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En Navidad, una teología de y con la infancia 

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En esta reflexión pretendemos adentrarnos en la temática la infancia, de su cuidado y de su lugar en la teología. A la luz del nacimiento de Jesús, pensar el lugar de los niños en el proyecto de Dios exige que las comunidades refuercen las prácticas de protección de los mismos niños.

 Breves anotaciones sobre la teología de y con la niñez

En la voz infantil acontece ese despunte a la vida. La imaginación y la esperanza, los sueños, los juegos, brotan generosos en la infancia. En este sentido, los niños aparecen como una metáfora del tiempo nuevo. Para César Carbullanca (2013) la metáfora de la infancia apunta a un nuevo proyecto histórico de liberación que comienza con la señal del nacimiento de un niño. Es interesante comprender cómo la infancia está ligada a la irrupción de lo nuevo, a un proyecto de liberación, a la irrupción de una nueva sociedad que nace. La infancia se trata de una contrapropuesta solidaria a un modelo societario opresor, a una sociedad solo centrada en la imagen de los adultos y que permite reconocer que en la voz de los niños también acontece un relato de experiencias de Dios.

Por ello, articular una teología desde la infancia, con la infancia, con la juventud, con los que ayudan a despuntar la nueva aurora de la historia, implica reconocer sus experiencias de Dios y no tratarlos como sujetos pasivos en cuánto al reconocimiento de cómo el Señor va actuando en la historia e invitado a otros a construir la nueva sociedad. Esta sociedad nueva es la que brota de la presencia del Reino de Dios en medio de la historia y que es personificada por Isaías en la imagen metafórica del niño que pastorea a los animales que conviven sin dañarse entre ellos (Cf. Is 11,6).

Jesús, haciéndose eco de las tradiciones proféticas, y de su propia comprensión de lo que es el Reino de Dios, presenta a los niños como presencia de esta irrupción de lo divino en la historia (Cf. Mt 18,1-2; Mt 19,13-14; Mc 10,15-16; Lc 18,14-17). Y también en ellos reconoce la predilección que ha sentido el Padre en cuanto a la comunicación de los misterios del Reino: “… porque habiendo escondido estas cosas de los sabios e instruidos, se las has revelado a los que son como niños” (Lc 10,21). En los niños, en los jóvenes, en los que inician la aurora del nuevo día Dios se está revelando. Los niños por tanto constituyen sujetos de la revelación, de la fe, de la esperanza y de la vivencia del amor.

Los niños nos enseñan cómo esperar, cómo jugar, cómo dejar espacio al asombro, a lo nuevo del día que irrumpe en nuestra sociedad naturalizada. Y es por ello que es necesario continuar creando una cultura del cuidado de la infancia. Los niños y jóvenes son socialmente sujetos vulnerables y vulnerados en sus derechos. No se les ha abierto espacio para que sus relatos de vida puedan ser asimilados por nuestras lógicas adultas y por nuestras prácticas preconcebidas. Los niños y su esperanza aún se ubican en la frontera, pero a pesar de estar en constante estado de vulneración reconocemos en ellos la ruptura con lo antiguo, la presencia de la esperanza. En ellos ocurre una ruptura instauradora. Y en virtud de dicha conciencia de instauración de lo nuevo, es que la Iglesia debe reforzar sus prácticas de cuidado de la infancia. Silenciar y violentar a los niños ya había sido condenado por el mismo Jesús cuando dijo que era preferible atar una piedra de molino a uno que abusa de los más pequeños (Cf. Lc 17,2). La infancia que imagina es una ruptura instauradora, es una utopía que se enfrenta al sistema estático y caduco, es la esperanza que hace andar la historia, es la presencia de Dios en medio de nuestra cotidianidad.

  1. Desde el pesebre pensar prácticas de cuidado y de acogida de la niñez

 Dios entró en la historia como niño. En el pesebre de Belén ha despuntado la nueva aurora, y la Encarnación pasa por los llantos de un pequeño niño judío. Dios asume una lógica “de lo pequeño” para desde esa infancia comenzar a salvar. Y es por ello que el Reino toma la perspectiva de los que son como niños, de los que saben acoger las buenas nuevas gratuitamente, de reconocer en sus juegos, en sus experiencias de descubrimiento del mundo, en sus primeras verbalizaciones la experiencia de un Dios que ama como los niños.

Y esta novedad de la infancia comienza en el pesebre, el cual es definido por la historiadora Olaya Sanfuentes (2011) como “símbolo de la humanidad de Dios”. Tradicionalmente, en el pesebre se ubican las figuras de María, José y el niño, de los pastores, del burrito y del buey, de los ángeles y de los reyes magos. Y junto con estas figuras tradicionales, varios países y culturas han incorporado otros rostros en la escenificación del nacimiento del Dios niño. Encontramos así a los pescadores, el panadero y el artesano, mujeres que lavan ropa, niños y niñas. Esto quiere significar que la salvación es verdaderamente universal. Afecta a todos los que tienen la disposición especial de acoger el regalo de la vida nueva que nace junto con el Niño Jesús. Y por ello le damos la razón a Sanfuentes que describe el pesebre como espacio en el cual Dios se humaniza. En sus palabras: “es la posibilidad de convivencia de las dos esferas, la humana y la divina. El hombre le entrega a su Dios lo mejor de su tierra y Él le devuelve con dones varios. La posibilidad de esta práctica e basa en el misterio de la Encarnación, en que Dios se ha hecho hombre y como tal tiene necesidades físicas, entre ellas, el alimento”.

Entonces, si el pesebre se entiende como espacio de encuentro de Dios con el hombre en la figura del niño Jesús, se exige que las comunidades cristianas y que la sociedad en general pueda asumir prácticas de cuidado de esa misma infancia. Se hace necesario vivir dinámicas de ternura, de convivencia y de acogida con la infancia y con todos aquellos que sufren la vulneración de sus derechos más básicos. A propósito de la defensa de la infancia, el Movimiento Juntos con la Niñez y la Juventud, de inspiración evangélica y con fuerte presencia en América Latina, exponen, a modo de manifiesto, lo que debería entenderse por una comunidad que coloca a los niños al centro de la vida y de las prácticas pastorales.

Tres claves son las fundamentales en dicho manifiesto: a) despojarse del adultocentrismo que nos invade y que nos hace ver el mundo y comprender nuestras relaciones con la infancia; b) revisar qué entendemos por niñez y por adultez y cómo ambos momentos de la vida se van relacionando; c) finalmente, comprender que la vulnerabilidad no es una condición negativa, pero que si exige prácticas de entrega mutua y de cuidado. En cambio la vulneración es una práctica que hace indefensa a una persona y la hace sufrir condiciones hostiles. Por ello, comprender que los niños están al centro del Reino de Dios, implica lograr revertir situaciones hostiles contra la infancia.

En síntesis, debemos recrear una pastoral que opte por el cuidado de la infancia y que le otorgue el lugar central que han de tener en las comunidades cristianas. Y es un lugar central porque en el pesebre Dios se nos regaló como un niño indefenso, solo arropado por unos cuantos pañales y por el calor de los animales. En el pesebre se viven dinámicas de ternura y de convivencia. José preocupado de que a María y al niño no les falte lo esencial y María amamantando a ese niño que se le anunció y que sabe era especial. En el pesebre acontecen dinámicas y relaciones humanas desde la sencillez. Es el buen trato que toma un sentido más pleno desde el momento en que Dios pone su tienda entre nosotros (Cf. Jn 1,14). Y acampa, no se instala. Es peregrino y está en crecimiento. Es la tienda que se coloca para que en ella nos encontremos con el rostro del niño hebreo que nació para redimir a este mundo.

   ¡Feliz Navidad!

Juan Pablo Espinosa Arce

Profesor de Religión y Filosofía (UC del Maule)

Magíster Candidato en Teología Fundamental (PUC)

 

 

 

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