|Miércoles, Junio 23, 2021
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Navidad o el sentido de la vida 

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En el Medio Oriente y después en todo el mundo occidental se difundió la idea de Dios como Ser supremo  trascendente al mundo terrestre y humano.

Los cristianos a pesar de celebrar todos los años la Navidad  no parecen haber mejorado  esta imagen “extraterrestre” de Dios.  En realidad Jesús  naciendo en el pesebre de Belén  trastorna nuestra manera de creer en Dios. Él es  el “Hombre-Dios”. Al invertir así los términos se llega a una mejor comprensión del misterio de la Encarnación. Lo que nos revela Dios naciendo hombre no es tanto los misterios insondables de su grandeza divina  sino  el mismo sentido de nuestra propia vida. La existencia humana no solamente se explica sino que se perfila y  encuentra su destino en este acontecimiento de Navidad. Jesús, el Hijo de Dios  y también el “Hijo del Hombre (como Jesús se llamaba a si mismo)  abre a todos los hombres  la posibilidad de ser hijos de Dios.  Este  cambio radical para la humanidad es la obra del Amor de Dios. Dice el himno de la vigilia pascual:

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!

¡Qué incomparable ternura y caridad

El amor de Dios es el gran mensaje de la Navidad que nos cuesta asimilar. Tenemos un concepto que nos complica para hablar del “Amor” de Dios. Con la palabra “amor” decimos cualquier cosa : de lo más vulgar a lo más bonito, Los antiguos sabían distinguir: el “eros” que se refiere al deseo y la pasión, la  “filia” que era la amistad compartida y la “ágape” que significaba el amor  desinteresado y a veces sacrificado de los padres por sus hijos por ejemplo. No es de extrañar que para hablar del amor de Dios en griego se utilizó este término: “ágape”.

Dios es Padre y merece que entendamos bien  su amor para su hijo Jesús que se hizo hombre. Este amor divino es  un amor extenso porque abarca a  todos los hombres, es  un amor extremo porque se sacrificó para revelarse en toda su plenitud y para convencer a los cristianos de involucrarse en esta misma caridad  (ágape)  en la que nos hacemos  todos hermanos  y a su vez hijos de Dios.

Cuidado de no limitar nuestros sentimientos al folklor de las fiestas de fin de año. Las beaterías para con un niñito bonito y desvalido en un pesebre, muy maternales o paternales pueden ser  pero no celebran  el verdadero sentido de la Navidad. La verdadera  Navidad  realza nuestro amor por encima  del romanticismo tradicional, profundiza nuestra afectividad más allá de las reuniones familiares y de los regalos. La Navidad  nos llama a alcanzar un amor que toma rasgos divinos, un amor sin fronteras, un amor incansable, un amor que llena de sentido nuestra vida.

Leamos  la Navidad en el prólogo del evangelio de San Juan(1,1ss):  “La palabra ( vale decir: “el Amor”, vale decir Dios)  se hizo carne y puso su morada entre nosotros y hemos contemplado su gloria “·  

Paul Buchet

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