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La Santidad del Obispo Francisco Valdés de Osorno 

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“Señor, tú sabes que te quiero” (Juan 21,17)
Soñé que tenía un niño muy hermoso. Lo llevaba a bautizar y me decía el cura: ¡Este niño va a ser para ustedes una gran bendición y una gran alegría¡. A ese niño, el primer varón que teníamos y que nació el 23 de septiembre de 1908, le pusimos Maximiano…”. Con estas palabras de recuerdo de madre, doña Blanca Subercaseaux, plasmó lo que sería en realidad la vida y obra de un hombre de Dios que pasó por Chile y se detuvo en Osorno.
Hoy, 4 de enero, se cumple el 34º aniversario de la Pascua del Obispo Francisco Valdés Subercaseaux. Hombre sabio y bueno que nació en el seno de una familia aristocrática, piadosa, culta y de profunda oración familiar. Sus primeros años los pasó en la “Chacra Subercaseaux” en el borde de la ciudad de Santiago del año1900, educado en el Colegio S. Ignacio de Alonso Ovalle, pronto empieza a sentir el “llamado de Dios”, vocación religiosa que se plasma, finalmente, durante un viaje familiar a Italia. A los 19 años inicia su preparación al sacerdocio en el Colegio Pío Latinoamericano de Roma y, luego, sigue sus estudios formativos en la Universidad Gregoriana. Fue en el Pío Latinoamericano, donde Maximiano empezó a descubrir el carisma de los frailes capuchinos; “eran modestos, alegres, los más pobres, con sus hábitos remendados, descalzos siempre, eran legítimos descendientes del Poverello…Mi vocación estaba clara: franciscano capuchino, misionero en Araucanía”.
Después de una intensa vida religiosa en comunidades de los padres capuchinos en Alemania, el 17 de marzo de 1934 fue ordenado sacerdote en Venecia. Dice su madre que entonces “el obispo sopló sobre ellos, tendidos en el suelo, y vino a ellos el Espíritu Santo. Estaba en ellos el poder de hacer bajar a Dios del cielo, de echar los demonios y lavar los pecados; y era cada uno un nuevo Cristo sobre la tierra”.
Cuando este hijo de Francisco de Asís llega al sur de Chile en 1939, sus primeras actividades tienen lugar en el Seminario S. José de la Mariquina y más tarde en la Misión Boroa. En 1943 es nombrado párroco-misionero en Pucón, donde por trece años desarrolla una labor extraordinaria en la ciudad y una gran acción evangelizadora en el sector rural que recorrió a pie, a caballo, calzando sus sandalias que vencieron el lodo, la nieve y el frío, allí el pueblo pobre de la zona le llama: “Padre Pancho”. En junio de 1956 es nombrado por el Papa Pío XII, primer obispo de la diócesis de Osorno, responsabilidad que se prolongó por 25 años, hasta el 4 de enero de 1982 cuando fallece en el Hospital de Pucón víctima de una cruel enfermedad. Recordamos las palabras de despida pronunciadas por el Obispo José Manuel Santos (6/1/1982): “Su cuerpo va a descansar en esta Catedral que él construyó para que fuera alabanza a Dios…”.
La huella del Obispo Misionero en Osorno
Yo no nací para ser obispo, siempre he querido ser un sencillo capuchino…”.
Desde que asume la diócesis de Osorno, el Obispo Valdés inaugura un nuevo tiempo misionero. Logra que lleguen nuevos sacerdotes, religiosos y religiosas, anima a jóvenes para el inicio del noviciado, inaugura iglesias, capillitas, centros de acogida y para el terremoto de 1960 que destruye la Catedral, este Obispo capuchino inicia lo que hoy es un edificio emblemático de la ciudad; la nueva Catedral de Osorno inaugurada en 1977 en una solemne Eucaristía concelebrada por todos los obispos de Chile.
Desde el inicio de su trabajo misionero en Osorno, “Padre Pancho”, imprimió un ambiente de cordialidad, sencillez, diálogo y sintonía plena con el clero, religiosas y laicado activo en parroquias y estructuras de la Iglesia local. Sabía escuchar, enfrentaba los problemas con sabiduría, nunca impuso sus criterios, más bien compartía puntos de vista y lograba soluciones justas y armoniosas. Sin duda que este Obispo ejemplar estaba distante del ejercicio ciego del poder. Al contrario, creía en el sentido profundo de la corrección fraterna y evitaba todo conflicto o impasse que retrasara la praxis misionera y evangelizadora.
Producto de su variada enseñanza que comenzó con los jesuitas del colegio S. Ignacio de Santiago, su destacado paso por el Pío Latinoamericano y Gregoriana de Roma, la sólida formación de los capuchinos bávaros y la  experiencia única de haber participado en las cuatro sesiones del Concilio Vaticano II (1962 – 65), hacen de “Padre Pancho” un Pastor providencial para la diócesis de Osorno, creando un nuevo y vital momento evangelizador. El pueblo creyente le creía y seguía, también se ganó el respeto de otros sectores de la sociedad sureña que luchaban por la justicia social y el bien común. Tenía claro que en la Iglesia, como pueblo de Dios, todos tienen un lugar y nadie debe ser excluido.
Hoy Osorno tiene un Obispo, No un Pastor
Pero en honor a la verdad histórica hemos de señalar un hecho que enturbia estas celebraciones en memoria de este hombre Santo que gastó su vida entre los más humildes. El Obispo Valdés Subercaseaux, vivió la pobreza con los pobres y sintió la exclusión del pueblo mapuche como propia. Respetaba a todas y todos…
Nadie imaginó que cuando el Papa Francisco dicta el decreto de Heroicidad de Virtudes (7/11/2014), del ahora Venerado Siervo de Dios, Francisco Valdés Subercaseaux, la diócesis de Osorno a continuación de este hecho histórico a solo meses de distancia, conoce la noticia que llega desde Roma: Se nombra Obispo diocesano a Monseñor Juan Barros Madrid.
Desde ese momento, el laicado, una porción del clero y ciudadanía de Osorno vienen manifestando en forma pacífica su total rechazo a esta imposición vaticana, tan inconsulta como injusta. ¿La razón? Es simple pero estremecedora; don Juan Barros Madrid, fue miembro activo de la secta fundada por Fernando Karadima, párroco de El Bosque por decenios. En ese recinto eclesial se cometieron graves abusos sexuales y psicológicos en contra de no pocos jóvenes que iniciaban su vida religiosa en vistas a consagrase al sacerdocio. Roma, después de investigar estos graves hechos, encontró culpable de abusos sexuales a Karadima y le condenó a una vida perpetua de oración y penitencia en un recinto eclesiástico.
El Obispo Barros Madrid, fue uno de los personajes que defendió y encubrió hasta el fin a su director espiritual y abusador sexual. Viajó a Roma a defenderle de sus ilícitos, junto a otros íntimos del hoy delincuente condenado, coordinaron la defensa social, jurídica y mediática. Las víctimas aseguran que Juan Barros fue testigo presencial de actitudes abusivas por parte del ex párroco Karadima.
Los laicos y laicas de Osorno, apoyados por miles de personas creyentes -dentro y fuera de Chile-, afectadas y dolidas por este nombramiento episcopal en contra de lo que ha sido el caminar de la diócesis osornina, le han suplicado a don Juan Barros que renuncie y, de esta forma, facilite la vuelta a la normalidad y la paz en una región hermosa que brilló en la misión y evangelización en tiempos del “Padre Pancho”, hoy ad portas de alcanzar los Altares, desde donde cuidará y bendecirá a su grey junto a Teresita de los Andes y Alberto Hurtado.
En el Vaticano, nos consta, es inviable que Papa Francisco visite Chile en medio de esta herida abierta. Algo de esto indicó el Cardenal Gerhard Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe, a los obispos de Chile reunidos hace unos meses en Asamblea Plenaria en Punta de Tralca.
En este Año de la Misericordia, no olvidemos esta milenaria premisa que vale para los dolorosos sucesos que vive Osorno: “de Roma viene, lo que a Roma va…”.
Consejo Editorial de revista “Reflexión y Liberación”
 

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