y sus frutos, pues esa alegría no se hace carne, no se encarna en la totalidad de los creyentes y sus vidas, sobre todo en la relación fraterna de los bautizados

No hay que alarmarse, no obstante. Sería un despropósito hablar de esperanza y dar bases desde la fe para, después, proclamar la catástrofe en ciernes. Sólo hay que mirarse, conocer la vida de la Iglesia y ver si atestiguamos esta esperanza, esta felicidad que desde la creación se expresa como ternura y amor de Dios, como gratuidad que salva a todo ser humano, como libertad en la esperanza. Si tomamos el ejercicio de volver los ojos a Jesús de dejarlos fijos en Él (cf. Hb 12, 2)[31], es posible un encuentro que cambie y nos reconvierta hacia la sonrisa, hacia la dicha de ser amigos y hermanos de Cristo Jesús.

«Volver los ojos» a la esperanza del Reino, al amor que Jesús nos tiene por ser quienes somos, es fundamental en la mirada que tienen todos los «otros», los miembros de las comunidades, para transformarnos en un «Nos-otros», en donde lo que prima es la comunión. No se puede hablar de Evangelio, menos de la alegría que provoca, si no hay comunión auténtica, comunión que acepta la debilidad de todos, pero que celebra la gracia del Reino que está, que celebra la vida conquistada por el Nazareno, que vive la liberación de los males de este mundo, los de afuera y los que pueden nacer desde nuestra carne. Estamos en el tiempo del sí incondicional de Dios a la humanidad en su Hijo Jesús, el cual, por lo mismo, celebraba, no como los ricos y poderosos, sino como celebra el pueblo[32], y junto a él gozaba de la vida, de ver cómo se recobraba la esperanza, el gozo de ser acogidos, de ser nuevamente tomados como personas, de poder levantarse y ser, nuevamente, seres humanos[33]. «El cristiano, el verdadero seguidor de Jesús, sabe que siempre hay motivos para celebrar y, más aún, porque estamos en situación de pecado y no podemos dejar que la tristeza se apodere de nosotros»[34].

La celebración, como expresión de comunión, festeja la presencia de la trascendencia en la historia, la presencia de lo que es definitivo y va fluyendo, a pesar de las debilidades y desencuentros propios de nuestras limitaciones y oscuridades[35]. Es, sin duda, «un derramarse sobre la historia de la alegría del Absoluto»[36]. Es pura transparencia divina, un encuentro entre lo trascendente y lo inmanente, el fin de todo dualismo y división ajena, por muy filosófica y «realista» que ésta sea.

A manera de conclusión

Lo expuesto acá parece estar inserto en la más genuina reflexión teológica. Podría parecer un ejercicio de razonamiento más, pero también es un llamado a lo más práctico, a la vida pastoral. Las razones están, los caminos para volver a la alegría, para reencontrarnos, para que las buenas nuevas sean eso, buenas nuevas. Desde el vientre de la madre, desde el principio de los tiempos, la alegría sustenta la vida. La esperanza es sujetarse de ese amor de Dios, es aferrarse a la buena Nueva, al futuro apocalíptico de un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva que ya experimentamos, aunque no aún en la plenitud (cf. Is 65, 17; Ap 21, 1). Es la esperanza por un mañana que se vive ya en el hoy el movimiento del corazón de los cristianos.

Por ello, la fe no es una especie de evasión. Nadie es feliz en la cueva que lo protege, más allá del alivio momentáneo. Vivir en un encierro por meses (es algo que se ha presenciado, por ejemplo, en grandes obras maestras como la película de 1981 Das Boot, de Wolfgang Petersen) es un suicidio mental, una destrucción psíquica que termina provocando decisiones enfermizas, conflictos terribles y búsquedas de escape que más que halagüeñas caen en la desesperación suicida. Eso no es el mensaje ni el proyecto de Jesús, aunque muchos sigan bajo la óptica de la Iglesia como barca aislada en medio de la tormenta (cf. Mc 4, 35-41), aislada del mundo cuando, en realidad, es el elemento que permite llegar a la otra orilla, a quienes realmente necesitan de escuchar buenas noticias de Cristo Jesús.

No es el camino de Jesús, sin duda, caer en el estrés de un mundo que esclaviza desde nuestras propias personalidades. No es amoldarse al mundo-sistema, que quita la alegría, la paz y enferma, que crea injusticia, que crea muerte, que hace del pecado el pan de cada día. El convertir al mundo-cosmos de un espacio dia-bólico (de división, de perversa inequidad, de pecado que destroza personas y sociedades) en un lugar para la más pura transparencia de Dios y, por ende, en el lugar del fiesta del Pueblo es la tarea de quienes han entendido el Evangelio como una subversión de los «valores» sociales que imperan en el hoy[37] (sociedad de rendimiento, sociedad líquida, sociedad de/en hipervelocidad… con su orden antihumano). Es decir, la revolución de la Alegría es el santo y seña de los cristianos. Por ello, cuando existe el desánimo, la pena, el temor en las comunidades, es porque algo del orden imperante ha penetrado las telas de la praxis cristiana, contaminándola. Pero, por encima de cualquier infelicidad suprema, los creyentes están llamados a dejarse transformar por la nueva mentalidad del Reino (cf. Rm 12, 2), en donde, mirando al Otro abandonado, se llena la esperanza ante el rostro del Jesús Pobre, que ha sido crucificado, para resucitar en nuestras manos de hermanos.

Lo verdadero de ser cristiano es la alegría, la alegría de verdad, no las sensaciones internas cognitivas ni la mera contemplación estática del Sumo Bien (que no extática), sino la expresión total de la vida, el cuerpo entero y el corazón. No caer en lo que mencioné al principio, es decir, la doctrina de la santa amargura. Las cristianas y los cristianos son personas alegres, sin cara de vinagre[38]. Así lo ha mencionado el papa Francisco, quien, como programa de su papado, ha entregado a las comunidades cristianas católicas su exhortación apostólica Evangelii Gaudium. Y no es en vano que se llame La Alegría del Evangelio, pues es el camino, el destino y el itinerario de todo creyente en Jesús, sin distinciones.

Luciano Troncoso

Bachiller Canónico en Teología por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

Notas:

 

[1]              Cf. Noemí, J., Credibilidad del Cristianismo. La fe en el Horizonte de la Modernidad, Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile 2012, p 160.

[2]              Cf. NA 1.

[3]              Es menester, pues, que esa relacionalidad a partir del hecho creatural sirva como una premisa para una reflexión ecológica integral, de la cual se han dado pasos importantísimos. Desde el magisterio, con Laudato Si’, y desde reflexiones teológicas como las de Leonardo Boff y otros, se van configurando espacios para comprender y soñar una verdadera ecología de raigambre cristiana, tan necesaria después de una era donde el progreso y el todo-vale de una visión de superioridad antropológica (amparada, en lo cristiano, en una mala exégesis de Gn 1, 28, que exacerba el dominio a la manera de señorío mundano y arrasador) han provocado una tragedia ecológica de proporciones. Es un espacio de vital importancia para acciones concretas en favor del ser humano y de la casa común, de su futuro y plena felicidad.

[4]              Cf. Noemí, J., Credibilidad… p 165

[5]              Es el aporte que Juan Noemí destaca del teólogo Adolphe Gesché, sacerdote belga conocido por su obra de teología dogmática Dios para Pensar. Cf. Noemí, J., Credibilidad… p 166.

[6]              Los Nos-otros (y uno mismo con los demás, son la casa, la inmanencia donde se verifica la trascendencia del otro; cf. GS 22.

[7]              Cf. Noemí, J., Credibilidad… p 167

[8]              Noemí, J., Credibilidad… p 168

[9]              Greshanke sostiene que “en Jesús […] no se encuentra una consolación abstracta de los infelices en vista de una felicidad futura, y así en abismo infranqueable entre un ahora infeliz y un porvenir feliz, sino que para Jesús el presente se sitúa y encuentra cualificado por la ley del futuro que irrumpe ya ahora”, citado por Noemí, J., Credibilidad… p 168

[10]             Es extraño, pensando que siempre se ha enseñado que los sacramentos de la Iglesia, sobre todo la Eucaristía, son un pregustar de las realidades últimas, un espacio en donde la presencia de Dios se hace presente mediante signos visibles y concretos. Este carácter visible y concreto es lo que permite el ahora de la fiesta, de la alegría esperanzada que ya se hace presente y camina hacia insospechadas y profundas realizaciones.

[11]             Cf. Noemí, J., Credibilidad… p 168.

[12]             Cf. Ibid, p 169

[13]             Ibid.

[14]             Ibid.

[15]             Cf. Noemí, J., Credibilidad… p 171.

[16]             Noemí, J., Credibilidad… p 172.

[17]             Ibid.

[18]             Cf. Noemí, J., Credibilidad… p 172.

[19]             Ibid.

[20]             Cf. D’Aragon sj, J-L, Léon-Dufour sj, X., “Bienaventuranza” en Léon-Dufour sj, X., Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona 1993, p 133.

[21]             «Te presentamos la vida, Señor, /el pan y el vino en tu mesa estarán: /pan compartido, vino de fiesta, /tu Cuerpo y Sangre serán». Estrofa de Te presentamos la Vida, Señor, canción para la presentación de dones de la Misa Pampina, compuesta por Alex Vigueras Sscc.

[22]             Desde este lugar me orientaré con la propuesta filosófica de Enrique Dussel, en su importante obra Filosofía de la Liberación, Fondo de Cultura Económica, México D.F. 2011, pp 166-168.

[23]             Cf. Dussel, E., Filosofía…, pp 167s.

[24]             Dussel, E., Filosofía…, p 168.

[25]             Es decir, el dejar un espacio, un paréntesis, como se mencionó arriba, dentro de la mecánica constante de lo que es la labor en el neoliberalismo imperante. Es un tiempo tomado como respiro antes de correr, un break-time –en traducción directa, un quiebre, algo inesperado dentro de la rutina que, por autoimposición, se debe seguir al pie de la letra­–, antes de seguir en la marcha enfermante de un rendimiento que autodestruye a la persona. En una entrevista dada al diario español El Mundo, Byung Chul-Han sostiene: «Bajo la presión de tener que trabajar hoy nos hemos olvidado de cómo se juega. El ocio sólo sirve hoy para descansar del trabajo. Para muchos el tiempo libre no es más que un tiempo vacío, un horror vacui. Tratamos de matar el tiempo a base de entretenimientos cutres que aún nos entontecen más. El estrés, que cada vez es mayor, ni siquiera hace posible un descanso reparador […] Suponiendo que aún quede un entretenimiento al margen del trabajo, se ha degradado a una mera desconexión mental, que es cualquier cosa menos buen entretenimiento. Tenemos la tarea de liberar el juego del trabajo. La sociedad futura será una sociedad del juego». En Byung-Chul Han: “El ocio se ha convertido en un insufrible no hacer nada”, diario El Mundo, 12 de febrero de 2019. Link: https://www.elmundo.es/papel/lideres/2019/02/12/5c61612721efa007428b45b0.html (Consultado el 12/07/2019).

[26]             Cf. Dussel, E., Filosofía…, p 168, la lógica del “juego de cartas”, donde se aparenta le vida plena en la tragedia cotidiana; es decir, insisto, es el paréntesis del olvido, es la obnubilación de la propia tragedia mediante los mecanismos que la sociedad ofrece como salida, como evasión, como las cartas de Dussel o, en este tiempo, los smartphones y las redes sociales.

[27]             Cf. Ibid.

[28]             Ibid.

[29]             De Rahamin aparece la noción de la misericordia; no hay misericordia sin fiesta de perdón y reconciliación. Basta ver Lc 15, 11-32.

[30]             Trigo, P., Relaciones Humanizadoras. Un Imaginario Alternativo, Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile 2013, p 93.

[31]             Un versículo presente de manera profunda en la vida entregada a los demás de Esteban Gumucio SSCC, un verdadero lema y principio de acción enraizada en el Señor de la vida. Su existencia es muestra de los frutos de alegría que expresa quien se ha encontrado con el Nazareno y siente, vive y realiza Buenas Nuevas para él y «pa’ su pueblo».

[32]             «La celebración cristiana nada tiene que ver con los festines de los satisfechos, con las exhibiciones de los triunfadores, es, por el contrario, una celebración pascual: en presencia de la muerte que acecha, pero con la esperanza firme en que Dios tiene la última palabra, que no es otra cosa que nuestra participación en el triunfo de Jesucristo». Trigo, P., Relaciones… pp 95s.

[33]             Cf. Trigo, P., Relaciones…, p 95.

[34]             Trigo, P., Relaciones…, p 95.

[35]             Trigo, P., Relaciones…, p 94.

[36]             Dussel, E., Filosofía…, p 168.

[37]             Cf. Castillo, J. M., El Discernimiento Cristiano. Por una conciencia crítica, Sígueme, Salamanca 1984, pp 67-72

[38]             Cf. https://es.aleteia.org/2013/05/10/el-papa-algunos-cristianos-tienen-cara-de-pepinillos-en-vinagre/ (Consultado el 25/07/2019)

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