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6 tesis Afganas 

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El talibanismo es una maquinaria necropolítica hecha a imagen y semejanza del otrora imperialismo estadounidense. Más precisamente: si, según Samir Amin, los movimientos islamistas podían ser caracterizados como un “eurocentrismo invertido”, quizás, los talibanes puedan ser definidos como un americanismo invertido.

1.- La retirada estadounidense de Kabul constituye el “Suez” de los EEUU. El 26 de Julio del año 1956 Gamal Abdel Nasser anunciaba en Alejandría la nacionalización del Canal de Suez para Egipto. Frente a dicho acto Gran Bretaña, Francia e Israel se unen para impedir que el Canal pase a manos egipcias. Israel ataca la franja de Gaza y Francia y Gran Bretaña bombardean las instalaciones del Canal. Sin embargo, el Egipto de Nasser sale victorioso y las dos potencias europeas (que habían dominado Egipto durante el siglo XIX), en particular, Gran Bretaña, termina derrotada para nunca jamás volver a ser la potencia imperial que dominó gran parte del planeta durante el siglo XIX. La guerra de “Suez” marca la despedida de Gran Bretaña del dominio imperial que forjó y cuyo retroceso contempla la intensificación de múltiples procesos de descolonización. Más que Saigón, la entrada de los talibanes a Kabul marca al “Suez” de los EEUU.

2.- El “Suez” estadounidense es, a la vez, el “Suez” del liberalismo. Afganistán marca un punto de inflexión no solo respecto de los EEUU sino, sobre todo, de la incapacidad del liberalismo de leer el presente. Afganistán expone a la luz del día la posibilidad que se fragua hace años: que el capitalismo que viene –es decir, el que ya opera en la forma Imperio (no imperialismo)- puede prescindir del liberalismo como su forma prevalente de subjetivación. Que ello se desenvuelva con la nueva hegemonía China que ha devorado enteramente la economía mundial, muestra la realidad “iliberal” en la que vivimos.

3.- El talibanismo es un americanismo desplegado por otros medios. Formados inicialmente en las madrasas paquistaníes con apoyo saudí-estadounidense, los talibanes fueron una formación partisana producto de la guerra fría, con el único objetivo de luchar contra el “infiel” soviético. Su maquinaria que, alguna vez, Reagan y Thatcher llamaron “luchadores de la libertad” se compone de dos pivotes muy bien articulados: evangelismo  y armas. ¿Qué otra cosa es el “americanismo” sino esa fatal combinación que posibilita la articulación de los talibanes? Un evangelismo wahabí que proviene del movimiento reformador del siglo XVIII que dio origen al emirato saudí y un arsenal de armas de última generación que han caído del apoyo estadounidense y de su progresiva derrota. El talibanismo es una maquinaria necropolítica hecha a imagen y semejanza del otrora imperialismo estadounidense. Más precisamente: si, según Samir Amin, los movimientos islamistas podían ser caracterizados como un “eurocentrismo invertido”, quizás, los talibanes puedan ser definidos como un americanismo invertido. La inversión reproduce lo que invierte, pues la inversión no interrumpe la maquinaria, sino la da vuelta para que siga funcionando infinitamente. Pero, que el talibanismo sea un americanismo debe ser visto, sobre todo, atendiendo a la lectura que proviene desde los “oprimidxs”. Para ellos el americanismo de 20 años de ocupación militar se perpetúa –y radicaliza de muchas formas- en el talibanismo que comienza a gobernar. Los taliban, no ponen en juego ninguna “cultura ancestral” como decía un sobrevalorado columnista dominical, sino un ensamble técnico y discursivo absolutamente novedoso que se gesta desde fines de la guerra fría. Por esta razón, el triunfo talibán en Afganistán pudo ser la derrota del imperialismo estadounidense, pero es el triunfo indiscutido del Imperio. Triunfó la impersonalidad del imperio antes que la personalidad del imperialismo estadounidense.A esta luz, mantener la cartografía de la guerra fría para analizar lo acontecido en Afganistán justamente invisibiliza que el talibanismo es un americanismo invertido. No se trata de “elegir” entre los EEUU y los talibanes (imaginando que los primeros representan a un imperio en buena salud y los segundos a su resistencia), sino de mostrar que ambos configuran la misma máquina impersonal del Imperio que conspira contra la imaginación popular y la proliferación masiva de sus formas de vida.

4.- Antes de ser un triunfo de los talibanes, la toma del palacio presidencial de Kabul fue un triunfo de la sociedad del espectáculo. Los comandantes talibanes que ingresaron al palacio presidencial no venían de las trincheras. Sus ropas parecían demasiado limpias, sus barbas y fusiles muy acicalados. No era la guerra la que estaba detrás, sino la sala de maquillajes. En rigor, la toma del palacio presidencial fue la performance de un simulacro: se trata del simulacro del poder y del poder del simulacro a la vez, articulación que posibilita una y la misma cosa: gobernar. Declarar la “amnistía” a funcionarios públicos, que se respetarán los derechos de las mujeres “bajo la ley islámica” o que habrá “paz” en el país son parte del efecto simulacro que se pretende articular. En este sentido, la toma del palacio presidencial de Kabul expone la profundidad de la uniformización espectacular del mundo antes que el ridículo “choque de civilizaciones” proclamado mitológicamente por los grandes think tanks estadounidenses desde los años 90. Justamente, los talibanes en el palacio presidencial han llevado al ridículo la tesis del “choque de civilizaciones”.

5.- Los cuerpos son la verdadera tormenta del capitalismo. La situación en Afganistán deja entrever la siguiente escena: afganos que huían del terror talibán se aferraban a los cargueros de la US Air Force que huían despavoridos. Los aviones estaban atestados. Su grisáceo color acaso daba el tono de la época en la que interior y exterior devienen indistinguibles. Los afganos corren alrededor de los aviones para agarrarse de algo, y algunos, en pleno despegue, caen a la sequedad del sombrío territorio. La prensa ajusta la noticia subrayando los “restos humanos” encontrados más tarde, producto de aquellos que cayeron mientras el avión estadounidense se elevaba. No es irrelevante el vector colonial en juego: como los belgas huyendo de Ruanda ad portas de la masacre entre Tutsis y Hutus en plenos años 90, los cargueros estadounidenses intentan salvar a los “suyos” antes que a los nativos a quienes intentaron gobernar durante largos 20 años sin lograrlo. Los “suyos” son esa categoría de ciudadanos blancos –aunque sean afroamericanos, latinos, asiáticos o indios- que deben ser salvados de la horda primitiva que comienza arrasar con el país. Solo ellos pueden salvarse, los demás, apenas se aferran a algún hueco que clandestinamente sobra de la carcasa metálica. Los afganos devienen así, cuerpos que caen al vacío, abandonados enteramente por el poder estadounidense que, en palabras de Bush jr. les había prometido protección. Cuerpos femeninos, ante todo, abandonados durante la ocupación estadounidense y durante la toma del poder talibán. Cuerpos que serán campos de resistencia frente al gobierno talibán –este último ya ha debido declarar que las mujeres podrán ir a las escuelas y a la universidad- pues devienen la única antinomia que puede destituir al capital. Que este último se expresa en la forma de un patriarcado hipertrófico y priva a las mujeres de sus derechos mínimos expone a la luz del día la dimensión sangrienta de la época en que vivimos.

6.- La implosión del nómos estadounidense deja al descubierto la explosión de la stásis planetaria. El retiro estadounidense ha sido, a su vez, el debilitamiento de la política nómica –aquella que juega por la apropiación de los grandes espacios geopolíticos y la abertura de múltiples puntos de fuga por los que se cuela la stásis planetaria en la que múltiples formas de vida agrietan hegemonías y destituyen las formas nómicas de la política –también, por tanto, la política talibán.

Rodrigo Karmi / La Voz de los que sobran – Chile

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