|Viernes, Septiembre 20, 2019
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Más que Compasión o Espanto 

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Más que compasión o espanto nos tienen que suscitar los incendios que devastan unas regiones enteras de nuestro país.

Es necesario manifestar nuestra  gratitud a los Bomberos de Chile, a los trabajadores de la CONAF y a todos los voluntarios nacionales e internacionales que enfrentan estos desastres. Nuestra solidaridad se debe hacer efectiva a todos los niveles por las víctimas que dejan esas catástrofes.

Hace falta también redoblar nuestras precauciones individuales en la materia. Además, seamos prudentes al criticar las actuaciones de una u otra institución reaccionando frente a las situaciones desesperantes. Más vale profundizar nuestra reflexión y compartir las responsabilidades y culpabilidades que puedan haber.

En los medios, se escucha que se está buscando eventuales promotores de esos incendios que se inician y propagan tan rápido: unos defectos en líneas eléctricas, unos manejos campesinos o unas faenas imprudentes, unos campistas furtivos, unos pirómanos o vaya a saber quizás unos anarquistas desquiciados…  De encontrar  culpables, más que penalizarlos  ¿Cómo se podrá evitar esos dramas?

En la cultura cristiana, leyendo la Biblia, llama la atención que cuando el pueblo de Israel era derrotado en una batalla con sus vecinos, se realizaban sacrificios de “holocaustos” por los pecados del pueblo. Todos asumían ser responsables de esas derrotas por sus pecados de olvidar la Ley, por sus idolatrías… Los desastres que surgían los cargaban a  cuenta propia a cuenta de un pueblo infiel frente a Dios que, Él, seguía fiel a su alianza. Pedían perdón y misericordia.

Curiosamente este sentir de responsabilidad y de culpabilidad general tuvo sus manifestaciones  hasta  el siglo pasado en algunas celebraciones religiosas. Por ejemplo: los Vías crucis que algunas diócesis celebraron después del terremoto de Valdivia en los años sesenta o las procesiones de primavera que cantaban las “letanías” de los santos (en la Cruz de mayo en América Latina, en las rogativas en Europa). En estos actos religiosos se  imploraban cantando: “de la peste, del hambre y de la guerra”, libéranos Señor.

Nuestros afanes de Progreso y de Crecimiento económico nos han hecho olvidar que podemos errar el camino de un futuro exitoso para la humanidad. Vivimos como si los desastres naturales y las catástrofes son accidentes en el desarrollo fantástico de nuestra ciencia y de nuestras tecnologías que podrá preverlo todo y sino repararlo todo.

Ocurren desastres como estos incendios en Chile que se inscriben entre los más grandes y destructores a nivel mundial. Esto, nos obliga y, obliga nuestras autoridades civiles y religiosas a reflexionar y a modificar esta cultura tan prepotente y tan liberal que nos trae estos desastres y otros quizás mayores todavía en el futuro.

Los antiguos creían que Dios  estaba detrás de todo lo que ocurría a los hombres. Independiente de creer o no en Dios, los ambientalistas nos viene desde algunas décadas previniendo de los riesgos del calentamiento global, del daño de las forestaciones exóticas extensivas e invasivas. Los economistas más  despiertos supieron  advertir del enriquecimiento de las grandes empresas forestales (del país) que crea una situación de riesgo y unos costos futuros que llamaron “externalidades” porque no serán las empresas forestales que los pagarán sino el país entero, la CONAF, los Bomberos  los campesinos y pobladores que perderán  sus bienes. No sólo las forestales hicieron plantaciones subvencionadas con muy buenas rentas  pero además lograron traspasar como externalidades la destrucción del medioambiente, los conflictos que se crearon con las poblaciones vecinas y todos los gastos de las operaciones de emergencias que los incendios exigieron al Estado y a todos los ayudistas.  Hasta se puede opinar que esas empresas habiendo pactado seguros contra incendios puedan ser indemnizadas sin que se le pida mayores cuentas. Esta injusticia grita al cielo…ya que no se ve todavía cómo salir de ellas.

Las administraciones comunales y los ciudadanos no se dieron cuenta  de estar poco a poco  encerrados  en la trampa de las forestaciones. No se obligó a establecer “corta fuego”, no se exigió crear fondos para eventuales perjuicios. Sin duda, a futuro,  las poblaciones locales, ellas mismas tendrán que aprender a empoderarse de su seguridad y del resguardo de su entorno exigiendo responsabilidades y cambios políticos en la materia.

Angustiosos son los reclamos de ayudas de las víctimas de estos incendios,  pero el Estado de turno no puede auxiliar más allá de  las posibilidades y las atribuciones que se les da.

¿Qué de Dios en todo esto?  ¿Qué dicen los curas, los obispos que tan fácil hablan de otros temas?  ¿Será suficiente invitar a alguna oración y a alguna solidaridad para con las víctimas?

La construcción de una sociedad ambientalista y la promoción de una sociedad participativa que se hace responsable del hoy y del mañana deben ser de las tareas más urgentes de las religiones. Cambiar la cultura,  sacar a los cristianos de su individualismo, de su vida cómoda, de su vida consumista, darles inteligencia  para desarmar las trampas de un falso progreso. Bien puede hablar el Papa… ¿Pero qué hacemos todos? Si nuestra fe no es capaz de contribuir a este cambio cultural, vana es nuestra fe.

Porque en el fondo somos todos culpables de que estas cosas ocurran: las forestales, el Estado, los políticos, los ciudadanos, todos somos pirómanos.

“Padre Nuestro… Libéranos del mal “.   

Paul Buchet

Consejo Editorial de “Reflexión y Liberación”

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