|Domingo, Septiembre 26, 2021
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‘Si las mujeres callan, gritarán las piedras’ 

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Pepa Torres -teóloga- habla de amor político y cuidados en tiempos de incertidumbre. Defiende con hechos y palabras que el cristianismo se juega hoy su razón de ser y su fidelidad en la construcción del cuidado y la sostenibilidad de la vida más vulnerada y urge a una praxis liberadora que levante puentes donde hay muros o sendas cortadas.

¿En qué se juega hoy el cristianismo su razón de ser?

–Hay que elegir y hacer camino con quienes portan sueños de utopías comunitarias y abundancias de vida en plenitud y embarrarnos los pies en ello. Es ahí donde el cristianismo tiene un importante desafío y se juega su vocación de contemporaneidad y de fidelidad al Evangelio. Como señala el sociólogo y teólogo Joaquín García Roca, las grandes batallas hoy no son la secularización social, ni la laicización cultural, ni la moralización sexual. Ni siquiera la asunción de un discurso público sobre Dios, sino la recreación y la ampliación de un nosotros, de un nosotras humano y ecológico, que pasa por la construcción del cuidado y la sostenibilidad de la vida más vulnerada.

¿Por dónde empezar a construir puentes levadizos?

–Las comunidades cristianas somos todavía herederas de una teología y una espiritualidad muy dualista y excluyente que separa lo material de lo espiritual, lo profano de lo sagrado. El primer camino a recorrer sería, pues, de la brecha del mundo como enemigo de Dios al puente de la acogida y el anuncio del Dios del mundo, que anhela una profunda transformación del sistema y apuesta toda su vida en ello. Para ello, necesitamos reconciliarnos con lo pequeño, con lo débil, para descubrir ahí su marca evangélica y acoger la presencia salvadora de Dios en la fragilidad humana y en lo seminal de la historia.

Esta pandemia ya está siendo una cura de humildad.

–El sentido más evangélico de la palabra humildad viene de humus, que significa tierra. Ser humildes es vivir pegaditos a la tierra, pero desde la hondura que da el horizonte, con oído atento a los signos de los tiempos y más preocupados por la misericordia, la reconciliación y la justicia. En definitiva, un cristianismo que antepone el discernimiento espiritual y la prioridad de la vida sobre el principio y la abstracción del deber ser.

– Nos enfrentamos al reto de superar el individualismo y entrar en la lógica de la interdependencia. ¿Qué nos impide avanzar?

–El individualismo posesivo es fruto, a la vez que reproduce, una antropología depredadora, funcional y pragmática, en la que el interés privado o el de unas élites está siempre por encima del bien común. Está también enormemente vinculado a la meritocracia, esa creencia perversa de que cada uno tiene lo que se merece y, de este modo, se cuestiona radicalmente el reconocimiento de la universalidad de los derechos humanos y se termina por otorgar legitimidad ética a la desigualdad. Este individualismo tiene también como consecuencia la primacía de una ética emocional e inmediatista que es incapaz de moverse en la lógica de los procesos a largo plazo que, por otro lado, son la única manera de conseguir realmente cambios personales, sociales y estructurales.

¿Domesticamos el Evangelio, lo mutilamos y lo volvemos políticamente correcto para no complicarnos la vida?

–Otro de los caminos cortados es la domesticación del Evangelio y su adaptación al status quo. Necesitamos recuperar la memoria peligrosa de Jesús y la práctica del amor político. Como afirma el sociólogo alemán Ulrich Beck, lo que libera al mundo no es una liturgia celebrada en un templo, sino la ejecución de un hombre que se hizo inaguantable a los poderosos de este mundo por su amor a los pequeños y las empobrecidas. En ese sentido, el memorial de Jesús no es un rito evasivo ni individualista, ni siquiera una devoción particular. Hay que empezar por el lenguaje de los gestos y de los hechos, pero pasa también por posiciones concretas de pérdida de privilegios y de denuncia de la idolatría del capitalismo, de su violencia estructural, de sus templos, de sus valores y de sus dogmas.

¿Cuál diría que es la brecha más honda entre cristianismo y sociedad?

–Haber separado la autoridad de Dios de la autoridad de quienes sufren, lo cual ha hecho del cristianismo una religión obsesionada por el pecado. De este modo, la moral –especialmente la moral sexual– ha pasado a ocupar un lugar central. Esto ha supuesto un desenfoque de misión inmenso y ha destruido enormemente las posibilidades proféticas del cristianismo. A veces, pareciera que la dignidad y la justicia son como dos objetos que tenemos en nuestras manos para entregárselos a quienes no lo tienen. La justicia es un parto lento, colectivo, que nace del útero, de los procesos históricos concretos, algo que no hay que dar a los pobres sino que los pueblos, las mujeres, los indígenas o las personas migrantes saben parir.

“Si las mujeres callan, gritarán las piedras”, dice vuestro manifiesto del 8M. La teología feminista ¿es un grito?

–La revuelta de las mujeres en la Iglesia es un grito estatal y mundial para romper con la invisibilidad y alzar nuestras voces. Nuestras propuestas y reivindicaciones nacen de la pasión por Jesús y la utopía del Reino y por eso las hacemos en memoria suya y en el de las mujeres del Evangelio: María Magdalena, María de Nazaret, Juana de Cusa, Susana, María de Cleofás, Marta y tantas otras que con Jesús transgredieron el orden patriarcal e inauguraron la iglesia como comunidad de iguales.

Trini  Díaz  –  Noticias de Navarra

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