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Mi experiencia Misionera en Chile 

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Cuando recibí,  el día de San José (19 de marzo) 1968, en la Casa Central de la Congregación de las Siervas del Espíritu Santo,  la “carta azul” que contenía mi destinación misionera a Chile, quedé choqueada. Nunca me había planteado la posibilidad de ser misionera en América Latina, que conocí como un continente mayoritariamente católico y en vía de desarrollo.

Siempre había sentido mi vocación misionera a Asia, a China o India, al mundo de los pobres y “paganos”, en el leguaje de aquel entonces.  Me había preparado, escuchando muchas charlas y conferencias de misioneras/os, me había preocupado de la cultura y de la historia de estos países. Quería ir como médico para trabajar en un gran Hospital en Mumbai. Tenía Hermanas monjas amigas en la India y en Taiwán.

El voto de obediencia no permitía comentario alguno, sino hacerse disponible y acatar. Debo confesar que quedé desconcertada espiritualmente, no entendía la voluntad de Dios tan contraria a mi proyección de vida y percepción de mi vocación. La llegada a Chile y el primer año y medio en el país, no cambiaron en nada mi desorientación y frustración vocacional.

Pero todo cambió en el momento, en que la Superiora me dio el permiso de ir en misión a la Población Áreas Verdes, Avda. Colón 11.000…

A pesar del shock inicial, al encontrarme con una pobreza indescriptible, sentía que había llegado a mi lugar como misionera. Sin embargo, toda mi preparación para la misión quedó paralizada frente al impacto del sentimiento de impotencia ante la miseria. Entendí que para la gente yo era una extraña, que miraban con recelo y desconfianza. A esto respondí con el afán de ver, cómo podría “conquistar” a los pobladores. Pronto me di cuenta que estaba desprovista de todo, no sabía nada: que era preciso conocer al pueblo, cómo vivía, pensaba, hablaba. ¿Cómo comunicarme con la gente?

Entendí que debía entrar a “la Escuela del Pueblo de abajo” -escuchar, preguntar, esperar-…  Pronto las mujeres pobladoras me asignaron un lugar, en el cual podía ser útil: ayudarles a organizar un comedor de niños que no tenían para comer…

Un cambio profundo e irreversible produjo en mí la invitación del Padres Luis Chiotti a una Comunidad de Base, en la que él, junto a unos 12 pobladores, leía el Evangelio e invitó a todos a reflexionar, y después de un rato a compartir, lo que Jesús decía a cada uno personalmente en el pasaje leído. Por primera vez en mi vida escuché a Jesús hablar a su pueblo y los pobladores empezaron a compartir entre ellos lo que entendían y lo que cada uno sentía, que era necesario cambiar en su vida o hacer mejor. Vi como ellos trataban encarnar el Evangelio, llevarlo a la praxis en la familia, la comunidad, la población, en el trabajo, sindicato, en el partido, en la sociedad. Comprendí la dimensión profética del evangelio. Con asombro observé la fecundidad de la Buena Nueva de Jesús y entendí que así se construía el Proyecto de Jesús: el Reino de Dios.

Entendí que esta Buena Nueva exigía de mí una conversión permanente para ver mis debilidades y pecados con humildad. Esta experiencia se transformó en la base de mi vida misionera. A su vez descubrí sobre la base de la Buena Nueva y la conversión toda la dimensión liberadora de Dios para la humanidad entera como también para mí en lo personal. Escuchaba a Dios Yavé: “He visto la opresión de mi pueblo y he bajado para liberarlo” (Ex. 3.7-8). Empecé a identificarme con la misión de Jesús en Lucas 4.18: “El Espíritu de Dios me ha ungido para anunciar buena noticia a los pobres, sanar a los enfermos…”

Entendí de Jesús, que el anuncio liberador está unido a la acción transformadora de la vida acorde al Proyecto del Reino de Dios. Contemplando como misionera la encarnación de Jesús en su pueblo y viendo al P. Luis en su mediagua en la Población -también se hablaba de otros misioneros en Chile -, sentí el deseo de querer vivir con los pobres: Para poder entender a los pobladores y anunciarles el Evangelio, para mí era necesario conocerlos y saber cómo viven y piensan. ¿Cómo ven su vida, su trabajo, la sociedad? ¿Cuáles eran sus necesidades y qué soluciones tenían? ¿Cuáles eran sus sueños, esperanzas y alegrías?

La experiencia de haber podido entrar en la vida de los pobladores es, para mí, una inmensa riqueza, un regalo de Dios y de la Iglesia.

Vivir en la población me ha dado la maravillosa posibilidad de invitar a vecinos para formar Comunidades Cristianas, que se constituyeron en Comunidades Eclesiales de Base. Así nacieron, junto al Padre Luis Chiotti la Parroquia Nuestra Señora de Apoquindo, después Jesús Sol Naciente y Cristo Vive.

Como misionera la Comunidad Cristiana es mi gran familia en la población, lugar de encuentro, oración y servicio a toda la Comunidad pobladora. Entiendo mi servicio como Jesús nos ha enseñado: “lavar los pies unos a otros” (Juan 13.14), ponerme a servicio de los que me necesiten. Así nació la Fundación Cristo Vive con el trabajo y el compromiso compartido de muchos compañeros profesionales y pobladores, sirviendo en las poblaciones a los niños, los jóvenes, los enfermos, los adictos, “los de la Calle”.

Al ver el sufrimiento de los pobres y toda clase de injusticia, enfrentarme con las causas de la pobreza, analizar los problemas de la sociedad y la situación política, social y económica, me siento comprometida con Jesús en levantar la voz profética para luchar por una vida digna y justa de todos los hijos de Dios.

Me formé como misionera en la Iglesia chilena con una Teología de la Liberación encarnada y vivida con el pueblo por grandes Obispos ,Teólogos, Sacerdotes y Religiosas: Enrique Alvear, Jorge Hourton, Fernando Ariztía, José Aldunate, Ronaldo Muñoz, Sergio Torres, Mariano Puga, Anita Goossens, Jaime Escobar, solo por nombrar a algunos.

El gran regalo de la Teología de la Liberación ha sido para mí encontrar una Espiritualidad que había buscado por mucho tiempo: SER DISCÍPULA DE JESÚS. La relación mía con Jesús es: El es mi Maestro: “ el Señor me instruye…cada mañana pongo mi oído como lo hace el discípulo…” (Isaías 50.4). Hoy percibo mi rol en la Iglesia y en el Mundo en clave de discípula del Maestro Jesús, que cumple la misión, que El encarga en palabra y obra para que venga Su Reino.

Hna. Karoline Mayer / Misionera en la Zona Norte de Santiago

(Artículo publicado en revista Reflexión y Liberación n° 108 – Marzo de 2016)

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