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El Himno del Magnificat 

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+ Cardenal Carlo María Martini

(Lc 1, 46-55)

Ante un himno tan rico, instintivamente tratamos de dividirlo y descubrir en él una estructura, al objeto de comprenderlo mejor. Sin embargo, los exegetas tropiezan con grandes dificultades y discrepan entre sí, porque, aunque parece un himno muy simple, en realidad es casi inasible; de hecho, es bastante complejo, a veces hasta ligeramente tosco en la forma, y no sigue unas reglas que permitan descomponerlo con nitidez.

En conjunto, parece un salmo de alabanza semejante a otros del Antiguo Testamento, por ejemplo: «Aclamad, justos, al Señor, / que merece la alabanza de los buenos. / Dad gracias al Señor con la cítara, / tocad en su honor el arpa de diez cuerdas, / … que la palabra del Señor es sincera» (Sal 32,1-2.4). Pero quizá más afín aún al Magníficat sea el Salmo 135: «Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (v. 1).

En cualquier caso, hay en el Magníficat algo más complejo que un salmo, algo misterioso; ni siquiera está claro que sea un himno de alabanza por un nacimiento o por una concepción extraordinaria. En este sentido, se asemeja al cántico de Ana (1 S 2,1-10), que exalta los grandes cambios realizados por Dios en los acontecimientos históricos, en las situaciones humanas, sin aludir -como sería de esperar- a la experiencia de la maternidad, a la experiencia del embarazo o del parto. Manteniéndose en lo genérico, tiene la ventaja de poder aplicarse a múltiples situaciones.

Los diversos intentos de dividir el himno coinciden al menos en reconocer en él dos grandes partes, aunque no claramente distintas, que tienen en su centro la acción de Dios.

La primera parte (vv. 46b-49) se caracteriza por las partículas «mi» y «me», que se refieren a la persona que canta: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, / se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador; / … Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, / porque el Poderoso ha hecho grandes cosas en mi favor».

La segunda parte evoca la historia de Israel o, mejor, las grandes actuaciones de Yahvé en la historia de la salvación, y comienza en el v. 50: «Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Sigue a continuación el recuento de los grandes hechos realizados por el Señor: «Él hace proezas con su brazo: / dispersa a los soberbios de corazón…», que termina con el v. 55.

Ésta es, pues, la estructura global, que subraya las intervenciones divinas en una sola persona, y después en la historia en general, concretamente en la historia de Israel.

Las sutilezas exegéticas tratan de determinar cuál es el versículo concreto que sirve de separación: un análisis reciente y muy detallado del texto insiste en el v. 49b: «su nombre es santo». En la santidad del nombre, entendida como poder, se resumiría la acción de Dios con María y la acción de Dios en favor de la humanidad.

En cualquier caso, permanecen abiertos muchos problemas de interpretación sobre un texto tan simple. Por ejemplo: ¿qué significan todos los verbos en aoristo indicativo griego? «Mi alma engrandece al Señor» va en paralelo, curiosamente, con el aoristo «y mi espíritu se alegró», aunque suele traducirse por el presente «se alegra». El problema lo plantean, sobre todo, los aoristos siguientes: «Se fijó en la humillación, hizo grandes cosas, su brazo intervino con fuerza, desbarató los planes de los arrogantes, derribó a los poderosos, encumbró a los humildes, a los hambrientos los colmó de bienes, a los ricos los despidió, auxilió a Israel». ¿Son acontecimientos que pertenecen al pasado? ¿Se trata de un aoristo gnómico, que expresa una acción pasada que continúa (lo constante del proceder de Dios), por lo que se traduce entonces por un presente? ¿O se trata, quizá, de aoristos incoativos que indican que el Señor seguirá realizando las maravillas que ha comenzado a hacer en María? Otros autores invocan el paralelismo con el perfecto profético hebreo, que es un modo de hablar del futuro.

He querido únicamente apuntar las dificultades de la traducción. Lo que queda claro es que los primeros versículos se refieren a experiencias vividas por María, y los otros a la acción de Dios, probablemente una acción pasada en favor de Israel y que está indicando su actuación futura. María relee la historia de la salvación a partir de su experiencia personal, que le permite comprenderla de una nueva manera.

Me parece que ésta es una anotación de gran fuerza psicológica, porque nos ayuda a cantar el Magníficat cuando experimentamos en nosotros mismos algo verdadero y auténtico, algo que nos permite, a la luz de la fe, recobrar el sentido salvífico del pasado y la esperanza del futuro. Se trata de un elemento particularmente importante para orientar nuestra oración y nuestra vida.

Otro aspecto discutido del himno son las contraposiciones de la segunda parte: ha desbaratado los planes de los arrogantes, ha derribado a los poderosos, ha encumbrado a los humildes, ha colmado a los hambrientos, ha despedido de vacío a los ricos.

¿Qué significan los arrogantes, los poderosos, los pobres, los hambrientos, los ricos? Algunas interpretaciones insisten más en las dimensiones interiores, y otras en las históricas, reales y concretas, como es el caso de la llamada teología de la liberación, que apela a Dios como Aquel que echa por tierra las categorías sociales. De hecho, teniendo en cuenta la historia de Israel, ambas interpretaciones son válidas.

Personalmente, yo prefiero poner de relieve la afinidad con las bienaventuranzas de Lucas: dichosos los pobres y los hambrientos; ¡ay de vosotros, los ricos!… Se habla tanto de categorías sociales como de actitudes del corazón, indicando cómo todo cuanto Dios realizó en el Antiguo Testamento, dispersando a los poderosos y a los prevaricadores y defendiendo a sus pobres y a sus humildes, lo seguirá haciendo en la Nueva Alianza a través de la acción regeneradora de Jesús.

Se trata, por tanto, de una síntesis de la historia, que sirve de prólogo al Evangelio.

+ Cardenal Carlo María Martini

Santander – Sal Terrae 1996

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